El socialismo español vive una crisis de identidad que se ha ido agravando con los años
A estas alturas, el que más o el que menos se ha hecho a la idea de que PSOE y socialismo son dos cosas muy distintas, aunque, en tiempos no muy lejanos, tuvieran muchas semejanzas.
El socialismo en sí es un principio moral basado en la igualdad, la libertad, y el comportamiento ético y solidario. Nace influido por el movimiento intelectual de la Ilustración y de las doctrinas reformistas del socialismo utópico, como un ideal para combatir las desigualdades sociales frente al capitalismo codicioso, el abuso, la pobreza, la corrupción y las agresiones al medio natural, lo que, en síntesis, podríamos considerar la composición química y ascética de la ideología socialista.
Pero el socialismo se ha ido trasformando a medida que se adaptaba a los tiempos y a las circunstancias.
Volviendo a nuestra España, su tardío paso por el poder, en las dos largas etapas de gobierno, primero con Felipe González, y con Zapatero, después, el ideal socialista se ha ido debilitando y degradando hasta convertirse en una caricatura de aquella mística inicial, caracterizada por la limpieza, la honestidad en la acción social y política, y la ausencia de ánimo de lucro.
Nadie es ajeno al hecho de que el socialismo español, como ideología y alternativa social y de gobierno, vive, desde hace años, una crisis de identidad, que se viene agravando progresiva y considerablemente en los últimos tiempos.
Podíamos pensar que la crisis, que deforma, y aniquila incluso, los conceptos de lo público y la idea democrática del Estado, socava también los fundamentos del socialismo. Pero no es exactamente así. Estos tiempos de crisis quizá aceleren el deterioro galopante del modelo socialista, pero las causas de esta degradación hay que buscarlas, sobre todo, en el bajo perfil, el arribismo y el comportamiento excesivamente corporativista de las personas, que, desde hace unos años y con muy escasas excepciones, han ido ocupando los cuadros dirigentes de un PSOE que ya no lo reconoce ni la madre que lo parió.
Con evidente fundamento, cunde la idea, como decía al principio, de que el PSOE poco tiene en común con el verdadero socialismo, incluso más parece un sucedáneo malogrado de la evolución de los postulados socialistas que llamamos socialdemocracia, con unos dirigentes que en nada se avergüenzan de alzarse en defensores de los preceptos de un capitalismo de Estado cada vez más antisocial, sumiso a los dictados de los grandes poderes económico-financieros, los mismos que muestran su pérfida confabulación para expoliarnos de nuestra democracia.
Desorienta e indigna a los votantes socialistas el palanganeo del PSOE en temas tan gravemente sangrantes como los desahucios, cuya ley acaba de cuestionar la Unión Europea, la reforma laboral del Gobierno del PP, restrictiva y represiva con los trabajadores y sus derechos, que los dirigentes del PSOE aplican con rigor en su propia casa, o las actitudes complacientes con la derecha en cuestiones económicas, institucionales y corporativas, impensables en una formación ideológica inspirada y determinada por una ortodoxia democrática supuestamente de izquierdas.
Coinciden los analistas en observar que el PSOE tiene un problema con sus bases sociales: el partido no conecta con ellas. Un problema que no sólo es de identidad sino, a estas alturas, de conciencia, por haber traicionado el Partido Socialista los ideales que lo inspiran, y que, a mi entender, para evitar su definitivo hundimiento, sólo podría solventarse con un cambio radical de personas y de rumbo. Lo que significaría una refundación.