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MUNDIARIO

Esta España que sucumbe a los dulces cantos de sirena

Entre tantos cantos de sirenas y sirenos en catalán, en euskera, en español, populistas, populares, unionistas, independentistas, constitucionales, constituyentes, republicanos y reypublicanistas, resulta muy difícil vislumbrar un Ulises capaz de resistirse a las tentaciones y poner rumbo a Ítaca, donde nos espera y desespera esa Penélope llamada España.

Esta España que sucumbe a los dulces cantos de sirena
Dulces cantos de sirena.
Dulces cantos de sirena.

Porque está feo hacer leña de los árboles caídos, oye, si no, me acercaba a Santa Pola un día de semana, entre un lunes y un viernes, me dejaba caer por “El Batiste”, donde asegura un medio nacional que almuerza asiduamente y se bebe sorbo a sorbo su pasado Mariano Rajoy Brey, y le agradecía al señor exPresidente de la cosa su renuncia, uno de sus más paradigmáticos servicios prestados a este país desde que mi paisano decidió dedicarse a prestarle servicios a mi pueblo y mi gente. Desde que se instaló Aznar en La Moncloa hasta la fecha, servidor ha sentido la permanente sensación de que a los españoles nos sirve ya cualquiera para presidir nuestros Consejos de Ministros. Debe ser que hemos perdido la fe en encontrar a alguien capaz de conducirnos a la tierra prometida. Quizá por eso las mayorías, uniformes o eclécticas, conservadora o progres, se ponen cachondas ante el primer intruso que osa prestar sus servicios al pueblo, con la única indispensable condición, eso sí, de que sea uno de los suyos, de los nuestros.

Pedro Zapata y Pablo Villa

El último señor exPresidente, por ejemplo, ha vuelto a demostrarle al mundo que, por activa o por pasiva, no hay oposición que se le resista. Tú le pones delante una oposición, aquella tan difícil de su juventud para Registrador de la Propiedad, esta otra casi imposible de Pedro y Pablo aspirando a okupas de La Moncloa, y el hombre es que no para hasta que no la saca adelante. Vamos, que este señor era un chollo para las oposiciones, como todo el mundo sabía desde que sacó aquella con el gorro, ocupando la primera plaza de su promoción y a la edad más temprana hasta ahora conocida y, como el que tuvo retuvo, ha vuelto a salir airoso en un alarde del más difícil todavía: opositar, con el éxito por todos conocido, para que una oposición, menos compacta, menos disciplinada, menos sostenible que el mismísimo ejército de Pancho Villa, con todos los respetos para el héroe revolucionario mejicano, accediese al gobierno.

La diferencia entre Emiliano Zapata y Pancho Villa, si hiciésemos una de esas odiosas comparaciones con Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, es que aquellos siempre acababan gritando tras cada vuelta de tuerca para cambiar la historia de su pueblo: ¡que viva Mexico! Y no como estos otros, oye, que para cambiar nuestra historia, por acción u omisión, están dispuestos a guardar silencio, a mirar hacia otro lado, a poner la otra mejilla cada vez que desde el exterior o el interior se exhuma nuestro siniestro pasado, se esparce la sombra de la sospecha sobre nuestro confuso presente y se promueve entre las casas de apuestas todo tipo de posibilidades parademocráticas, seudoinstitucionales, feudoterritoriales, retroconstitucionales sobre el futuro colectivo de este Estado europeo al que seguimos llamando España, miradla, por el que llevan años doblando las campanas.

Ni aquellos arriba, ni estos abajo...

Si el progresismo español va a ser esto, ¡virgencita, virgencita, mejor quedarnos como estábamos! Si el antídoto a la náusea de habernos pasado cuarenta años escuchando las arengas de aquel nefando caudillo de El Ferrol que acababa siempre gritando: ¡arriba España!, van a ser otros cuarenta escuchando las arengas de los nuevos caudillos de El Procés, del cupo vasco, de los principios fundamentales del populismo que, por activa o por pasiva, acaban siempre insinuando: ¡abajo España!, ¡que se detenga ese tren que nos lleva a ninguna parte, que me apeo!

Nunca había sentido envidia de nadie y de nada, la verdad, hasta este último 14 de julio en el que París era una fiesta; en el que las izquierdas y derechas sociológicas gabachas escuchaban su himno con la mano en el corazón y contemplaban su bandera, la de nadie y la de todos, sin poder disimular el orgullo inteligente de un pueblo que asume su historia confeccionada con retales de grandezas y miserias, de orgullosas Resistencias al nacismo y vergonzantes Gobiernos de Vichy, de tomas de La Bastilla y descalabros en La Línea Maginot, de universales primaveras del 68 e inviernos de su descontento napoleónico desde Rusia sin honor. Para mí que hasta la mismísima Pilarica ha empezado a confesar que ya quiere ser francesa, oye. Con una única tricolor y una sola Marsellesa, ya ves, han ido pisando mucho más fuerte por la historia que este país de aquí abajo, con su Els Segadors, su Eusko Abendaren Ereserkia, su himno anacional, sus ikurriñas, sus senyeras y ese trapo rojigualda que nunca ha sido de todos y a veces parece que no es de nadie.  Debe ser que ahí arriba han apostado por la calidad y, aquí abajo, ya ves, por la cantidad.

España: esa Penélope que sigue esperando a un Ulises

Aquí, en España, lo que nos sobran son mediocres hombres y mujeres convencidos de que han venido a este mundo para guiar a sus pueblos, catalanes, vascos, andaluces, gallegos, conservadores, progres, jóvenes, viejos, españoles todos, a sus respectivas tierras prometidas, pero nos falta pueblo, segmentos de pueblos del pueblo, sin gregarismos ideológicos, geográficos, emocionales, genealógicos, historiográficos, inducidos, deducidos, capaz de separar la paja del trigo, los abundantes encandiladores charlatanes de los escasos Moisés, los espejismos de los oasis, en esta travesía del desierto económico, político, identitario, generacional, mediático, que todos sabemos cómo y por qué ha empezado pero nadie se imagina de qué manera puede terminar. Estamos tan pendientes de los tentadores cantos de sirena de los Pedros, de los Pablos, de las Sorayas, de los Torras, de los Puigdemont, de los Urkullu, de los Junqueras, de los Rivera, que nos desviamos cada día un poco más que ayer pero menos que mañana del rumbo a Ítaca. España es una conmovedora Penélope homérica que sigue esperando a un Ulises, miradla, mientras soporta a pretendientes de toda condición, género, ideología y ambición intentando llevársela al huerto. @mundiario