Diez años sin ETA

Manifestación de independentistas vascos.
Manifestación de independentistas vascos.
Sería deseable un amplio acuerdo de la sociedad vasca respecto de lo sucedido desde los años 50 del pasado siglo, pero no parece posible hacerlo realidad en un plazo corto.

El estreno del filme “Maixabel” coincidió, prácticamente, con el décimo aniversario del anuncio de ETA en el que renunciaba unilateralmente a la continuidad de la práctica de la violencia. Más allá de las inevitables dosis de ficción, lo que se relata en la obra artística de Icíar Bollaín es un conjunto de acontecimientos que tuvieron lugar en los últimos años de la existencia de ETA. Sobre todo, dos: el atentado contra Juan María Jauregui (miembro del Partido Socialista de Euskadi y anteriormente del Partido Comunista y también de la propia ETA) y las conversaciones entre Maixabel Lasa -viuda de Jauregui- y dos de los participantes directos en la acción que acabó con la vida del exgobernador civil de Gipuzkoa.

Diez años sin atentados es un período ciertamente amplio por más que resulte parcialmente relativizado por la larga duración de la presencia de ETA en la vida política y social de Euskadi y del Estado español (1959-2011). Hay dos formas muy diferentes de abordar este asunto: convertirlo en un objeto prioritario de la confrontación partidista que procura la obtención de un rendimiento electoral inmediato o realizar un análisis de los distintos factores concurrentes en ese trascendente fenómeno histórico. La derecha política y mediática escogieron, desde hace tiempo, la primera opción. En la versión habitual del PP, no se podría aceptar que Bildu ejerza su función representativa en las instituciones en las que está presente. En la variante ofrecida por VOX, la formación abertzale debería estar ilegalizada.

Casado, Abascal y las respectivas terminales mediáticas ignoran, deliberadamente, dos aspectos relevantes de la historia de las últimas décadas

Casado, Abascal y las respectivas terminales mediáticas ignoran, deliberadamente, dos aspectos relevantes de la historia de las últimas décadas. Uno: la oferta que se establecía en el llamado Pacto de Ajuria Enea -del que formaba parte el PP vasco, con Abascal aún incluido en ese partido- sobre la normalización política de la izquierda abertzale si existía un cese previo de la violencia. Otro: la negociación abierta por el Gobierno de Aznar en el año 1999 con distintos enviados de ETA, después de la tregua decidida por esta organización y a pesar de que aún no habían transcurrido dos años del secuestro y muerte del concejal del PP Miguel Ángel Blanco.

Con semejantes antecedentes históricos -que también abarcarían el traslado de presos que entonces realizó el gobierno aznarista y que ahora demoniza Casado reiteradamente- el PP debería actuar con prudencia y sustituir el cortoplacismo por una mirada larga acorde con la envergadura de las tareas que quedan pendientes en el seno de la sociedad vasca.

Si adoptamos una óptica analítica de mayor perspectiva temporal, convendría tener presente que ETA nació durante el franquismo y tuvo, hasta la celebración de las primeras elecciones de 1977, un margen notable de legitimidad social respecto del uso de la violencia. Los diversos problemas asociados a ese tipo de prácticas quedaban ocultos o en un segundo plano ante la persistencia de una dictadura que ahogaba cualquier exigencia democrática que se formulaba desde el cuerpo social. El atentado contra Carrero Blanco ejemplificó muy bien la situación de aquellos años: pese a las discrepancias existentes en el seno de la oposición antifranquista sobre semejante actuación, predominó el común denominador de la satisfacción por la desaparición del hipotético sucesor de Franco.

A pesar de la nueva situación política creada con el nacimiento del primer Parlamento estatal elegido en las urnas y la posterior aprobación de la actual Constitución, el sector mayoritario de ETA decidió continuar con su actividad, intensificando el número de atentados -sobre todo en la década de los 80- para tratar de forzar una negociación con el Estado que le permitiese obtener determinados objetivos que quedaban fuera del ordenamiento legal vigente. La continuidad de las acciones violentas recibió el apoyo o la comprensión de sectores significativos de la sociedad vasca y posibilitó el nacimiento y posterior consolidación de Herri Batasuna en diversas instituciones representativas. La existencia de esa complicidad pivotaba sobre dos consensos básicos presentes en ese mundo: la asunción de la vieja máxima de que el fin justifica la utilización de cualquiera medio para conseguirlo y el convencimiento de que la práctica de la violencia resultaba eficaz para alcanzar el conjunto de los objetivos políticos reivindicados.

El paso del tiempo permitió comprobar las consecuencias reales de esas ideas. Por una parte, la grave patología moral que implicaba aceptar la persistencia de unas acciones que causaban un gran número de víctimas. Y, junto a ello, la constatación de que esa línea de actuación no era capaz de viabilizar aquello que se postulaba como justificador de su existencia. Actualmente, la izquierda abertzale posee un nivel de presencia institucional equivalente o inferior al que tienen organizaciones políticas que defienden planteamientos análogos en Galicia y Cataluña sin que, en estos casos, haya mediado algo semejante a lo que significó ETA.

Lo que se cuenta en “Maixabel” certifica la vigencia de una paradoja: sería deseable un amplio acuerdo de la sociedad vasca respecto de lo sucedido desde los años 50 del pasado siglo mas no parece posible hacerlo realidad en un plazo corto. Se requiere, sin duda, más tiempo para llevar adelante los imprescindibles procesos de reflexión autocrítica en el seno de la izquierda abertzale y para abandonar la hipócrita actitud de la derecha -empeñada, además, en el surrealista negacionismo de la desaparición de ETA- con la búsqueda obscena de réditos electorales en determinados territorios del Estado. En todo caso, este necesario paso del tiempo no va a garantizar la consecución de tal consenso. Ahí está el ejemplo de la guerra civil para demostrar la dificultad de establecer un relato único sobre el pasado. @mundiario