España, ¿madura para la 'dictadura'?

Un hombre con una camiseta de Vox. / SevillaInfo
Un hombre con una camiseta de Vox. / SevillaInfo

¿Podría ser que España, ese “protectorado alemán loco por hablar inglés”, estuviera madurando hacia la autocracia?  Esta interrogación será popular o impopular, políticamente correcta o incorrecta –me temo que lo segundo–, pero, olfateando la realidad, intentando ver pasar el aire, no parece carente de todo fundamento. 

España, ¿madura para la 'dictadura'?

La dictadura que ahora parece venir, no será una dictadura antigua, de general bigotudo a caballo, sino una tocquevilleana dictadura de terciopelo, postmoderna, de panópticon, de estilo Silicon Valley; y quizá estemos ya en ella.

Digámoslo en pocas palabras: así como en los 1970s España estaba madura, o madurando, para la democracia (o al menos para algo más de libertad, modernización y democratización), hoy está madura, o madurando, hacia algún grado de autocracia, aunque se mantengan las formas (y cada vez menos). En aquellos esperanzados años 70s —cuando creíamos que nada más faltar Franco desaparecerían toda injusticia y todo dolor de muelas—, cada pequeño aumento de libertad, cada reducción de la arbitrariedad gubernamental, parecían no tener marcha atrás, como un piñón fijo.

Hoy —nuevo piñón fijo, pero al revés—, cada nuevo control, cada nueva cámara de vigilancia, cada panópticon, cada nuevo recorte de libertad, parece también llegar para quedarse. Con escasa resistencia, los españoles aceptan más y más controles, aun pudiendo razonablemente suponer que después no van a desaparecer. Aunque fueran sólo modestos, en los 1970s soplaban vientos de libertad —así, ni los franquistas esperaban que todo continuase exactamente igual—; hoy, soplan otros vientos, vientos de control y conformidad. Basta abrir los ojos: hay quien cree, aunque sólo lo diga con la boca pequeña, que quienes ignoren los entresijos de la prima de riesgo no deberían votar, que no todo debería decidirse por referendum, y que los votantes pro-Brexit son rurales y viejos (ergo, no todos los votos valdrían igual)...

Estos españoles actuales han perdido las reservas de rebeldía natural, desconfianza y oposición a todo poder, que fueron imagen clásica de España. Aceptan sin mayor problema el control total y el vivir con el DNI en la frente por el bien común y la seguridad; aceptan la Ley Mordaza y sus análogas; protestan poco ante la expropiación de sus pensiones; incluso (y esto no había sucedido nunca, ni bajo ninguna dictadura) las universidades se someten, ya no son fuentes de inquietud sino de trabajadores calificados para la banca, y aceptan que la docencia, la investigación y la formación del profesorado estén hoy más dirigidas que en el franquismo. Estos hispanos de hoy son crédulos: creen en el estado y su ley; creen todavía más en la UE; repiten las verdades oficiales sobre la supuestamente inevitable desigualdad y la pérdida de libertades con un cansino “es lo que hay”, aunque les sometan y empobrezcan.

Querer ser mandado, querer ser controlado y querer entregar el propio dinero, no es natural. Quien quiera eso espontáneamente, debería visitar al psiquiatra. Un niño aldeano de ocho años con sentido común, incontaminado por el autoritarismo aterciopelado y la educación actual (si es que queda alguno), dirá espontáneamente que no le gusta que le manden, que le controlen ni que le vacíen su hucha. Incluso a un esclavo si no tiene alma de esclavo, le molestará en principio cualquier mandato, cualquier impuesto, cualquier policía, a menos que haya claras razones en sentido contrario (admitimos que a veces puede haberlas).

Averigüemos el grado de nuestra “servidumbre voluntaria” (É. de la Boétie). Aplicando esos tres tests —aceptar/rechazar impuestos, cumplir/rechazar la ley, amar/recelar de la policía—, resultaría que los españoles, hoy, aceptan los impuestos, repiten como loros que “la ley es la ley y es para cumplirla” y aman, o respetan, a la policía (otra novedad histórica, pues los españoles habían visto mal a la policía desde Atapuerca). No pocas personas más o menos cultas y honradas, licenciados universitarios y buenos profesionales, parecen hoy entregados al control y a la conformidad. De esta manera, la capacidad para la rebeldía cívica, y justo cuando más necesaria sería, no puede ser mucha.

Ahí tenemos tres cosas que nunca fueron así en el Franquismo, y ello porque no habían sido así en la Segunda República, ni en la Restauración, ni nunca —de ahí el tremendo cambio histórico al que estamos asistiendo, ¿quizá relacionado con la rebelión de las elites?—. Los franquistas eran seguidores de Franco, sin duda, pero no de las leyes franquistas (nadie conocía el Fuero de los Españoles, p. ej.) ni de la policía franquista que, de hecho, tenía motes (pero es que en España la policía tuvo motes siempre), y no gustaban de pagar los impuestos franquistas, por ligeros que desde hoy nos parezcan. Hoy, por primera vez en la historia de España, se acabó el tradicional alejamiento del hombre medio respecto del Estado, su ley y su policía. Ese alejamiento era lo natural, pues el Estado puede ser amigo o perseguidor (y en ese caso, implacable); la Banca, para qué hablar; y la propia UE —hasta ahora hada benefactora/subvencionadora—, ha demostrado con los hechos que puede convertir a Grecia en tierra quemada sin pestañear.

Esta maduración autocrática a la que ahora asistimos no es franquismo. Si lo fuera, tarde o temprano terminaría. Recuerda, más bien, a la “alt-right” americana, a la derecha postmoderna, postcristiana, amoral, inhumana; al autoritario y muy tecnológico neoliberalismo 2.0; a la transformación antropológica hacia el transhumanismo, con libertades sexuales a tope y control biopolítico a tope, sin faltar robotización, paro masivo y demás. Buscando similitudes más cercanas (aunque necesariamente provisionales y sujetas a error), en caso de parecerse a alguien la nueva autocracia sería más estilo Núñez Feijóo que estilo Vox. Incluso es posible que la nueva dictadura aterciopelada sea peor que los viejos demonios familiares españoles, rústicos y tradicionales, que, aunque violentos de cuando en cuando, eran más cutres y como de andar por casa. @mundiario

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