La España mágica invoca al trasnochado espíritu de la Transición

Felipe González y Adolfo Suárez. / Foto histórica de Marisa Flórez en El País
Felipe González y Adolfo Suárez.

¿Elegimos políticos democráticos para que gobiernen, con un par, o para que invoquen fantasmagóricos espíritus del postfranquismo o soliciten asilo en las urnas? ¡Un poquito de por favor…!

La España mágica invoca al trasnochado espíritu de la Transición

Menuda perra ha pillado el personal invocando al espíritu de la Transición, oye. Cada día que transcurre, tras el sonoro y sonado bombazo electoral del 20-D, hay más españoles que el día anterior pero menos que el día siguiente exclamando ante el paisaje después de la batalla, lo mismo que Oppenheimer ante el paisaje de Álamo Gordo después de haber comprobado los efectos de la bomba atómica: ¡Dios mío, y nosotros hemos hecho esto...

Pues sí, ladys and gentlemen, lo hemos hecho entre todos y todas. En pleno uso de nuestras facultades democráticas. Con nocturnidad, alevosía, voto secreto, personal e intransferible y 24 horas de jornada de reflexión de propina, je, para que ninguno pueda utilizar como excusa que no ha tenido tiempo para escuchar a su corazón o su cabeza, a su ira o su templanza, a su instinto de jugársela al pan para hoy o al miedo a estar consolidando el hambre para mañana. Pasó nuestro día, el día del pueblo, de la gente, y pasó la romería. Y, míranos ahora, los treinta y pico días después, y los que nos quedan, oye, con esas caritas de niños y niñas de no haber roto un plato. Míranos, ¡oh los españoles!, sentados en las gradas de un circo romano contemplando, cual santos inocentes, de meros e inofensivos espectadores, cómo corre la sangre de los gladiadores por la arena del Coliseo, cómo las fieras mediáticas se ponen las botas pasando olímpicamente de nuestros votos, qué dedo pulgar, de qué César, decidirá quiénes deben vivir y quienes deben morir en los próximos cuatro años, si es que esto dura cuatro años, claro.

No hay disculpas para un remake de la Transición

Ahora, no me vengáis apelando al espíritu de la Transición. ¡Que ya somos demócratas mayorcitos, hombre! Que no se oyen ya ruidos de sables, ni el humo del incienso de la Iglesia ciega ya nuestros ojos en un Estado aconfesional y laicista, ni corremos delante de los grises e incluso hay grises, ahora vestidos de azul, que corren a veces delante de nosotros, ni un Carrillo tendría necesidad de utilizar peluca, aunque probablemente tendría la tentación electoralista, ¡pues bueno era Don Santiago para esas cosas!, de usar coleta. Mismamente, la única sorpresa inesperada que puede convulsionar el Congreso de los Diputados, ya no es que irrumpa de repente un guardia civil con bigote, sino un inofensivo y entrañable bebé recién nacido. No, de verdad, no hay disculpas para hacer un remake de la Transición. Sólo miedo, nostalgia, diarrea por parte de un pueblo que tiende históricamente al filomarxismo de Groucho: “estas son mis ideas, mis votos, si no les gustan tengo otros

¡Que salga el sol y el gobierno que sea por Antequera!

¡No es esto, no es esto!, como diría de nuevo Ortega, supongo que en “La sexta noche”. Al margen de las maniobras orquestales en la oscuridad de nuestros políticos, o lo que sean esos señores que se juegan a los dados nuestro futuro colectivo, a lo hecho, pecho, colegas. ¡Que salga el sol y el gobierno que sea por Antequera! Yo no quiero que mi pueblo y mi gente, tras casi 40 años de democracia, se convierta en un grupo de alumnos fracasados repitiendo elecciones. Yo no quiero trasnochados Pactos de La Moncloa, nuevos padres para redecorar una vieja constitución asimétrica con nuevas asimetrías, viejos políticos rejuvenecidos y jóvenes políticos prematuramente envejecidos, haciendo, una vez más, un pan con una hostias, un laberinto territorial sin puerta de entrada ni salida, un nuevo Camarote de los hermanos Marx en el que 46 millones de españoles sigan haciendo el hilarante papel de extras de la película.

Teoría del mal de ojo

Una cosa es hacer un Transición para pasar de una dictadura a una democracia y, otra, muy distinta, hacer una transición para pasar de una democracia a una carallada, con perdón. Digo yo si eso de las transiciones no será un mal de ojo que le han echado a los políticos gallegos, oye. Es que, chico, fue morirse el caudillo no elegido del Ferrol de ídem, y nos pusimos como locos a hacer una Transición, eso sí, con motivo. Y ahora, ya ves, agoniza, políticamente, claro, el caudillo electo del Lérez, y nos ha entrado de nuevo el gusanillo de otra Transición, a mis escasas luces, sin motivo alguno.

El caso es que, con motivo o sin él, no tienen nuestros males remedio. Aquí, por lo visto, no elegimos señoras y señores para gobernar, sino para transitar a través de la historia por las siglas de los siglos ¡Marchando otra transición!, ¡marchando otras elecciones!, ¡marchando otro Celtiberia show!

La España mágica invoca al trasnochado espíritu de la Transición
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