La estrategia internacional de Pedro Sánchez que divide opiniones
La escena tuvo lugar durante la cumbre de la OTAN celebrada en La Haya en junio de 2025. Mientras los líderes de los países miembros se preparaban para la tradicional fotografía conjunta, Pedro Sánchez se mantenía ligeramente apartado del grupo. La imagen reflejaba, de forma casi simbólica, el momento político que atravesaba el jefe del Ejecutivo español: un dirigente que, en varios frentes internacionales, ha optado por situarse al margen de la corriente dominante entre sus aliados occidentales.
La cumbre estuvo marcada por la presión de Estados Unidos y por el clima de creciente tensión con Rusia. Los socios de la Alianza acordaron elevar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB para 2035, una meta que España no asumió en los mismos términos. Sánchez defendió que el objetivo realista para su país debía situarse en torno al 2,1%, argumentando que una subida mucho mayor implicaría sacrificios sociales difíciles de justificar, desde recortes en servicios públicos hasta incrementos significativos de impuestos.
La postura generó incomodidad entre algunos aliados. Incluso dirigentes europeos como Giorgia Meloni recordaron que España había firmado el documento final junto al resto de socios. Sin embargo, el episodio marcó un punto de fricción que iría más allá del debate presupuestario.
Las tensiones aumentaron tras el ataque militar conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán. El Gobierno español rechazó el uso de las bases militares estadounidenses situadas en Base Naval de Rota y Base Aérea de Morón para la operación, una decisión que provocó duras críticas de Donald Trump y llegó a abrir la puerta a amenazas comerciales contra España.
Lejos de suavizar su posición, Sánchez defendió públicamente su rechazo a la escalada militar y reiteró su postura contraria a los conflictos armados, alineando ese mensaje con otras crisis internacionales recientes, desde la guerra en Ucrania hasta la situación en Gaza. El presidente español insistió en que la política exterior debe orientarse a mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos y no a alimentar dinámicas de confrontación global.
Este posicionamiento no se limita al ámbito militar. En los últimos años, el Ejecutivo español ha adoptado decisiones que lo sitúan en ocasiones en un lugar singular dentro de la política occidental. Entre ellas destacan el reconocimiento del Estado palestino, el impulso de políticas migratorias más abiertas o el fortalecimiento de relaciones económicas con China, movimientos que han sido observados con cautela desde Washington.
Para el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, esta línea responde a una estrategia diplomática coherente basada en el respeto al derecho internacional y en la defensa de un multilateralismo activo. Según el Gobierno, España busca reforzar su papel como actor global con identidad propia dentro de la Unión Europea.
El propio Sánchez ha señalado en diversas ocasiones que su visión de la política internacional se forjó durante su juventud, cuando trabajó en Sarajevo en la oficina del Alto Representante de la ONU para Bosnia-Herzegovina durante los años posteriores a la guerra de los Balcanes. Aquella experiencia, según ha explicado el presidente, le permitió observar de cerca las consecuencias humanas de los conflictos y marcó su sensibilidad hacia cuestiones como las migraciones o la defensa de los derechos humanos.
Esa perspectiva se reflejó, por ejemplo, en una de sus primeras decisiones al llegar al poder en 2018, cuando autorizó la entrada en el puerto de Valencia del barco humanitario Aquarius con más de 600 migrantes rescatados en el Mediterráneo, después de que otros países europeos se negaran a acogerlo.
Sin embargo, la estrategia internacional del presidente también genera críticas dentro de España. Sectores de la oposición consideran que Sánchez utiliza la política exterior como un escenario para proyectar liderazgo personal o para desviar la atención de los problemas internos. Entre sus detractores figura el exministro de Exteriores José Manuel García-Margallo, quien sostiene que el Gobierno corre el riesgo de perder credibilidad ante sus aliados si mantiene posiciones divergentes en asuntos clave como la defensa europea.
Las controversias internacionales coinciden además con un contexto político complejo en el interior del país, marcado por investigaciones judiciales que afectan al entorno del presidente y por la fragilidad parlamentaria del Ejecutivo, que depende del apoyo de varias fuerzas políticas para mantener su mayoría.
Pese a estas dificultades, el Gobierno insiste en destacar los resultados económicos del país, señalando que España se ha situado entre las economías con mayor crecimiento de la zona euro en los últimos años y que el salario mínimo ha experimentado un incremento significativo desde 2018.
En el ámbito internacional, mientras tanto, Sánchez continúa intentando consolidar una imagen de dirigente dispuesto a defender posiciones propias frente a las grandes potencias. Para algunos analistas, esta actitud responde a la búsqueda de un papel más visible para España en el escenario global; para otros, se trata de una estrategia política que combina convicción ideológica y cálculo estratégico.
Sea cual sea la interpretación, la diplomacia impulsada desde Palacio de La Moncloa ha convertido a Pedro Sánchez en una figura que, dentro de la política europea, a menudo opta por navegar en dirección distinta a la de muchos de sus socios. Una elección que sigue alimentando el debate sobre si su actuación responde a una apuesta de principios o a una forma singular de ejercer el poder en un mundo cada vez más polarizado. @mundiario