En deuda con Cataluña

Pancarta en Barcelona. / Mundiario
Pancarta en Barcelona. / Mundiario

Realmente, no es que Galicia, desde donde yo escribo, tenga una deuda muy especial con ellos; y yo personalmente, tampoco.

En deuda con Cataluña

¿En deuda con los catalanes? Pues... sí.

Realmente, no es que Galicia, desde donde yo escribo, tenga una deuda muy especial con ellos; y yo personalmente, tampoco. Algunos son poco simpáticos. Muchos son insolidarios (si bien no son los únicos: ni Madrid ni Andalucía son muy solidarias en la práctica). Sus políticos puede que sean tan malos como los españoles —los más maliciosos dicen que deben de ser españoles—; la prueba es que no han sabido vender su producto a nadie. Y el bando catalanista-independentista cometió todos los errores del mundo; sin duda. Pero el pasado 21-D, quienes todavía rehusamos someternos al “soft” pero implacable Leviatán del siglo XXI, quienes aún valoramos la libertad política, hemos quedado en deuda con Cataluña. El Minotauro controlador universal no pudo con los votantes catalanes. Ya en 2016 escaparon a su control gentes tan alejadas entre sí como el parlamento de la pequeña Wallonia, los “brexiteers” y los votantes de Trump. Dudo que a los catalanes les gusten esas compañías, pero, en un mundo unidireccional como el nuestro, fueron esos (y no los muy ilustrados franceses ni los muy democráticos españoles) quienes, de una u otra manera, demostraron tener independencia como para votar contra toda la artillería gruesa del “establishment”.

Votaron los catalanes teniendo explícitamente en contra al Rey (que abandonó su papel de “poder neutro”), a la UE, a Francia, el 155, Policía y Guardia Civil, la ministra Cospedal aludiendo al ejército (entonces de maniobras allí), el IBEX 35, las empresas que marchaban de Cataluña, todos los grandes “mass media”, casi toda la opinión pública... Súmense injustas prisiones preventivas, multas fuera de toda proporción; el Gobierno en actitud nada conciliadora (y, lo que es peor, tampoco la sociedad: “a por ellos, oé”)... Votaron, en fin, con “el aliento del Minotauro en el cogote” (la frase es de G. Magalhaes). Por eso la causa de la libertad quedó en deuda con ellos, votaran lo que votaran (y también habría mucho que hablar). Votaron en unas condiciones que, si en ellas se hubieran celebrado unas elecciones en Venezuela, los reproches a Maduro atronarían Madrid, y si fueran en Hungría o Polonia, tal vez Bruselas abriera un expediente. Desde un punto de vista constitucionalista, nunca deberían celebrarse elecciones con un gobierno tan parcial y bajo tanta y tan abierta presión.

Pisemos tierra, hagámonos una idea real. Inés Arrimadas tiene todo mi respeto; es valiente, inteligente y hasta mona; además, ha sufrido amenazas e insultos muy soeces. Bien, pero, siendo realistas, ¿qué porcentaje de votos tendría su partido si hubiera concurrido a las elecciones con sus líderes huidos o en la cárcel, todos los “mass media” abiertamente en contra, el Rey, la UE, el poder judicial y demás...? Imposible conjeturar cifras, pero probablemente habría obtenido menos votos; tal vez bastantes menos. Cuidado: ¿quiere eso decir que no todos los votos valen igual, y que sólo los votos anti-Leviatán son de pata negra? En absoluto; en una democracia, todos los votos tienen idéntico valor. Pero los hechos son los hechos, y el 21-D los pro-unidad española votaron con el viento a favor y a banderas desplegadas, mientras que los catalanistas lo hicieron con el aliento del Minotauro en la nuca, y en un entorno —el español actual— cada vez menos libre e incluso puede decirse que cada vez más gobernado por el miedo (no es miedo de que le maten a uno, ojo; seguro que el lector me comprende).

Algunos amigos me dicen que en Cataluña, antes, era al revés, que el Minotauro era el catalanismo y la pobre doncella perseguida, el españolismo. No lo sé con certeza. Otros sostienen que el catalanismo es tan leviatánico, irracional y unanimista como el españolismo. Tampoco lo sé con certeza. Pero todos sabemos con certeza que el “Minotauret” de fuet y barretina nunca pudo pasar de segunda división; nunca tuvo detrás al Rey, al BOE, a TVE, jueces, multas salvajes, cárceles, UE, IBEX 35 y demás factores de poder antes mencionados. Todos hemos visto que el “a por ellos, oé” —una incitación al odio y al uso de la fuerza, ni más ni menos— sólo se lo gritaba a la policía un bando.

Y si efectivamente hubiera que elegir entre leviatanes (cosa nada grata, pero que bien puede ocurrir), ¿qué preferirá el liberalismo político? Tolerará (más que elegir) como mal menor, al más pequeño, al que menos daño puede hacer, al que no tiene una posición de monopolio. @mundiario

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