La dictadura de los embustes y los problemas con la verdad

Violencia es mentir. / Pintada inspirada en Jorge Luis Borges
Violencia es mentir. / Jorge Luís Borges.
En España tenemos un problema con la verdad, que de tanto institucionalizar las mentiras han creado escuela. Hemos convertido el embuste en el nuevo talento.
La dictadura de los embustes y los problemas con la verdad

Tenemos un problema con la verdad. Los embustes de tanto proliferar ya han creado escuela en España. Nunca antes desde la llegada de la Democracia se ha institucionalizado la mentira como hoy en día. Mienten ciertas instituciones y poderes públicos, miente el gobierno, la oposición y resto de partidos, mienten los sindicatos, la iglesia, pero también algunos  medios de comunicación, las encuestas y sondeos de opinión, los historiadores y hasta la  diplomacia cuando toca. No hay día que pase que no detectemos una mentira con aura pública sin más trascendencia ética, política o legal. Lo malo de tantas falsedades intencionadas es que están degradando la convivencia y asumimos la impresión que los fines por supuesto justifican los medios. 

Si desde altas instituciones del estado se miente y quedan impunes tanto administrativa como política y judicialmente, ¿qué mensajes estamos transmitiendo a nuestros herederos?. ¿Terminaremos por tolerar el mentir también en los exámenes, en el trabajo, en la declaración de hacienda, ante el juez, en la familia o incluso en las competiciones deportivas, como nos transmiten quienes deberían adoptar una postura ejemplar ante tanto embuste intencionado? Y no vale tampoco la mentira venial para consolar al enfermo.

Fue George Orwell quien con autoridad dijera aquello de : “El lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen verdaderas y para dar apariencia de solidez al puro viento”. No puede ser que la verdad y la mentira sean un mero dato estadístico sobre lo pueda creer el cincuenta por ciento de la población sobre el otro cincuenta por ciento.

En la España contemporánea parece que asistimos a que sólo recurrimos a la verdad cuando andamos cortos de mentiras. Lo hemos visto en numerosos escándalos de corrupción en el pasado, más recientemente con el procés catalán de forma exagerada que ya dura casi una década, pero también con la pandemia y la gestión de la actual crisis múltiple, donde hemos constatado la escasez de relatos sinceros, transparentes, y por contra la superabundancia de los embustes, los fakes, la opacidad, las contradicciones, la mala memoria y la justificación que como cambian las circunstancias a cada hora se puede cambiar entonces de opinión. Hemos convertido el embuste en el nuevo talento, al menos desde las más altas esferas. Aunque nos hacen comulgar que una verdad a media no es una mentira entera, el resultado  es una perversión se mire por donde se mire. Nunca antes habíamos caído tan bajo en valores éticos a causa de tanto embuste institucionalizado. 

Aquella hipócrita doctrina vigente entre nuestros cánones de que una mentira se exculpa con un rezo o un simple perdón  es tan inmoral que atenta contra toda inteligencia. Hoy en día, con un Estado -se dice laico y aconfesional-, gana actualidad la presunta magnanimidad católica de otros tiempos desde los poderes del Estado para justificar por ejemplo unos indultos. ¿Por qué se indulta a los golpistas no arrepentidos contra el Estado de derecho que reiteran volver a las andadas, mientras claudica frente a los garantes y la mayoría en favor del respeto constitucional? ¿Se indultarán a los terroristas de ETA con delitos de sangre que cumplen condena porque conviene a una parte del ejecutivo? ¿Se indultarán a los prófugos de la justicia? Y si es así, qué tipo de relato inventaremos para justificar la nueva normalidad aún a costa de haberse violado la convivencia pacífica y la lealtad a las normas. Por qué sí ese trato de favor hacia los que violan la leyes a pesar de sentencias firmes y por contra se pisotea los derechos de quienes exigen respetar un derecho elemental como enseñar en español a sus hijos en una parte del territorio nacional, o se sigue multando en Cataluña a los comerciantes que no rotulen en catalán.

Asistimos pues a que las falsedades y embrollos arrastran más hoy en día que las propias verdades. Se podría decir que son la fuerza que dirige nuestro microcosmo. Y da lo mismo que miremos al gobierno o a la oposición, a partidos de un color u otro, o a instancias tan variopintas como la universidad, la conferencia episcopal o las escuelas por imponer una determinada doctrina aún saltándose pronunciamientos del más alto tribunal.


MENTIR TAMBIEN ES UN ACTO DE VIOLENCIA
 

De la neutralidad que podríamos esperar de buena parte de las instituciones públicas o incluso de los profesionales de los medios de comunicación, se ha abjurado y hay quienes se han casado con el embuste sistemático para autojustificarse, aún a costa de perder credibilidad. Piensan que de esa manera la verdad escondida y opaca, en torno a formatos de múltiples declaraciones o decisiones de trascendencia pública, pueden disfrazar la realidad para imponer el relato pero no a base de la razón sino de la fuerza y de las sensibilidades emotivas baratas.

Pero mientras una parte de los estamentos públicos en este país defienden con vehemencia la no violencia, en especial la de género, se tolera paradójicamente la mentira que es otra forma de violencia como bien decía Borges. 

Juan Carlos Onetti solía atribuir la mentira en la literatura para contar la verdad. No hace falta recurrir al mundo del arte para constatar en España que los engaños se han apoderado de toda la semiótica contemporánea. Toquemos el tema que toquemos, existe la seria sospecha que los embelecos dominan la trama argumental. Se podrá anunciar con toda la parafernalia y escenificación oficial que queramos, pero en un mundo global y digital como el actual, con tanta hemeroteca se termina destapando la falta de rigurosidad léxica. Pese a ello, en vez de amainar al contrario proliferan por doquier, porque sale barato engañar en este país en especial los que ostentan mando.

LAS ENGAÑIFAS SE HAN CONVERTIDO EN UNA CATEGORIA

Pero tampoco nos fiemos de quienes abren poco la boca. Pues también abundan quienes consienten la mentira por interés propio o por su propia naturaleza. Los hay que piensan que aunque mienten no escucha nadie. Lo peor de todo, es que entre tantos embustes institucionalizados es difícil distinguir una verdad sincera.

Lo lamentable es que las engañifas se han convertido en una categoría, no en una excepción, que dominan la vida cotidiana y sobre todo los poderes públicos de todo color. Los problemas reales perduran, pero hay quienes trabajan para embaucarnos con otras cortinas de humo con objeto de perpetuarse en el cargo a base de contradicciones e invenciones grotescas. De hecho, no sería exagerado afirmar que al menos en España el arte de mentir  es la fuerza dominadora de nuestra actual realidad desde bien entrada la democracia. Es más, nunca antes había adquirido tal envergadura por parte de una gran mayoría de la clase dirigente. 

Pronto se olvida de forma interesada el pasado, la historia reciente y se impone el relato falseado, tergiversado, con medias verdades, sin contrastar, escurridizo, de validez temporal hasta que lo supera o tiñe un nueva ficción. 

El escritor y disidente ruso, Alexander Solzenicyn, famoso por denunciar a la opinión pública mundial  la existencia de los Gulags o campos de concentración soviéticos, cobra actualidad para nuestro país cuando en 1974 afirmó: “En la (antigua) URSS la mentira ha llegado a ser no ya una categoría sino un pilar del Estado (comunista)”. Otra supuesta república democrática como la extinta RDA (la antigua  Alemania comunista del Este) también vivió en una ficción hasta la caída del muro de Berlín en 1989. De renegar de los horrores de la Alemania nazi durante el III Reich traspasó el “privilegio” de asignarle el holocausto  a la actual RFA (República Federal Alemana) en Occidente, y a vivir irónicamente otro IV Reich con su dictadura del embuste comunista.

Por eso, no debería ser exagerado afirmar que en la actual España socio-comunista no andamos demasiado lejos de la “dictadura de la mentira”. Salimos de una dictadura franquista construida a base de la opresión y represión, pero nos adentramos en otra dictadura embaucadora con la verdad tergiversada, torticera y líquida que se amolda en unos casos para los titulares  de los telediarios cotidianos, sin más impunidad que un pasajero vapuleo entre bastidores.  Se miente en la familia y los colegios (a los niños se les enseña que es de mala educación decir siempre la verdad, por no hablar de los libros de texto adulterados por las instancias políticas), se miente en el adoctrinamiento de ciertas universidades y entidades públicas, se miente al enfermo terminal ocultando sus familiares la verdadera tragedia para que no sufra. Se miente en la Iglesia (con los miles y miles casos de abuso infantil o por falsear el Antiguo Testamento a su conveniencia), se miente en los curricula de cargos políticos, se miente en las cuentas al fisco para no pagar impuestos, se miente negando la pauperización del rural y la sobreexplotación urbana, se miente incluso en algunos medios para justificar cierta realidad aumentada. 

Pero también se manipula cuando se oculta parte de una verdad al repasar la historia. Durante generaciones la prensa jamás habló mal de la Casa Real  a pesar de todos los escándalos que hoy sabemos, o de ciertas grandes corporaciones privadas cuando  eran investigadas, recurriendo a los eufemismos para no comprometer los ingresos por publicidad.

Aún esperamos que en este país, como en otros que consideramos modélicos en sus esquemas, los servidores de la res publica dimitan cuando se les pillen en una mentira por dejar de ser digno de ostentar cargo público y de ser ejemplo para el resto de la sociedad. A esto alguno lleva años llamándolo “moral inmoral”. La tragedia del paro, los abusos laborales y los salarios precarios son otra forma de negar la realidad por nunca priorizar su remedio. 

El autor de Don Juan, Gonzalo Torrente Ballester, ya explicaba que la buena mentira había que contarla no de golpe sino por etapas, como toda narración bien compuesta. Si casi sesenta años han transcurrido desde la publicación de tan célebre novela cuya figura central se centra en el pecado y la fantasía, sin duda estos atributos perduran en la mente de nuestra España contemporánea que se resiste a adentrarse  en una democracia plena (pese a las apariencias), con garantías y sin triquiñuelas, con transparencia y velando por la virtud suprema más democrática que se conoce: la verdad y nada más que la verdad. Es tiempo de dejar que la democracia deje de ser una ficción y acabar con las estafas de todas las dictaduras, pues perdura la opinión de que éstas ya no existen por miedo a que si pararan de mentir dejarían de sacar provecho personal a costa del bien colectivo. @mundiario

 

La dictadura de los embustes y los problemas con la verdad