La doctrina Monroe ha terminado: cuéntenme ahora una de vaqueros
EE UU ha anunciado el final de un antiguo basamento de política exterior, pero es más lo que continúa en sus relaciones con América Latina que lo que cambia para el futuro.
El pasado 18 de noviembre, en un discurso pronunciado en la sede de la Organización de Estados Americanos en Washington, el secretario de Estado de Estados Unidos John Kerry anunció que la Doctrina Monroe, la piedra angular de las asimétricas relaciones entre ese país y América Latina, ha sido echada al olvido para dar paso a lo que ha descrito como una nueva era de cooperación y no de imposición.
El que el máximo diplomático de Estados Unidos se haya pronunciado de esa manera es un hecho histórico, pero hay razones de peso para insistir en que es poco lo que cambia y mucho lo que permanece. En otras palabras, aunque la mona se vistió de seda, mona se quedó.
Los orígenes
En 1823, mientras España perdía sus posesiones coloniales en América Latina, el entonces Secretario de Estado estadounidense John Quincy Adams redactó lo que pronto se llamó Doctrina Monroe, en honor al entonces presidente, en términos muy directos: EE UU no toleraría intervenciones por parte de las potencias europeas en América y que pasaría a ser el guardian de los intereses continentales. Era dudoso el que EE UU pudiera hacer cumplir esas palabras con fuerza diplomática o militar porque en aquel entonces no poseía ningua de ellas, pero la coyuntura geopolítica de entonces obligó a tomar algún tipo de acción.
Unos años antes, EE UU pactó con el Reino Unido el final de la llamada Guerra de 1812, causada por desavenencias territoriales, comerciales y navales entre ámbos países. EE UU sólo logró forzar un empate en el conflicto y el tratado firmado no resolvió muchos de los asuntos importantes, pero en aquel momento (y al sol de hoy) el conflicto cobró el aura de una segunda independencia para EE UU por el mero hecho de empatar con la principal potencia naval del mundo. El miedo existencial a una nueva incursión de parte de las anti-republicanas monarquías europeas, así como la desconfianza (llegando hasta el desdén) hacia la abilidad de las nuevas repúblicas latinoamericanas de contener las presiones europeas lo que motivó a EE UU a proclamar la llamada doctrina Monroe, la cual en los 180 años posteriores sirvió para imponer la hegemonía estadounidense y justificar intervenciones unilaterales – unas veladas, otras abiertas – en América Latina. La mala fama que por décadas adquirió EEUU en la región se debe primordialmente a este estado de cosas.
Cambios se avecinan
El desplome del bloque soviético y el eventual final de la “guerra fría” trajeron cambios significativos. Simplemente, América Latina dejó de ser vista por EE UU con los ojos de la geopolítica, sino con los de la geoeconomía. Aunque el período entre 1989 y 2001 vió la implementación del notorio Plan Colombia y democratizaciones por la fuerza en Haití y Panamá, entre otros eventos, el motor principal de la política exterior hacia América Latina fue la creación de acuerdos comerciales como el Tratado de Líbre Comercio de 1994, con México como socio de EE UU y Canadá. Irónicamente, el “poder blando” (el ejercido a través de gestos simbólicos y no de la diplomacia o la fuerza) se antepuso al comercio como vía para el que EE UU pudiera mantener su esfera de influencia en América Latina, la cual decreció en importancia geoestratégica según pasaron los años.
Aquello coincidió con la llamada “ola rosa” – la llegada a los gobiernos latinoamericanos de candidatos y partidos de la llamada “nueva izquierda”. Aprovechando el que EEUU ya no miraba tan atentamente a la región, estos gobiernos, desde Brazil hasta Venezuela, lograron establecer políticas exteriores y domésticas núnca antes vistas, sin temer una reacción visceral del poder hegemónico al norte. Aquella tendencia se profundizó luego de los ataques terroristas del 11-S, por motivo de los cuales EEUU destinó su atención al Medio Oriente. A pesar de la implementación de la Iniciativa de Mérida, los tratados de líbre comercio con América Central y la República Dominicana, y el apoyo callado al golpe de estado que depuso a Hugo Chávez en 2002, América Latina decreció todavía más en importancia para EEUU.
Hoy, los ámbitos académicos concluyen que América Latina ya no es el patio trasero de Washington, lo cual nos hace llegar al mensaje del Secretario Kerry. El Presidente Barack Obama ha sido criticado varias veces por no tener una estrategia clara para con América Latina, lo cual arroja dudas sobre la existencia de un punto de inicio para cualquier intento de cooperación continental. Sin embargo, existen varios temas que llenan cualquier aparente vacío: promoción de la democracia, cooperación económica y el manejo de asuntos como crimen transnacional, el control de flujos migratorios y ahora el cambio climático. Pero realmente no importa el que haya o no una estrategia para con América Latina, porque existen dos puntos que arrojan una duda razonable sobre las palabras de Kerry.
Mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos todavía más cerca
En primer lugar, pecamos de inocentes al pensar que EE UU quiere librarse de su esfera de influencia política y económica así como así, aunque sea para reiniciar sus relaciones con América Latina de cero. Una de las grandes lecciones que nos ofrece Rusia cada vez que se molesta cuando la OTAN o la Unión Europea se expanden hacia el este es que el poder ejercer influencia sobre tu área inmediata ayuda mucho en preservar la seguridad existencial de cualquier poder hegemónico. Esa fue la lógica detrás de la doctrina Monroe y no hay razones prácti cas para que EE UU piense lo contrario 180 años después. De otro modo, considere el que EE UU se pone ansioso cada vez que Venezuela se pone amigable con Rusia o Irán. En consecuencia, EEUU tiene una estrategia para con América Latina después de todo: asegurarse que la región no salga de su esfera política y económica, lo cual zocavaría su seguridad existencial. La diferencia con décadas anteriores es que ya no se requiere de operaciones secretas, dictaduras militares, autocracias o escuadrones de la muerte, sino de programas para promover la democracia, tratados de líbre comercio y alianzas transnacionales.
Asimetría 2.0
El segundo punto es que la perenne asimetría entre América Latina y EE UU no ha desaparecido, aún cuando su intensidad haya disminuído con los años. Por esa razón, Ariel Armony, director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Miami (EE UU), escribió para El País que una cosa es decir que EE UU busca ahora relaciones entre iguales con América Latina y otra es demostrarlo con hechos concretos, lo que todavía está por verse. Cualquier acuerdo con los países latinoamericanos no solamente mantendrá la esfera de influencia estadounidense intacta, sino que tendrá que ajustarse a las conveniencias del poder hegemónico (que de por sí tiene suficiente fuerza para imponerlas) y no necesariamente a las de América Latina. Brazil no quiso unirse a la Zona de Líbre Comercio de las Américas del Presidente George W. Bush en parte porque EE UU no quiso que sus productos agrícolas (altamente subsidiados) compitieran con los brasileños. Además, cualquier acuerdo continental contra el crímen organizado no puede incorporar la descriminalización de la marijuana, como lo hizo Uruguay recientemente, porque EE UU no está de acuerdo en que esa es la medida correcta.