España priorizó el imperio de súbditos y no la ciudadanía de la inclusión plurinacional

La T4 de Barajas.
La T4 de Barajas.
La recentralización económica, el dumping fiscal, la radialidad de las comunicaciones y el despropósito de las inversiones en el aeropuerto y demás infraestructuras de Madrid han vaciado la Meseta.
España priorizó el imperio de súbditos y no la ciudadanía de la inclusión plurinacional

España nunca fue nación ni unión estable y voluntaria de países y ciudadanos. Algo de historia. Castilla siempre jugó a ser un Imperio. Lo saben a la perfección los catalanes, que lucharon hasta la muerte en el 1714, conocedores de lo que se les venía encima. También los hijos de Euskal Herria defensores del equilibrio social de las viejas leyes, sobre todo en la guerra de 1833-1840. O los portugueses cuando recuperaron su independencia en el 1640, justo cuando andaluces y catalanes se revolucionaban también en defensa de sus libertades. En lo que respecta a Galicia, pronto entendió que la unión personal del Reino de Galicia con el de Castilla en la persona de Fernando III (II de Galicia) en el 1230 iba a suponer la asimilación… recordemos las revueltas gallegas de 1369 y 1474, cuando amplios sectores de la aristocracia y de la burguesía de las villas gallegas defendieron la reunificación gallego-portuguesa y nuestro alejamiento de Castilla. He ahí la revuelta cívico-militar gallega de 1846, que quiso restaurar las libertades gallegas y la justicia social frente a la dictadura borbónica de Narvaez.

La Corona de Castilla exportó a las Indias las instituciones propias del vicerreinado concebidas para la opresión del Reino de Galicia: Adelantados Mayores o Gobernadores y Capitanías. Y, después de septiembre a fuego y hiero de 1714, ocupada por la rapacidad de los Borbones diseñó una España peninsular gobernada desde la mentalidad del Imperio.

Y, como decía el castellano Nebrija, “siempre fue la lengua compañera del Imperio”. La imposición del castellano no fue un invento de Franco. Porque ya los Borbones del XVIII consagraron la exclusividad de la lengua castellana en las escuelas públicas y privadas. En 1896 la ley impuso la prohibición del catalán, euskera, gallego y asturiano en las comunicaciones telefónicas.

La radialidad de las comunicaciones peninsulares

El primer Borbón, Felipe V, después de derogar las libertades catalanas, valencianas, mallorquinas y aragonesas, aplicó la tarea de definir una red de carreteras peninsulares radial, con centro en la entonces pequeña villa de Madrid, pese a constituir (entonces y hoy en día) los ejes atlántico (gallego-portugués), cantábrico, mediterráneo y el valle del Ebro los vectores que conectaban los territorios productivos.

El Estado liberal del siglo XIX trasladó esta radialidad a la red ferroviaria, hasta llegar al AVE actual, que penaliza el transporte de mercancías respecto del de pasajeros y prioriza hasta el absurdo el hub madrileño. Recordemos los 6.200 M€ (más de un billón –con “b” de burro- de las viejas pesetas) que los fondos europeos destinados al reequilibrio territorial enterraron en el nuevo aeropuerto de Madrid-Barajas. O el rescate de “sus” carreteras madrileñas.

La obstinación del Imperio en mantener la radialidad llega al absurdo de pretender que su eje mediterráneo pase por Madrid, o por la reciente priorización de alta velocidad ferroviaria Lisboa-Madrid en la cima lusoespañola del último octubre, priorización decididamente rechazada por un Gobierno portugués que sabe que su prioridad, junto a las de la cooperación transfronteriza europea, es el eje Compostela-Vigo-Porto-Lisboa.

Recentralización económica y dumping fiscal

Fue, pues, un proyecto imperial y no inclusivo lo que empoderó Madrid como capital política y centro del sistema de infraestructuras del Estado. Como recordó Ferrán Martínez en Valencia Plaza, desde mediados del siglo XX (añadiríamos nosotros que, señaladamente, desde la involución territorial de 1981-82) estas fueron las palancas para convertir Madrid en el centro neurálgico de las finanzas, la sede de las grandes empresas españolas (fenómeno radicalizado ad infinitum después de la ola privatizadora de las empresas públicas de la SEPI en los últimos años de gobierno de Felipe González y primeros del aznarato). Hoy en día Madrid es la sede más de la mitad de las principales 1.000 empresas españolas. El 60% de las licitaciones públicas son adjudicadas a empresas con sede en Madrid. Casi el 30% de los funcionaros públicos y el 21% de los empleados más cualificados trabajan en la región madrileña. Pese a tener solo un 1,6% del territorio, amontona un 19,2% del PIB estatal y absorbió el 85,2% de la inversión directa exterior. Su renta per cápita anual está por encima de los 35.000 €, un 36% por encima de la estatal y un 16% por encima de la europea. Y todos estos números con una participación industrial en el PIB madrileño de solo un 10%.

El Estado de las Autonomías le ofreció a Madrid, además, la posibilidad de convertirse en una comunidad autónoma con competencias fiscales equiparables a cualquier otro territorio, cuando el efecto-sede de su calidad de capital política y centro neurálgico aconsejaba i) reducir el mencionado efecto-sede descentralizando instituciones y servicios públicos o favoreciendo la especialización de otras ciudades, como ocurre en los sistemas federales alemán, australiano o canadiense y ii) definir Madrid como distrito federal o como parte de Castilla, evitando la posibilidad del actual dumping fiscal.

Porque la inducida retroalimentación de la economía madrileña generada por el efecto sede, junto con amplias inversiones públicas de los que se beneficia y una política económica que privatiza servicios y ahonda en las desigualdades, incluso intramadrileñas (muchos sueldos en los sectores de cuidados y hostelería son verdaderamente bajos) atrajeron a Madrid a residentes de otros territorios de grandes rentas y patrimonios, para disfrutar de su marco fiscal favorable a las grandes fortunas, bien en el IRPF y Patrimonio, bien en el Impuesto de Sucesiones.

El resultado del proceso de recentralización económica, potenciación del efecto sede y hub de toda clase de infraestructuras de transporte y dumping fiscal Madrid vació la Meseta y está a punto de vaciar el propio Estado español, en un continuo efecto aspirador.

Conviene puntualizar que este proceso, como ya vimos, tiene raíces en la antigua Corona de Castilla, continuó con los Borbones, ahondó con el Estado liberal, la Restauración y el franquismo, y presidió la gestión de los gobiernos del PP y del PSOE durante toda la transición, sin que la izquierda española hiciera la menor autocrítica a este proceso, excepto puntuales críticas del último gobierno socialista andaluz.

Cierto es que en los últimos cinco años surgió una potente crítica desde la Generalitat valenciana, gobernada por el PSPV y Compromís, enraizada por los estudios del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas. Una crítica que, por primera vez desde posiciones socialistas, relaciona el efecto sede o aspiradora con el dumping fiscal, sin analizar aisladamente este.

Cuando escribo esto recibo un mensaje de whatsapp a través de una personalidad de la Federación Socialista madrileña que denuncia que el deterioro de los servicios públicos madrileños solo es posible por la recaudación inducida por el efecto-sede, pero que considera que Madrid constituye el laboratorio de la derecha española para todo el Estado de ese deterioro como vía a su reducción y privatización. Bienvenidos a la realidad.

Las soluciones políticas

Sin el PSOE, por su posición fundamental en el panorama político no será posible una solución político-territorial a este problema. En este sentido, esa concienciación de la periferia socialista es positiva, pero no es suficiente, ni sirve para llegar a una solución. No mientras sea tabú la Institución monárquica, llave de bóveda del sistema del palco del Bernabeu y la descentralización real del Poder político y económico.

Como escribió en su blog Iñaki Anasagasti (alojado en el diario vasco Deia) Madrid constituye la sede de las élites extractivas del Estado: la Casa Real, el corpus político, altos funcionarios, cima judicial y militar, consejos de administración y principales asesores de las mayores empresas… Una población que no produce, pero que necesita de muchos recursos. Unas élites que mantienen el poder económico y político (gobierne quien gobierne en la praxis, vid. Caso Pérez de los Cobos), que manejan el deep state y que, como dice Anasagasti “…no conciben un modelo territorial que no rodee la Puerta del Sol, pero además han sido capaces de generar un proyecto de Estado que aglutine a los que ellos llaman la periferia que cada vez más, es aquello más allá de la M-30”.

Estas élites abusan de la gente e incluso traicionan a la propia ciudadanía del Estado, como escribió recientemente Paul Preston, pero fueron capaces de compartir cosmovisión con sectores populares previamente abocados contra los soberanismos catalán, vasco, valenciano o gallego, los sectores del “a por ellos” que son los que más sufren del absurdo de este Estado dominado por esas élites extractivas del palco del Bernabeu. Pero este consenso entre muchos de los de abajo con los de arriba solo es posible porque España no construyó a lo largo de la historia una convivencia democrática de ciudadanos, sino un Imperio de súbditos.

Si la izquierda española entendiese que la llave del progreso económico, de la libertad y de la justicia social pasa por la reformulación de los Poderes políticos y económicos del Estado en llave federal o confederal (y siempre plurinacional) habría una oportunidad para esa transformación. Pero, después del camino que adoptó el PSOE después del discurso real del 3-O, después de su apoyo al 155 y de su defensa de la irresponsabilidad y corrupción monárquicas, los soberanistas periféricos tenemos derecho a ser desconfiados.

Estoy con Iñaki Anasagasti cuando dice que España estará más cerca de una reorganización en llave federal y plurinacional que viabilice su economía y su deuda si Catalunya consigue su independencia. Porque, como dijo el político del PNV, “…si el 20% del PIB estatal desaparece España tendrá que cambiar de modelo de gestión, si o si”. @mundiario

 

España priorizó el imperio de súbditos y no la ciudadanía de la inclusión plurinacional
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