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MUNDIARIO

El día que conocí a Fidel

Nada sencillo el balance, pues allí se mezclaba el haber puesto en su sitio al imperialismo norteamericano y recuperado la dignidad cubana, con la falta de libertades y el derecho a disentir.

El día que conocí a Fidel
Fidel Castro. / Prensa Latina
Fidel Castro. / Prensa Latina

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Manuel de la Iglesia - Caruncho

Manuel de la Iglesia - Caruncho

El autor, MANUEL DE LA IGLESIA - CARUNCHO, escribe en MUNDIARIO. Es doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense de Madrid, se especializó en Economía Internacional y Desarrollo. Trabajó para la cooperación española en distintos puestos en la Agencia Española de Cooperación Internacional en Madrid y durante casi quince años en Nicaragua, Honduras, Cuba y Uruguay. También pasó un año en Inglaterra como Visiting Fellow, en el Instituto de Estudios de Desarrollo de la Universidad de Sussex. Como ensayista, ha publicado numerosos artículos y obras como El impacto económico y social de la cooperación al desarrollo y The Politics and Policy of Aid in Spain. Como narrador, ha publicado el libro de relatos Atractores Extraños y las novelas Los dioses de la sombra juegan pelota y A pocas leguas del Cabo Trafalgar. @mundiario

Es la hora del atardecer en La Habana, en un lejano día de junio de 1993. Yo ya había visitado la Ciudad de las columnas, como la había llamado el gran Alejo Carpentier, antes de la caída del Telón de Acero, pero en 1993 vivo allí, en la patria de José Martí, el apóstol nacional hijo de valenciano y canaria, y en la de Fidel Castro, hijo de gallegos.

Unas quince personas, distribuidas en tres mesas, cenamos en el patio de la casa de Miguel Márquez, representante en la Isla de la Organización Panamericana de Salud (OPS). Los invitados especiales son los nueve expertos que conforman la delegación sanitaria enviada por la Unión Europea para ayudar a descubrir las causas de la epidemia de neuropatía óptica que se está extendiendo por Cuba y para dar con sus remedios. La enfermedad, que llegará a afectar a unas cincuenta mil personas, provoca la pérdida gradual de visión y puede llevar a la ceguera permanente.

La perplejidad que la epidemia ha generado es muy comprensible en una nación orgullosa de su sistema de salud, que cuenta con docenas de miles de médicos y más de dos centenares de hospitales repartidos por todo el territorio. El propio Fidel Castro coordina las actuaciones para combatir la enfermedad, una manifestación de la indudable importancia que otorga al problema pero, también, como ocurre con todo lo que le ocupa en persona, una señal de que hay que andarse con cuidado: un viceministro de salud aventuró que el mal podía estar causado por la falta de vitaminas -estamos en pleno “período especial” con muchas carencias en la alimentación- y Fidel lo destituyó de manera fulminante.

El equipo de especialistas europeos ha llegado el día anterior, pero esta misma mañana se ha reunido con Fidel, explorando distintas hipótesis. El racionamiento de alimentos podría ser una causa, ni al Comandante se le ocurriría negarlo, pero, en ese caso, tendría que ir asociado a otros problemas: factores virales, uso de algún pesticida inadecuado… “En el Tercer Mundo la gente se muere de hambre, pero no se queda ciega”, parece haber dicho. Además, ¿se debería descartar tajantemente entre las causas algún agente tóxico rociado por el imperialismo en su guerra ininterrumpida desde hace más de tres décadas contra la revolución cubana?

En la cena, Márquez, nuestro anfitrión, quien me ha honrado con la invitación por la amistad que nos une y por mi condición de europeo, se muestra locuaz, incluso exultante y, tal vez, un poco nervioso. Lo achaco al esfuerzo que lleva a cabo la OPS, junto a los cubanos, para combatir la epidemia. Es imperativo lograr resultados y todavía brillan por su ausencia.

Finalizamos el segundo plato cuando un empleado de la casa se acerca y cuchichea algo a Miguel en el oído. Éste inmediatamente se levanta y se aleja a paso rápido hacia la entrada. En las mesas no damos importancia a su ausencia y seguimos conversando hasta que, de repente, se arma un revuelo formidable: la figura de Fidel Castro, acompañado de Miguel y seguido de algún fornido miembro de su escolta, avanza imponente hacia nosotros. Nos levantamos todos como empujados por un resorte y lo rodeamos en el centro del patio. Fidel, mientras el grupo dibuja un semicírculo y calma su excitación, permanece en silencio. Me fijo bien: es el más alto y corpulento de todos los que estamos allí, todos hombres, por cierto. Viste uniforme de campaña con correajes, botas altas y gorra con visera, lo que le hace parecer aún de mayor estatura. Erguido y firme como militar, de constitución atlética, parece un Goliat más que un David. Hecho el silencio, comienza la puesta en escena. Entonces, aquel a quien también llaman “el Caballo”, hace gala de su memoria prodigiosa: saluda uno a uno a los expertos europeos estrechándoles la mano y pronunciando su nombre, el de cada uno, sin equivocarse. “Dr. Martínez, Dr. Baxter, un gusto verlos de nuevo”. Pero además, a cada comensal le dirige una frase exclusiva. Por ejemplo: “No crea que vengo de descansar, Dr. Baxter. Me he pasado la tarde con el equipo comprobando sus hipótesis. Y no, no coincide la prevalencia de la neuropatía en el territorio con la distribución de alguna importación de alimentos que pudiera estar en mal estado”.

Uno tras otro, Fidel saluda y dedica algunas frases a cada uno de los visitantes. Naturalmente, en el rostro de todos aquellos afamados doctores, al ver que Fidel conoce su nombre y opiniones, se dibuja el éxtasis. A su lado, Márquez sonríe orgulloso. Entonces me llega el turno. Fidel me mira y alarga la mano para estrecharme la mía. Yo estoy convencido de que dirá mi nombre de carrerilla y comentará algo de la Cooperación Española, a la que represento.

Mi turno ha llegado casi diez minutos después de que Fidel comenzara su ronda. Mientras escuchaba, me ha dado tiempo a repasar mis sentimientos hacia la revolución cubana y hacia su líder indiscutible. Me ocurría continuamente. ¿Cómo podría ser de otro modo, imbuido las 24 horas del día en aquella realidad fascinante, heroica y trágica a la vez? Nada sencillo el balance, pues allí se mezclaba, por un lado, mi respeto hacia el pueblo cubano, que había elegido el camino de la revolución contra Batista; el reconocimiento hacia los logros de esa revolución, con un sistema de salud que todavía era envidiable, la educación universal y el fin del analfabetismo; y, lo que no era un tema menor, el haber puesto en su sitio al imperialismo norteamericano, sin concesiones. Pero, por otro lado, resultaba imposible aplaudir la falta de libertades y el derecho a disentir, o la ausencia de libertad de prensa.

Los cubanos revolucionarios disfrutaban tanto los chistes contra Fidel y el Partido como los clérigos gozan con los dirigidos contra los curas. Y circulaba aquellos días por la Isla el de Napoleón, cuando se encuentra en la otra vida con Reagan, Gorbachov y Fidel. Le dice al primero: “Si yo hubiera dispuesto de la tecnología norteamericana, jamás hubiera perdido en Waterloo”. Después a Gorbi: “Si yo hubiera contado con el valor del pueblo soviético, jamás me hubieran derrotado en Waterloo”. Y ya, dirigiéndose a Fidel: “Si yo hubiera tenido el Granma, habría perdido en Waterloo, pero jamás se hubieran enterado los franceses”.

¿De verdad estaba condenada la humanidad a elegir entre la justicia y la libertad? ¿Tan antagónicos eran los derechos colectivos y los individuales? Todo aquello juraría que pensaba yo en aquellos minutos de la reunión improvisada con Fidel, sin ser capaz nunca de llegar a un balance definitivo sobre la Isla, aunque siempre deseando que el propio régimen fuera capaz de evolucionar desde dentro y de combinar aquellas conquistas revolucionarias y la dignidad recuperada con avances en las libertades individuales y con lo que más urgía: la creación de los mercados libres campesinos que la tozudez del Comandante todavía impedía. En estos pensamientos estaba, cuando Fidel me alarga la mano. Y en el instante en que esperaba que pronunciase mi nombre, el Comandante me pregunta: “Y usted, ¿quién es?”.

El rostro de Márquez se torna serio esperando mi respuesta, tal vez pensando: “¿Se ha olvidado la omnisciente Seguridad del Estado de mencionar este comensal al Comandante? ¿O, más bien, quiere Fidel dejar patente que éste invitado no pertenece al grupo que han venido a ocuparse de la epidemia y que, por tanto, no merece que él recuerde su nombre?

Pronuncio mi nombre y digo mi ocupación y a Márquez le falta tiempo para añadir: “Es un amigo de Cuba”. Fidel lo escucha un instante pero enseguida se dirige al grupo, ofrece unas palabras generales de agradecimiento y se disculpa y dispone a marchar.  Alguien entonces, seguramente el propio Márquez, propone una foto.

Me sitúo prudentemente detrás del fotógrafo y observo como el fogonazo ilumina el contento de aquellas caras que rodean al líder. Esos reconocidos doctores, muchos de los cuales seguramente se sentían distantes de la revolución cubana, posaban emocionados y felices al lado del Comandante. Sabían que posaban junto a la Historia.

(Nota final: la combinación de la toxicidad de tabaco y el alcohol casero con la deficiencia nutricional parece afectar la parte más central e importantes fibras del nervio óptico. El Comandante tenía razón. Pero la epidemia de neuropatía óptica remitió cuando se mejoró la alimentación y se entregaron suplementos vitamínicos. El viceministro cesado también la tenía). @mundiario