La eterna campaña de la democracia electoral

Debate presidencial. / RR SS.
Debate presidencial. / RR SS.
La escasa respuesta y resolución a los problemas públicos es un componente que erosiona la confianza en la democracia
La eterna campaña de la democracia electoral

El Siglo XX, entre muchas de sus herencias históricas, tiene en la democracia el modelo que ha permitido el periodo de paz y estabilidad más largo y conocido. Los norteamericanos se asumen como sus principales creadores y promotores, cosa que es en buena medida cierta y que explica la situación actual que viven y vivimos muchas de las democracias occidentales.

La democracia como sistema tiene aciertos y errores que la definen y caracterizan pero dos son los que despuntan: su centralidad en el proceso electoral como mecanismo primordial de trasmisión del poder público, y su relación con las respuestas a los problemas públicos que implantan quienes ganan las elecciones.

La aportación quizá más relevante del modelo democrático es el proceso electoral como mecanismo primordial de trasmisión del poder. Durante siglos la historia de los pueblos y naciones estuvo marcada por las disputas por el poder, sus guerras, intrigas, complots. La democracia otorga a esa trasmisión un elemento de certidumbre importante: reglas que todos los actores aceptan, donde buscan la simpatia de los electores por medio de ideas, propuestas y dádivas o componendas de negocios, donde el que gana, gana todo y el que pierde, pierde todo menos la oportunidad de volver a contender. Es evidente que hay matices que hacen que los diferentes sistemas electorales dan mas o menos oportunidad a ciertos movimientos o equilibrios para integrar los parlamentos o formar gabinetes, pero en esencia estamos ante una forma de obtener el poder que permite que la disputa sea cívica, pacífica y la derrota aceptada (este último elemento es quizá el más importante para definir y entender cómo funciona cada democracia).

El segundo elemento que define a la democracia es la forma en que los gobiernos electos atienden y entienden los problemas públicos. En principio, los electores elegimos a los candidatos de un partido u otro con base en la afinidad que tenemos sobre su particular forma de explicar y atender los problemas que nos importan y aquejan. Los candidatos y sus partidos tienen plataformas electorales, declaraciones de principios, ideas generales sobre cómo diseñar las acciones e intervenciones público gubernamentales para resolver la pobreza, la inseguridad, el desempleo, la crisis económica, la deuda pública, la corrupción; sin embargo, cuando revisamos la historia reciente, 30 o 40 años atrás o más, notamos con tristeza y coraje que esos problemas públicos siguen muy vigentes, que no se han resuelto, que incluso en algunos casos son más graves que antes. Vemos con estupor desfilar personas y a sus camarillas por las oficinas ejecutivas elección tras elección y sus resultados a veces pobres, a veces cínicos, unas cuantas con indicadores positivos pero siempre, ¡oh siempre! con una mediocridad desesperante.

La escasa respuesta y resolución a los problemas públicos es un componente que erosiona la confianza en la democracia. Muchos años pasaba en México que los electores no tenían incentivos para votar ya que decían “siempre gana el PRI, los mismos…”. Los cambios profundos al sistema político electoral de 1990 y 1996 trajeron un afianzamiento radical del proceso electoral como vía real para respetar el sentido del voto, consolidación que ocurrió en la elección del año 2000 y que se radicalizó en 2018.

El problema moderno es que las elecciones se han convertido en el principal motivo que tienen los políticos y sus partidos para perpetuar la lucha por el poder. No sabemos si por cansancio, desesperación, ineptitud o inepcia pero los candidatos nunca dejan esa categoría, aun y cuando ganan la elección siguen en modo campaña electoral. No es un fenómeno privativo de mi país, lo vimos con Trump y lo vemos en muchos otros países. Los gobernantes toman decisiones y elaboran sus discursos en función del impacto electoral que les traerá tal o cual declaración o decisión, ven en las personas a electores no a ciudadanos ávidos de respuestas a los problemas que viven a diario en el transporte público, en el trabajo, en casa y en la calle.

Pero aún peor. La obsesión por seguir en campaña electoral va acompañada por una persistente política de comunicación orientada a desinformar. Rara ocasión escuchamos de un titular del ejecutivo declaraciones honestas, directas y verdaderas; existe una obsesión por ocultar la realidad y no es para menos: de qué otra manera podrían tapar su ineptitud sino diciendo que ya están resolviendo tal o cual problema, que su gobierno es el cambio, la transformación, que cada día está más cerca el edén prometido en campaña. Y llega el año electoral y continuan en campaña. Si pierden, entonces vemos que los nuevos titulares y partidos comienzan una campaña de desprestigio y persecución a los gobiernos previos, momento en el que nos enteramos de todas las corruptelas, abusos y mentiras, mientras ocurren procesos judiciales, algunos presos, otros fugados, y cuando esperamos la implantación de un nuevo orden resulta que ya llegó el nuevo proceso electoral con el añadido en nuestro país de señalar que será la elección más grande y compleja de todas, como para hacernos caer en el garlito de que está todo bien y hay que seguirle el ritmo a las campañas… permanentes, a la eterna campaña. @mundiario


 

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