Donald Trump, un antes y un después en la historia de Estados Unidos

El expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, saliendo de la sala de prensa de la Casa Blanca. / Mundiario
El expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, saliendo de la sala de prensa de la Casa Blanca. / Mundiario
Sin duda, las tareas pendientes de EE UU llevarán por siempre el sello de ese intento de renacer que un empresario llamado Donald Trump quiso darle a la potencia líder del mundo libre.
Donald Trump, un antes y un después en la historia de Estados Unidos

La era Trump ha terminado. Contados son los líderes de la mayor potencia mundial que han pasado por la Casa Blanca para dejar un legado confuso, con cambios radicales, positivos y negativos, en el rumbo de un país que es excepcionalmente distinto a cualquier otro sobre la faz de la Tierra. Estados Unidos observó cómo durante cuatro años un magnate inmobiliario surgido de la alta esfera social de Nueva York utilizó el Despacho Oval para tomar decisiones que se salen de todo el protocolo y de la tradición administrativa que los 46 presidentes estadounidenses han tenido a lo largo de los 244 años de existencia de esa nación. 

Sin duda, Donald Trump llegó a Washington DC para demostrar que es posible ejercer la política desde el punto de vista de un conservador que, precisamente, es de todo menos un político, sino una especie de outsider muy peculiar que estuvo en contra del sistema y del llamado establishment estadounidense desde el 20 de enero de 2017 hasta el 20 de enero de 2021. Con aciertos y errores, buenas y malas decisiones, actitudes diplomáticas y otras para nada democráticas, el ahora expresidente republicano trajo consigo una ola de cambios que, en un titánico esfuerzo periodístico, quien escribe estas líneas tratará de resumir cuatro años de una era turbulenta, diferente y totalmente histórica, para bien o para mal, en el país más poderoso del mundo. 

El hombre que se atrevió a reducir la separación de poderes

Aunque en su agitada campaña electoral de 2016 Donald Trump despertara la llama del nacionalismo estadounidense, dormida o levemente sedada durante ocho años de centrismo de Barack Obama, con su famoso Make America great again el magnate irrumpió en la escena pública nacional e internacional saltando de su mundo de telerrealidad y de shows televisivos al competitivo campo de la política. Sin hacer menciones explícitas a la necesidad de preservar la democracia o los avances en beneficios sociales para los estratos menos favorecidos de un país donde impera la desigualdad, aunque algunos medios de comunicación no lo muestren, Donald Trump se convirtió en el presidente que más esfuerzos políticos hizo para tener influencia sobre las instituciones que caracterizan la robustez del sistema democrático estadounidense. 

Al ser EE UU la democracia más antigua del planeta, su 45° presidente forjó alianzas con los más altos funcionarios del Estado, fiscales, altos ministros, jueces y senadores, para garantizar un espacio republicano en la Corte Suprema de Justicia, en la Fiscalía y en el Congreso. De esta forma, Trump creó un ecosistema que respondía a sus órdenes y a su bien afinado cálculo político, aunque decía no ser un político, para lograr que todas las leyes y sentencias de esos poderes públicos tuviesen una naturaleza conservadora que hiciera honor a su sello de “Estados Unidos primero”, como por ejemplo, la defensa del derecho al porte de armas, el rechazo a la legalización del aborto, la reversión del programa de salud Obamacare (Ley de Cuidado de Salud Asequible), la ratificación de la Ley de Producción de Defensa para forzar a las empresas a producir insumos con materia prima nacional, el apoyo del Congreso para crear un marco legal que convirtiera toda la legislación comercial a favor de los intereses de Estados Unidos sin dar cabida a otros actores del mercado internacional que desean competir en el país norteamericano, como las empresas de China y Europa… y pare usted de contar. 


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Un auge de prosperidad económica, que luego se desplomó 

Donald Trump llegó a la presidencia de EE UU con la promesa de generar la mayor cantidad de empleos en la historia e implementar el mayor recorte de impuestos jamás visto. Al final de su mandato, los resultados de esas dos grandes banderas de su campaña, que le permitieron ganarse la confianza de 74,2 millones de estadounidenses, son poco visibles o totalmente nulos, pues la desigualdad de ingresos, la falta de equilibrio en el mercado laboral y el desempleo siguen siendo las causas estructurales de la relativa prosperidad económica del llamado ‘American dream’, que no beneficia a todos.

A pesar de que en su discurso de despedida aseguró que su Administración generó 50 millones de nuevos puestos de trabajo, Trump omitió que la crisis derivada de la pandemia de Covid-19 destruyó 30 millones de ellos y más de 10 millones de estadounidenses hoy dependen de las solicitudes de subsidios por desempleo que enviaron al Gobierno para subsistir. Si bien es cierto que la era Trump coincidió con la tercera pandemia más devastadora de la historia de la humanidad, el republicano fue el presidente que cerró su mandato con la mayor cantidad de desempleados en los últimos 10 años, así como también finalizó su Gobierno con una tasa de desempleo 3% más alta que cuando asumió el poder en 2017; Trump llegó a la Casa Blanca con un 4,4% de desempleo en 2017 y logró bajarlo hasta el 3,7% en 2019, pero ese éxito quedó desvanecido con el 6,2% de paro que dejó en enero de 2021 como parte de su legado. 

El ‘trumpismo’, un movimiento que dividió a los estadounidenses

El magnate republicano se despidió de la presidencia con una frase lapidaria: “Nuestro movimiento apenas comienza, lo mejor está por venir”. Ciertamente, lo que Donald Trump creó en Estados Unidos es un movimiento que va mucho más allá del resurgir de las causas sociales y culturales que despertó en su momento el primer presidente negro de la historia del país, Barack Obama, o el legado democrático que dejó Abraham Lincoln, quien precisamente, fundó el partido que casi dos siglos después Trump se abrogó como suyo hasta el punto de que su hijo dijera que “el Partido Republicano es el partido de Trump”. 

Así como el expresidente generó un cisma en esa fuerza política centenaria, representante del conservadurismo y del nacionalismo al que EE UU debe buena parte de su éxito como potencia mundial, y dividió al Grand Old Party en tres bloques: los republicanos moderados, los republicanos radicales y los republicanos trumpistas (simplemente, los trumpistas), Donald provocó una fragmentación similar en la sociedad estadounidense, que básicamente se dividió -y aún sigue dividida- entre los trumpistas y los anti-Trump, algo similar a lo que ocurre en Venezuela entre chavistas y antichavistas.

Esa dualización política de la población causó una realidad social que acentuó los problemas estructurales de larga data que ya existían mucho antes de Trump, tales como; el racismo, la brutalidad policial, la violencia étnica, el supremacismo blanco, el odio social por motivos políticos, la segregación cultural, la xenofobia y el nacionalismo sesgado, que no tiene nada que ver con el patriotismo norteamericano. 

Esos problemas se palpan fácilmente con una simple caminata por las calles de los suburbios y de algunas urbes estadounidenses, marcadas con hechos como el asesinato del afroamericano George Floyd a manos de la policía en Minnesota, la discriminación laboral hacia los inmigrantes de origen latino, el rechazo cultural-social hacia los inmigrantes asiáticos y la criminalización o repudio a la migración como si fuese una pandemia por parte de los ciudadanos norteamericanos nativos de clase media y alta. 

Pero aunque Donald Trump también se concentró más en romper alianzas estratégicas con otras potencias del mundo para priorizar el crecimiento económico y militar estadounidense, reduciendo el liderazgo del país como la mayor superpotencia del planeta, su presidencia deja como recordatorio que la intención de “hacer a Estados Unidos grande otra vez” es un gen que los políticos norteamericanos -y los no políticos como Trump- llevan implícito en su ADN. 

No es un país perfecto, pero las tareas pendientes de EE UU llevarán por siempre el sello de ese intento de renacer nacional que un empresario quiso darle a la potencia líder del mundo libre. Todo esto y más lo analiza, desmenuza y narra Andrés Hernández Alende en el libro Trump, ¡estás despedido!, ya disponible en Amazon. @mundiario

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