La diplomacia de EE UU se estremece por la posible renuncia de Tillerson

Rex Tillerson (primer plano), durante un acto oficial con Donald Trump (fondo). / Twitter
Rex Tillerson (primer plano), durante un acto oficial con Donald Trump (fondo). / Twitter

La relación entre el secretario de Estado y Donald Trump se ha roto y el Departamento de Estado necesita urgentemente un nuevo secretario.

La diplomacia de EE UU se estremece por la posible renuncia de Tillerson

De todos los personajes con los que Donald Trump formó su homogéneo equipo de Gobierno, uno de los últimos que se esperaba que estuviera a punto de abandonarle era Rex Tillerson, a quien el magnate confió la secretaría de Estado. Tillerson, millonario y expresidente de la petrolera Exxxon, es acosado a diario por la prensa, desde tarimas en las que varios columinstas y especialistas piden su dimisión, mientras otros rotativos publican artículos que revelan que la presión de dirigir el Departamento de Estado ha sido mucho para él y planea dar un paso al costado antes de que el mismo Trump lo despida, que tambén es una opción. A estas alturas, la cuestión es tal que muchos dan por hecha su caída, quedando a la espera de ponerle una fecha definitiva. No obstante, en la actual Administración todo puede cambiar de un día para otro, con todo y que en poco más de nueve meses de Gobierno el presidente haya perdido ya a seis de sus ministros y asesores de confianza.

De puertas para afuera, Tillerson, de 65 años, insiste en que renunciar no es una opción para él pese a que los grandes medios de comunicación de su país lo dan por hecho. Si bien admite que ha tenido sus diferencias con el presidente, quién no, lo elogia siempre que tiene la oportunidad, tal vez para reducir la tensión que quedó desde julio, cuando la cadena NBC informara que en un encuentro a puertas cerradas, Tillerson llamara "idiota" al promotor inmobiliario.

Aquello fue el primer round de una pelea de egos que sonroja a Washington. Si Tillerson anuncia una iniciativa públicamente, Trump no tarda en rechazarla también públicamente. Mientras el secretario apuesta por movidas diplomáticas, el jefe del Ejecutivo twittea amenazas bélicas. Uno de los últimos encontronazos fue impulsado por el presidente, quien retó a un hombre que podría ser su reflejo en el espejo a una prueba inteligencia. "Te diré quién va a ganar", se burló.

La situación para el secretario de Estado, que a todo esto es algo así como la cancillería de Estados Unidos, consta de tres serios frentes abiertos. Unido a sus líos con Trump, Tillerson no ha sabido ganarse la gracia de sus colegas y subordinados de su despacho, y encima de eso apenas tiene contactos y aliados en Washington y en el extranjero. Muchos le describen como alguien muy apegado a Jim Mattis, secretario de Defensa, y John Kelly, jefe de gabinete de la Casa Blanca. Ellos dos son probablemente los únicos que le dan algo de cariño, aunque no bastan para nivelar una balanza en la que pesa mucho Jared Kushner, asesor y yerno de Trump, con quien no simpatiza especialmente por la forma tan distinta en la que ambos quieren llevar la relación con Oriente Próximo.

Todo lo anterior en lo político. En el plano personal, a Tillerson no le hace gracia tener que seguir las órdenes de un superior, y menos uno como Trump. Resulta que el funcionario dirigió a placer a ExxonMobil, la petrolera más grande de todo el mundo, por lo que, durante 41 años, él tuvo siempre la última palabra. "Es muy diferente que ser el consejero delegado de Exxon porque era el responsable máximo de las decisiones", explicó el pasado mes de julio. Ahora, en el Gobierno, el golpe ha sido muy fuerte, puesto que éste "no es una organización altamente disciplinada y en ocasiones no se quieren tomar decisiones”.

Los medios de comunicación estadounidenses revelan que la llegada de Tillerson a la Secretaría de Estado puso todo patas arriba. Muchos diplomáticos de carrera y trayectoria respetada renunciaron al sentirse ofendidos por quedar bajo el mando de alguien que no tiene la más mínima experiencia para tan importante puesto. La sangría fue tal que hasta hoy en día hay muchas embajadas estadounidenses sin un titular. Tillerson no gusta de delegar labores y el ambiente laboral es pesado, aseguran fuentes internas a los principales medios locales. Encima, la Casa Blanca, con su rodillo aislacionista, pretende recortar el presupuesto del departamento en un 31%, lo cual ha llevado al lugar a convertirse en una olla de presión.

Tillerson planeaba retirarse próximamente para poder dedicarse a cuidar la granja de su familia, de acuerdo a John Hamre, uno de sus amigos más cercanos. Hamre comentó durante un coloquio organizado por un think tank del que él mismo es el jefe que una vez conversaba con Tillerson y éste le reveló sus planes tras haber dirigido exitosamente a Exxon. "Yo le dije, bueno, Rex y ¿qué vas a hacer cuando te retires? Y él contestó voy a ir al rancho y a cuidar del ganado", confesó.

No obstante, la victoria electoral de Trump, tal vez inesperada incluso para el pobre Rex, le hizo cambiar sus planes. Su retiro dorado en su natal Texas, para el que le faltaban apenas cuatro meses, se pospuso en cuanto el republicano le llamó y le invitó a reunirse para hablar "del mundo". Los dos sujetos nunca se habían visto en persona, y de hecho Tillerson se quedó ya no sorprendido sino asustado cuando el presidente electo le dijo qué oficina dirigiría. "No quería este trabajo. No busqué este trabajo", dijo en marzo de este mismo año. Si el hoy funcionario tomó su actual posición fue solo porque su esposa misma le dijo que debía hacerlo.

Aquel nombramiento levanto suspicacias en todo Washington, llena de anticuerpos a raíz de la cercanía de Tillerson con Vladimir Putin gracias a sus años de negocios en Rusia. Trump nunca ocultó sus gestos de cariño con Putin, algo imperdonable para la política estadounidense, enfadada por la supeusta injerencia rusa en la campaña electoral que enfrentó al neoyorquino con Hillary Clinton. Tillerson debió casi rogar al Senado para que su designación fuera aprobada. Trump inflaba el pecho a raíz de su decisión, bendecida por Condoleeza Rice y Robert Gates, exsecretaria de Estado y de Defensa, respectivamente. Aquel orgullo y admiración se fueron al fondo del mar.

Y así, los dos empresarios se la tienen jurada, según todos en su país, salvo él, que no querrá más líos de la cuenta con su extrambótico jefe. De ellos dos dependen las relaciones de Estados Unidos con el mundo, pese a que la suya en particular esté deteriorada. Washington cuenta los días para desprenderse de Tillerson.

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