España adolece de una política exterior autárquica

El presidente del Consejo Europeo, Charles Michel; el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez; y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en Torrejón de Ardoz. Pool Moncloa/Fernando Calvo
El presidente del Consejo Europeo, Charles Michel; el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez; y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en Torrejón de Ardoz. Pool Moncloa/Fernando Calvo

España tiene que cambiar el chip y demostrar que somos un socio con voz propia en el parquet internacional a la misma altura que nuestras potencias vecinas. 

 

España adolece de una política exterior autárquica

Vivimos en una autarquía. No económica pero sí de política exterior. Pero no porque no nos relacionamos con el exterior sino porque hemos descuidado tanto nuestras relaciones internacionales, que España apenas juega un rol destacado en los escenarios globales. La batalla ya no es a escala europea, que también, sino mundial. Y ahí es donde padecemos nuestro más grave deslustre.

El actual gobierno socio-comunista ha vuelto a demostrar con creces que no pintamos nada ni en Europa ni en el mundo, con una política exterior nula que arrastramos desde los tiempos del ex-presidente  Jose-Luis Rodríguez Zapatero. Pero con Rajoy tampoco mejoraron las cosas, al contrario. Aunque digan lo que digan, fue Aznar (en su última etapa porque al principio también pecó del mismo complejo de inferioridad) quien durante un tiempo situó a España en el globo como un socio de referencia.

Su derrota en las urnas y la llegada de ZP nos trasladó al más osado ostracismo internacional del que aún no hemos salido. Pero no porque nos vilipendien nuestros socios sino por cierta psicosis a exponernos internacionalmente y “al qué dirán”. Prueba de ello es que a diferencia de otros homólogos vecinos, en prácticamente ningunas de las elecciones generales celebradas en España desde Felipe González  ha destacado temas de política exterior en los programas electores, en los debates y hasta en las  acciones relevantes de gobierno más allá del referéndum sobre la OTAN, la adhesión a la UE y posteriormente al Euro.

Llevamos decenios traspasando y delegando toda conceptualización y estrategia exterior a la  UE. Prácticamente hemos desaparecido del núcleo duro de las decisiones trascendentales para la alta política exterior europea. Y hemos adoptado sin apenas rechistar las decisiones de la Comisión  y del Parlamento Europeos, con escasas iniciativas de matrícula en asuntos internacionales, para lo que un país de nuestro tamaño se merece.

Cuando París, Berlín, Roma o incluso más recientemente Budapest y Varsovia levantan la voz en Bruselas, nuestra postura se ha caracterizado por evitar el conflicto salvo pocas excepciones como el empeño de justificar las innumerables ayudas, subvenciones para el desarrollo y ahora los fondos de reconstrucción  europeos. Incluso durante la crisis del Euro, España se dejó descalificar por ser un país del sur y en vista de algunos frugales del norte como “derrochador del dinero en alcohol, fiestas y mujeres”.

Contrariamente experimentamos todo un frenesí en cuestiones domésticas como si no hubiera un mañana.  En no pocas ruedas de prensa con mandatarios extranjeros, han primado las cuestiones domésticas sobre las propuestas y aportación de España en diferentes conflictos internacionales que poca singularidad ha expuesto.

A FALTA DE INICIATIVAS, POLITICA EXTERIOR FEMINISTA

Desde prácticamente el año 2004, arrastramos la falta de una estrategia exterior significativa que demostrara que somos un socio proactivo y aportador de iniciativas a los numerosos conflictos que asolan al planeta. Cuando contestamos por solidaridad a ciertas crisis, como la toma de los talibanes en Afganistán tras la retirada de las tropas norteamericanas por decisión de Biden, casi nunca ha trascendido una iniciativa española merecedora de emular por el resto de las cancillerías. O al menos esa es la impresión que reina en la opinión pública español. Y no será por falta de diplomáticos ni participación en organismos y foros internacionales.

Uno llega a la conclusión que las férreas jerarquías internas del cuerpo diplomático provocan que nadie abra la boca con cierta libertad y que las ideas más ingeniosas tengan que elevarse al político de turno en la cartera, que frecuentemente no entiende la materia, para que la exponga como propia.  En el caso más reciente de la crisis en Afganistán, hemos estado ausentes durante unos días valiosos y concedido la misma importancia laxa a la gravedad de la situación que otros muchos temas domésticos sin necesidad de interrumpir las vacaciones.

Eso sí, mientras Madrid escenifica con bombo y platillo el puente aéreo en Torrejón de Ardoz para canalizar los vuelos desde Kabul y la acogida de afganos evacuados (tras días descarados de silencio) con Pedro Sánchez en primera fila, en otro aeropuerto militar en Ramstein (Alemania) se habilitaba el mismo día sin ostentaciones propagandísticas un nuevo hub con  los vuelos de las fuerzas aéreas americanas a Europa sin ni siquiera la asistencia de la cancillería o algún ministro del gobierno federal.

Nuestra política exterior parece resumirse en unos cuantos tuits en redes sociales y fuegos fatuos. Ni comparecencias, ni ruedas de prensa con preguntas, sino desapariciones, divergencia de criterios entre los socios de gobierno, y tratando de desviar la atención con  otros asuntos menores. Eso sí nos llenamos la boca con nuevas terminologías como “politica exterior feminista “ que inventó la cesada titular de Exteriores, Arancha González Laya. Otra ocurrencia semántica de este gobierno, muy dado a jugar con el lenguaje por falta de mejores aportaciones y de llevar a término las reformas pendientes, para vivir  del romanticismo permanente de los eslóganes.

Lo grave de la autarquía en política  exterior es que damos muestras de no saber encerar los asuntos internacionales ni la  diplomacia económica. En ocasiones enfatizamos términos como “multilateralismo y europeización”, como si fueran sobrenaturales, ante algo que llevan practicando la mayoría de las cancillerías occidentales y que España parece descubrir ahora en su recién presentado Plan de Acción Exterior 2021-2024.

Mientras la mayoría de las potencias vecinas cuando emprenden giras internacionales fuera del continente se empeñan en lograr contratos para sus empresas nacionales, nuestra estrategia es tan vieja como el turismo de mochileros de sol y playa: intentar atraer inversiones directas a nuestro  país, que aunque muy encomiables, estamos muy lejos del boom económico de Aznar que nos introdujo en el euro con una disciplina financiera que jamás antes habíamos conocido.  Pese a tanta crítica por el pasado del ex presidente del PP, España gozó de una reputación internacional difícil de recuperar hoy en día.

A Pedro Sánchez se le recordaba en su reciente gira por EE UU sin un sólo encuentro con alguien de la Administración Joe Biden (impensable en socios como Macron, Merkel o Johnson por citar unos cuantos) que el empleo también se crea abriendo mercados en el exterior a través de contratos locales para las grandes empresas del Ibex. La diplomacia económica, tal y como se ha venido repitiendo desde algunos medios como MUNDIARIO, es otro deficiente punto cardinal en nuestra acción exterior. 

EN VEZ DE HACER  POLITICA, CREAMOS ESLOGANES

Pero si frugal caso le prestamos a la acción exterior es porque nunca ha sido una prioridad ante tanta obsesión por el ombliguismo doméstico. Mientras otras capitales se toman más en serio (aunque no del todo) retos como: la lucha contra el cambio climático y sus efectos, la descarbonización de la economía, la digitalización y su impacto transversal en la sociedad, los conflictos en el planeta, las guerras y sus secuelas migratorias, España usa sus altavoces para vender como propias ciertas propuestas comunitarias. 

Así lo vimos con el anuncio de la Comisión Europea de vacunar al 70% de la población europea contra el Covid, o la cuantía de los fondos europeos de reconstrucción. Aún recordamos el pasillo de aplausos que los ministros en la Moncloa escenificaron a la vuelta de Sánchez de la cumbre europea como si los dineros fueran españoles. Otras terminologías magnificadas por el actual Gobierno coinciden con las formuladas previamente en sedes europeos, como: resiliencia, transición ecológica, igualdad de género, etc

No parece exagerado afirmar que salvo contadas excepciones seguimos obcecados en el noctambulismo guerracivilista, rememorando el pasado y los daños cometido por ambos bandos, e interpretando los nacionalismos independentistas que quieren apearse de esta España de mentalidad rural para montar sus chiringuitos y vivir de quimeras ideológicas que engordan el presupuesto en contra del movimiento de los planetas.

Desde la llegada de la democracia, hemos presumido en política exterior de nuestras excelentes relaciones hermanas con Latinoamérica y el Mundo árabe. Casi 60 años después y más de uno se pregunta en qué se ha traducido todo eso, cuando con las recientes revueltas en Cuba (no en las Islas Dispersas del Índico) o anteriormente en Venezuela no hemos sabido llevar la voz cantante en el seno de la UE. Al contrario,  mientras en Europa y medio mundo reconoce que allí hay una dictadura, en Madrid tiramos balones fuera para no pronunciar un perverso vocablo.

Con la crisis de la avalancha de refugiados de Marruecos tras saltar la valla de Ceuta, casi nos ha costado romper relaciones diplomáticas con el régimen del  rey “hermano” Mohamed VI. La única relación simpática que mantenemos hoy en día con el mundo árabe es cuando acudamos al mundial de fútbol de  Qatar en el 2022, obviando las fuerzas progresistas en Moncloa el activismo yihadista que trata de limpiar su imagen a golpe de talonario como el reciente fichaje de Messi en el PSG francés. El rey emérito residiendo en Abu Dabi (Emiratos Árabes Unidos) o la polémica surgida, cómo no, del pago de otros convolutos por el AVE a La Meca, reducen nuestras relaciones externas en Oriente Medio. 

Cuando el gobierno de Rajoy prometió la nacionalidad española a la comunidad sefardí como recompensa histórica por su expulsión durante los Reyes Católicos, Pedro Sánchez es acusado ahora de retrasar innecesariamente miles de expedientes por la sospecha de que no le hace ni pizca de gracia a sus socios podemitas, más pro-Irán que del Estado Israel.

La ausencia de una política exterior singular, o mejor dicho de una estrategia más allá de asentir todo lo que venga de la UE, no se corresponde con ser el cuarto país del Euro y aspirante otros tiempos al G-10, ni hace que nademos en los parquets internacionales sino que demos zarpazos para no hundirnos. 

Podríamos pensar que la falta de perfil político entre nuestra clase dirigente ha sido el handicap de tan escasa atención a los asuntos externos  y apostar por lo que fuentes políticas han denominado “poder blando” español (soft power). Lo malo es que otros actores en España tampoco han estado a su altura. Basta ver por ejemplo los medios de comunicación de masas y las cadenas de TV de este país. Los reportajes internacionales no abundan como en otras muchas cadenas extranjeras, aunque los medios públicos tienen una red de corresponsales cuando menos aceptable pero infrautilizada. Sin embargo, en las redacciones salvo excepciones casi siempre es difícil “colocar una pieza” del exterior porque la actualidad nacional suele mandar. 

LA TECLA "Ñ” GOZA DE POCA ATENCION POR PARTE DEL EJECUTIVO  

Además, sale más barato copiar una noticia de alguna agencia extranjera o traducirla en EFE más que ir a buscarla, acompañada de alguna imagen sin pagar derechos de autor como práctica extendida en  no pocas redacciones, lo que da cuenta de la exquisitez en España de la diplomacia y la prensa por los asuntos internacionales.

Menos mal que hablamos español, una comunidad de más de 500 millones de hispanohablantes en el mundo. Pero en vez de mimar el mayor activo que tiene España en acción exterior y en la diplomacia económica, dejamos que sea Miami quien nos haya arrebatado el epicentro mundial de la industria del español. Buena prueba de ello es que las plataformas digitales extranjeras de películas ganan más dinero con la versión latina doblada que la castellana. Y esto se lo debemos a que ninguna administración española ha peleado por ello. Como tampoco lo ha hecho por conseguir que la tecla Ñ salga de las fábricas del mundo por defecto como sí lo hacen otros grafemas: la inglesa “&”, el signo del dólar norteamericano “$”, o la cerilla francesa “ç”.

Pocos se acordarán pero España también dejó de pelear que el español fuera reconocido como lengua oficial en la Oficina Europea de Patentes junto al alemán, inglés y francés. Tras el Brexit, el inglés sigue primando en las reuniones, cumbres y actas de las instituciones europeas. Que se sepa, España y nuestra diplomacia tampoco han hecho todo lo posible por ocupar ese hueco.

Presumimos de comisarios europeos nacionales y hasta de un Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores como es el socialista Josep Borrell. La crisis de la evacuación de los “afganos españoles” y su comentario de que Europa debería a partir de ahora “dialogar con los talibanes”, da cuenta del brete que ha metido a la propia Unión y a España por tan desafortunado comentario. Muy acorde al "buenismo" que es la tónica practicada por España en asuntos foráneos.

Pretender quedar bien con todas las partes para eludir la disputa está demostrando que nunca ha sido la estrategia seguida por Londres, París , Berlín o incluso últimamente Budapest. Estar en el grupo de los mediocres no corresponde al tamaño de España ni por historia ni por proyección cultural o económica. El complejo de inferioridad se nos tiene que acabar de una vez por todas. Y desde el palacio de Santa Cruz y de la Moncloa corresponde demostrar lo contrario si no queremos pasar a ser tan irrelevantes que paguemos caro con más crisis, desempleo y huelgas tanta autarquía en política exterior. @mundiario 

 

 

 

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