A España se le inflaron los testículos y las glándulas Parot-idas

Concentración de víctimas del terrorismo en Madrid.
Concentración de víctimas del terrorismo en Madrid.

¿Tienen razón las víctimas y sus familiares saliendo a las calles de España para gritar que este dolor, esta rabia, esta pena, esta boca es mía? Por supuesto. Razón y derecho.

A España se le inflaron los testículos y las glándulas Parot-idas

Ni siquiera Antonio Machado, el inmortal poeta español que se definió a sí mismo como un tipo “en el buen sentido de la palabra bueno”, fue capaz de evitar que se le fuese un día la mano, la pluma, los versos, por los cerros de Úbeda donde anida la nostalgia de la venganza: “¡Si mi pluma valiese tu pistola!

 

Por las noches, Director, finales de octubre de 2013, me despierta el ruido de los cerrojos de las puertas de la cárcel de Teixeiro, craaag, craaag, abriéndose para los verdugos y cerrándose para las víctimas. Todavía resuenan los ecos de los pasos de Inés del Río caminando sobre cadáveres, casquillos del nueve parabellum y lágrimas de inocentes sin padres, sin maridos, sin hijos, condenados a cadena perpetua de rabia y de pena. Deben ser episodios de insomnio provocados por la guerra civil interior que me ha declarado mi conciencia. Mi cabeza peleándose con mi corazón; mi extintor de sangre on the rocks intentando apagar mi rabia en ebullición; mi voz clamando en un desierto en el que prevalece el grito de Munch que llevamos todos dentro cuando nos da una patada en el culo la justicia.

De sobra sabemos que sobre los mil y uno de los nuestros que han caído en las cunetas, por la espaldas, hechos pedazos por control remoto, recogidos en las aceras como muñecos rotos por sus madres, por sus hijos, por las mujeres que les dijeron una vez “sí, quiero”, no se puede levantar un Euskadi con certificado de dignidad homologado por la historia. De sobra sabemos, incluso si uno se apellida Urkullu o Mintegui, que ese Euskadi avergonzado y mitad arrepentido, escondido detrás del Euskadi que se muestra en sociedad encantado de haberse conocido, es un barco condenado a navegar a la deriva por el océano glaciar de su siglo XXI, achicando sangre inocente sin fecha de caducidad, casquillos de bala nocturnos y alevosos y contenedores de basura radioactiva de escalofriante silencio humano contaminante y contaminado.

Sonrisas de hiena, vampiros y leyes del talión

No debería decirlo para no resultar políticamente incorrecto. Pero la sonrisa de hiena con la que contaminó Inés del Río los aires de mi tierra gallega, es un logotipo de la izquierda aberzale vasca, la sospecha de un rictus en la cara oculta de un PNV con careta, la punta del iceberg del estigma de un pueblo (con las honrosas excepciones que confirman la regla) que ha contemplado, agazapado detrás de los visillos de las ventanas de sus casas, cómo iba creciendo y desarrollándose su sueño de Euskadi a biberones de sangre inocente, suministrada por siniestros vampiros y príncipes de las tinieblas que manejan los hilos en esa Transilvania que baña el Mar Cantábrico.

Y sin embargo, creo, como una oración, que las sobredosis de años de cárcel, la venganza masiva y masificada inyectada directamente en vena en una sociedad mediática y mediatizada, el efecto placebo que produce en la conciencia colectiva la droga dura y legalizada de las condenas perpetuas camufladas, nos hace correr el peligro de caminar por una delgada línea roja que separa la grandeza de la democracia desangrada de la miseria de la democracia ensangrentada. Conmigo que no cuente esa España a la que se lan inflado los testículos y las glándulas Parot-idas. Ni me apunto a las terapias de grupo de los partidarios de la pena de muerte, ni me tienta la terapia de grupo de los partidarios de la “pena de vida”, en una eufemística aplicación de la Ley del Talión en frío, ojo por ojo, diente por diente, que consiste en cobrarse con muertes en vida de los asesinos (almas, muchas veces desalmadas, apagándose y criando telarañas en la eternidad terrenal de 40 años) las vidas robadas para toda la insondable y genuina eternidad de los santos inocentes asesinados.

La razón de las víctimas y la razón de Estado

¿Tienen razón las víctimas y sus familiares saliendo a las calles de España para gritar que este dolor, esta rabia, esta pena, esta boca es mía? Por supuesto. Razón y derecho. Todas ellas. Aquellas que perdonan pero no olvidan, las que ni perdonan ni olvidan, e incluso esas que se sienten indignadas ante cualquier español que les parezca un mal nacido, servidor incluido, cuando en su cabeza empieza a germinar una sospechosa semilla de perdón y de olvido. Lo que pasa es que no podemos pasarnos la existencia manteniendo unidas por un cordón umbilical la  razón de las víctimas y la razón de Estado. El cuerpo nos puede pedir dejar gobernar, legislar, juzgar, sentenciar bajo la presión atmosférica emocional, moral y ética de las víctimas y las familias que han pagado con sangre, dolor y lágrimas el largo y tortuoso proceso de paz del Norte.  Pero el espantoso viaje, o lo que haya sido ese trágico episodio de nuestra historia, ¡oh capitán, mi capitán!, está terminando. Los vientos del norte arrastran ecos de un inminente “adiós a las armas”. Quedan vencedores morales aquí abajo y tipos inmorales, ahí arriba, que disimulan su derrota humana tras la inmensa y arriesgada generosidad de la democracia, ¡bendita sea! Los buenos han enterrado en silencio demasiados caídos en acto de servicio, siempre de frente, a pecho descubierto, a la quimera de la libertad que alcanzamos en 1978.  Y, los pocos malos que han caído en aras de su esquizofrénica, endogámica y primitiva quimera del factor RH, siempre estaban acechando a la vida humana y a la libertad colectiva a traición y por la espalda. Han muerto muchos más valientes que cobardes, y quedan muchos más desconsolados familiares de héroes anónimos que de villanos de esos con pasamontañas. De acuerdo. Pero dejemos que la propia historia impredecible del futuro de Euskadi haga su trabajo. Cuando pase la resaca de esa prolongada borrachera de goma dos y casquillos del nueve parabellum, los hijos de los padres que han apretado o han dejado apretar  tantos gatillos, tantos detonadores por control remoto, se preguntarán si ha merecido la pena cargar con ese porvenir hipotecado de manchas de sangre y de lágrimas inocentes altamente resistentes a los detergentes conocidos.

El dolor como objeto del deseo electoralista y mediático
A mis escasas luces, y con todos los respetos y la solidaridad hacia las distintas y a veces distantes asociaciones de víctimas, quizá haya llegado el momento de iniciar un período de alivio de luto. Más que nada porque el duelo oficial permanente crea adicción y tal vez esté aplazando en exceso el imprescindible proceso de digestión del dolor y las ausencias en el ámbito privado. Y luego, por otra cuestión que lleva días martillándome la cabeza, oye. Que al principio todo está muy bien. Y los partidos políticos, los gobiernos, la oposición, los medios de comunicación, bailan desinteresadamente al son del dolor y la tristeza que rezuman las víctimas. Pero, chico, pasa el tiempo, se despierta el monstruo que duerme en los cuartos oscuros de la condición humana y aparece la codicia electoralista y mediática que convierte la manipulación de las víctimas en un nuevo e inconfesable oscuro objeto del deseo.

 

¿Cómo ha caído tan bajo la Ikurriña?

Ahora, lo mismo que te digo una cosa te digo la otra. Lejos de mí la funesta manía de pensar que Luís y Sabino, los hermanos Arana, diseñasen la Ikurriña para hacer el papelón que ha contemplado el mundo, un siglo después, a la salida de una cárcel de mi tierra gallega: la bandera de un territorio que de mayor quiere ser independiente, Estado soberano, socio de pleno derecho del selecto club de Europa, rindiendo honores a una vil y fanática matona por encargo. Yo, porque no tengo voz, ni voto, ni RH vasco. Si no, estaría ahora desolado haciéndome una pregunta cuya respuesta ni siquiera debe flotar en el abstracto viento de Bob Dylan: ¿cómo es posible que mi bandera, la bandera de nuestros padres, haya caído tan bajo?

A España se le inflaron los testículos y las glándulas Parot-idas
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