El entusiasmo de la hagiógrafa de Juan Carlos I, errores y tergiversaciones

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Laurene Debray y Juan Carlos I. / Mundiario
Laurence Debray siente por el rey honorífico la misma delectación que su papá sentía por el Che Guevara.  
El entusiasmo de la hagiógrafa de Juan Carlos I, errores y tergiversaciones

He leído con creciente asombro la hagiografía (ya saben, vida de un santo) que la escritora francesa Laurence Debray ha dedicado a Juan Carlos I, bajo el expresivo título en castellano de “Mi Rey caído”. La autora siente por el rey honorífico la misma delectación que su papá sentía por el Che, si bien, cuando fue capturado en Bolivia en 1967, su canto fue determinante para la posterior captura del guerrillero argentino. Condenado a 30 años de cárcel, tras una campaña a su favor, fue amnistiado por el breve presidente Torres, aquel breve general del bigotito. Tampoco en sus citas a su progenitor, la escritura se esmera en los detalles.

En el libro que, desde la más absoluta admiración que ahora dedica a Juan Carlos I hallamos errores de bulto, citas incorrectas, lugares comunes, datos tergiversados o mal interpretados, pese a que, todo sea dicho, está muy bien escrito. Pero lo más insólito es el modo en que pasa por encima de las conductas de su ídolo que hasta su propio hijo no tuvo más remedio que repudiar, retirándole la soldada, tras la expresa renuncia a todo beneficio por sus trapacerías en paraísos fiscales. En el asunto de las amantes o barraganas la cosa se limita a unas discretas citas de Corinna Larsen, sin una recapitulación concreta. Total, lo único que hizo Juan Carlos fue aceptar, cosa normal entre reyes, un regalo de cien millones de dólares del de Arabia Saudí, o unas tarjetas de un amigo mexicano para él y la familia, o los costosos vuelos por todo que le pagaba un primo, sin citar para nada otros enredos y su curso, lo que quedó sanado, según ella, cuando regularizó, previo aviso, sus deudas a Hacienda. Todo normal entre personas de su nivel.

Por si al libro le faltara algo, ofende a los gallegos con esa estupidez del gallego en la escalera, en la que sitúa a Franco, como expresión de su taimada forma de ser, precisamente por serlo, o la mentira solemne de que Juan Carlos fue fiel seguidor de su padre, al que traicionó –y éste que se creía rey la quitó la placa de príncipe de Asturias-, diciendo que todo se lo debe al conde de Barcelona como preceptor y guía. Obvia que Franco lo adoptó y que en otras ocasiones el propio Juan Carlos ha llegado a decir que todo lo que es se lo debe a Franco, “de quien no permito que se hable mal en mi presencia. Él me puso.” En cuanto al papel del propio conde, la Debray ha debido documentarse poco, pues obvia los virajes sucesivos de aquel pretendiente o que llegara a negociar al tiempo con Franco y con la oposición democrática. La autora miente al hacer suya la entente de que Juan Carlos y su padre actuaban de acuerdo, con una determinada estrategia, como han demostrado lo publicado por tres de los consejeros del conde, a saber, Gil Robles, Calvo Serer y Sainz Rodríguez o el propio Anson. La autora no se molesta en analizar el modo en que se instala la monarquía en España, ni cita que hasta el propio Suárez estuvo a punto de convocar un referéndum previo sobre la forma en que debería ser la jefatura del Estado, o que la Constitución no dice quién es el Rey de España (como dijeron las anteriores), sino que el rey ya está antes y por ello no tuvo que jurarla.

Otro aspecto vergonzoso

Otro aspecto vergonzoso se refiere a los regalos que recibe Juan Carlos, considerando un gesto de generosidad que los transfiera al patrimonio nacional, para disfrutar de los mismos (el famoso yate, por ejemplo) ahorrándose tener que mantenerlo de su propio bolsillo. Insisto en que el libro está muy bien escrito y se lee con agrado. Yo lo hice con calma, al tiempo que subrayaba algunos pasajes y hacía anotaciones de sus errores. Otra de las pruebas de las falsedades de esta obra es la comparativa del costo real de la Corona en España, que compara con otras jefaturas del Estado, con una versión que se ha desmontado repetidamente, puesto que sólo cuenta los 8 millones de euros que recibe directamente el rey, y no el resto de los gastos que pagan Presidencia, Exteriores, Defensa, Transportes y otros ministerios, cuya suma nos da el costo real. Y se queda tan pancha. En suma, Juan Carlos es un rey humilde y pobre. El libro que sale oportunamente en España en estos momentos, lleva meses circulando en Francia la versión original, pese a que tuvo tiempo de sobra de añadir algunos nuevos episodios que centraran y actualizaran adecuadamente el tema. En resumen, Juan Carlos es un gran rey, que ha dado un traspiés sin mayor trascendencia por el que tiene que pagar un elevado precio, que se le mande al “exilio” como un apestado y que se olvide todo lo bueno que ha hecho sobre este país. La ejemplaridad que se espera de un rey, el recuerdo de sus propias palabras pidiendo a los demás que se comportaran con moralidad que él asumía, ni se citan. @mundiario 

El entusiasmo de la hagiógrafa de Juan Carlos I, errores y tergiversaciones
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