Si España renuncia al tiki-taka futbolístico, sociológico, político y geográfico, seremos gilipollas

La decepción de España en Brasil.
La decepción de España en Brasil.

El “Maracanazó” ha dejado al descubierto el estado físico y anímico, el caos táctico colectivo, la amenaza de que 47 millones de españoles volvamos a movernos sobre el césped de la historia como pollos sin cabeza.

Si España renuncia al tiki-taka futbolístico, sociológico, político y geográfico, seremos gilipollas

El “Maracanazó” ha dejado al descubierto el estado físico y anímico, el caos táctico colectivo, la amenaza de que 47 millones de españoles volvamos a movernos sobre el césped de la historia como pollos sin cabeza.

He guardado para mis descendientes el número de un periódico de Panamá que, en primera página, a toda plana, describía el otro día la impresión que han causado nuestros chicos de La Roja tras sus pasos sin huella en el Mundial de Brasil: GILIPOLLAS. Nunca nadie ha dicho tanto, sobre tantos, con tan pocas palabras. Nunca la capacidad de síntesis había alcanzado semejante grado de excelencia para psicoanalizar, por rigurosa extrapolación, claro, el estado físico y anímico, el caos táctico colectivo, la inoperancia por las bandas (la derecha y la izquierda), el gallinero sociológico de 47 millones de españoles que, a imagen y semejanza de nuestros once representantes sobre el césped de Maracaná, nos estamos moviendo por la historia como pollos sin cabeza.

¡Tócala otra vez, Sam!

A mis escasas luces, en Brasil hemos hecho el gilipollas porque rompimos los pactos de La Moncloa del tiki-taka, nos cansamos de decirle a Iniesta y Xavi: ¡tócala otra vez, Sam! y resucitamos la impotente furia española del balonazo a través de la inédita columna vertebral Casillas-Ramos-Diego Costa, a ver si me entiendes, mientras se desvanecía el centro del campo que tanto amamos, como una vez se desvaneció UCD. Veinte minutos después de que nuestros “locos bajitos”, esos que han hecho la transición de La Roja, intentasen afinar sus instrumentos para iniciar una sinfonía (quizá algo desafinada, como corresponde en un país que ha inmortalizado el bossa nova), Iker apostaba por el chotis, a Sergio le corría por la sangre España Cañí, Piqué comprendió por qué Shakira afirma que las mujeres son las de la intuición, Busquet se dejó llevar por el parsimonioso ritmo de la sardana,  Xabi Alonso confundió el fútbol con la pelota vasca y Diego Costa intentó hacer una patética fusión entre la samba y la copla.

Un país en la encrucijada entre el tiki-taka y la funesta furia española

Lejos de mí la funesta manía de hurgar en la herida, oye. Pero somos unos gilipollas. Ustedes son muy libres de no darse por aludidos, naturalmente. Pueden rasgarse teatralmente las vestiduras, hacer vudú cañí contra ese pequeño país centroamericano y despachar el incidente diplomático/mediático con la vergonzante prepotencia fidalga genuinamente española. Pero permitan que un servidor, en su legítimo uso de la libertad de expresión, se deje llevar por el embrujo alegórico de un calificativo extensible a todos los jugadores y todas las hinchadas de las selecciones ideológicas, políticas, económicas, sindicales, empresariales, intelectuales, mediáticas, civiles, sociales, geográficas, lingüísticas, culturales que, tras un corto período de tiki-taka al que todavía seguimos llamando transición, acaban volviendo siempre a donde solían: al último, desesperado, estéril y primitivo recurso de la furia, de las furias españolas. La recurrente furia catalana, barnizada de seny, que provocó semanas trágicas, alimentó anarquismos y soflamas en el balcón de la Generalitat y ha poseído a Artur Mas con más intensidad que la posesión de la niña del exorcista. La furia rústica y clerical de Euskadi, alfombrado de casquillos del nueve Parabellum, bañado por ríos subterráneos de sangre y rodeado de púlpitos, como minaretes, donde resuenan ecos de voces llamando a una yihad que todavía nos hiela el corazón.

Y la furia peripatética de los Beiras. O la furia centrípeta del patriotismo que sirve de refugio a los canallas. O la furia genética republicana enfrentada a la furia sintética monárquica. O la furia de los jornaleros que suplantan, a veces como miserables impostores, a los genuinos Santos Inocentes de Delibes. O la furia de los indignados, de toda edad, de todo género, de toda condición y con toda la razón que, al final, siempre acaban siguiendo al primer Flautista de Hamelín que los encandila con su melodía.

No hemos hecho el gilipollas; estamos a punto de empezar a hacerlo

El problema en Brasil es que no hemos tenido paciencia para  recuperar el tiki-taka, y no hemos tenido la prudencia de dejar la dichosa, anquilosada y frustrante furia española en los vestuarios. Hemos hecho el gilipollas, allá en Brasil, aquí en España, porque en vez de seguir practicando el rombo, las paredes, el tuya/mía, la asociación de líneas e ideologías que surgió del Pacto de Viena de Luis Aragonés y los Pactos de la Moncloa de Adolfo Suárez, hemos vuelto a caer en la tentación del pelotazo, del publicitario republicanismo independiente de Ikea, de jugar al fútbol y a la vida con los pies y dejar en el banquillo la cabeza y de salir a la caza del gol y del voto a través de la estrategia del pan para hoy y el hambre para mañana. Hemos hecho, estamos haciendo el gilipollas, porque Del Bosque se ha obsesionado con Diego Costa, el PSOE con Pablo Iglesias y el PP con defenderse bajo palos como la estatua de cera de Iker Casillas. Hemos pagado en el fútbol la cruenta guerra civil entre Madrid y Barça, entre el Mouriñismo y el Pep-ismo, como en la política nos está pasando factura la incruenta guerra civil entre el frentismo popular y la CEDA (que en mala hora plagió Manuel Fraga), que han ido bajando del desván de los malos recuerdos del siglo XX, cambalache problemático y febril, los mediocres inquilinos de la calle Ferraz y la calle Génova.

¿Volveremos a tropezar con las mismas piedras…?

Y, sin embargo, un servidor sigue creyendo en el centrocampismo. En los rombos y la posesión de balón y de historia de aquel medio campo del PNV, de UCD, del PSOE, de CIU, que asombró al mundo durante una década prodigiosa, como el sosegado e inesperado jogo bonito del medio campo de La Roja asombró y desquició al mundo durante un lustro y un año. Habíamos creado un innovador estilo genuinamente español, y por un empacho de crisis, de tulipanes y de chiles picantes que producen ardor de estómago, estamos decididos a recuperar del fondo de armario de la historia la funesta Furia Epañola, ay, que siempre ha acabado inspirando la fúnebre pregunta del  viejo Hemingway: ¿por quién doblan las campanas?. Apenas hace unos días repicaban a gloria por once hombres y once nombres que habían alcanzado una estrella inaccesible que, de repente, nos parece fugaz. Apenas hace un par de décadas repicaban por un pueblo, una sociedad de más de 45 millones de ciudadanos, capaces de construir una democracia homologable y homologada sobre los siniestros cimientos de una guerra civil y cuarenta años de dictadura

¿Es que los españoles somos un paradigma de los animales que tropiezan dos, tres, mil veces con la misma piedra? ¿Quizá no somos capaces de cambiar de generación sin cambiar de estilo? ¿Es que vamos a caer en la trampa de cambiar el tiki-taka futbolístico, político y sociológico por el eterno modelo de las bandas y los bandos del ejército de Pancho Villa?

El innovador tiki-taka y la bossa nova

Ya sé, ya sé que la sinfonía española sonó desafinada en Rio de Janeiro y está sonando desafinada en la política, la economía, la gobernanza y la pluralidad geográfica afectada por delirios centrífugos. Ya sé que el mundo celebra que se ponga el sol en el imperio futbolístico y en el milagro democrático de este país de Europa, miradlo, donde habitaban aquellos insignificantes seres morenos, pequeños y cabreados. Debe ser que los teníamos desquiciados, oye, a juzgar por la reacción de los tabloides en todos los idiomas, no sé si los habéis leído, que llevan un horror publicando esquelas y anunciando funerales por España, je, convencidos de que volveremos a hacer el gilipollas.

Pero, chico, aprovechando que estamos de paso en Brasil, a punto de regresar con el rabo entre las piernas, he recordado el furibundo ataque de los Olimpos musicales tradicionales a la innovadora melodía del Bossa Nova: aquel envidiable y envidiado invento que padeció una caza de brujas. Los más ilustres e ilustrados maestros del norte, en su frustración, calificaron a los pioneros de tiki-taka de los semitonos de desarrapados músicos desafinados. Hasta que se le inflaron los huevos, con perdón, al virtuoso Antonio Carlos Jobim, y les respondió con la más hermosa, la más sutil y la más imperecedera declaración de principios musicales:

        Se você disser que eu desafino, amor,
        saiba que isso en mim provoca inmensa dor.
        Só privilegiados têm ouvido igual ao seu;
        eu possuo apenas o que Deus me deu.
        Se você insisted em clasificar
        meu comportamento de antimusical,
        eu, mesmo mentido, devo argumentar
       que isto é bossa nova, que isto e muito natural.
        O que você näo sabe, nem sequer pressente
        é que os desafinados tambén têm un coraçäo.
        Que no peito dos desafinados,
        no fundo do peitos dos desafinados,
        tambén bate un coraçäo…

¿Es que en el desierto sociológico de España no va a clamar la voz, las voces, de ningún Antonio Carlos Jobim?

Si España renuncia al tiki-taka futbolístico, sociológico, político y geográfico, seremos gilipollas
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