Diario de un demócrata de fondo superviviente en una democracia de forma

Adolfo Suárez.
Adolfo Suárez

Vida y pasión de un tipo cuyo reloj electoral se paró en 1979. Sigue esperando, con su voto en formol, la llegada de la primavera de la libertad. Pero corre serio peligro de morir con los votos puestos.

Diario de un demócrata de fondo superviviente en una democracia de forma

Vida y pasión de un tipo cuyo reloj electoral se paró en 1979. Sigue esperando, con su voto en formol, la llegada de la primavera de la libertad. Pero corre serio peligro de morir con los votos puestos.

Tengo yo un amigo que votó por primera y única vez en 1979. Por razones obvias, no pudo votar a Leopoldo Calvo Sotelo; porque militaba entre los pocos españoles que habían importado de USA el slogan de “haz el amor y no la guerra”, no quiso votar a aquel Felipe que había permitido la cruel y devastadora Guerra parlamentaria de Alfonzo, quillo; porque intuyó una hipotética “foto de las Azores”, se quedó en casa por pura coherencia, a ver si me entiendes, cuando el personal fue a las urnas a darle la alternativa a José María Aznar; porque Ferraz diseñó un país de Nunca Jamás, nominando como candidato a una fotocopia actualizada de Peter Pan, decidió reservarse su papeleta para mejor ocasión que aquella que desaprovechó aquel señor al que llamamos, durante siete años, José Luís Rodríguez Zapatero; y, porque no le dio la gana, asunto que no supone ninguna tacha en la hoja de servicios de un demócrata, tampoco contribuyó a que Josué Rajoy condujese de nuevo a las tribus de la derecha y la derechona españolas a la tierra prometida. Al final, repasando su libro de contabilidad electoral, resulta que en 35 años de restauración democrática sólo ha contribuido con su voto a proclamar a Adolfo Suárez ilustre y pionero inquilino de La Moncloa.

Ya le he dicho que porque no se lo contaba al mundo, hombre. Pero me ha invitado amablemente a que lo contase yo, que a él le daba la risa. Mi amigo es pequeño, peludo, suave; tan sentimental por fuera, que se diría todo de algodón. Sólo sus dos ojos incisivos, reflexivos, expectantes, muestran la resistencia interior que debe poseer un demócrata de fondo en esta frívola democracia española de forma. Si un servidor tuviese cromosomas de genialidad para ser tan certero con su teclado de PC como Juan Ramón Jiménez con su pluma, lo describiría como una excepción universal entre mis contemporáneos españoles de la época, como un centauro con la cabeza, los brazos y el torso de El Quijote y las piernas y el cuerpo de Platero, todo ello en clave de alegoría literaria, naturalmente, teniendo en cuenta que las historias de esos dos personajes conforman, con La Biblia, el pódium de los libros traducidos a más idiomas en la tierra.

¿Añorabais a un Quijote de carne y hueso…? Pues ahí tenéis a un español, hijo y nieto de la patética historia que compartimos, que en 1979 no votó por un hombre, por un nombre o por una ideología herméticamente cerrada y dirigida por control remoto, sino por el final de un otoño de patriarcas, sobre la hojarasca de la dictadura, impaciente por darle los buenos días la primavera de la democracia que había venido y todavía nadie sabía cómo había sido. ¿Añorabais a un Platero encantador pero tozudo, de esos que se niega a dar un solo paso siguiendo la inercia de las voces y los ecos de sus amos ideológicos, sociológicos o mediáticos…? Pues ahí tenéis a mi amigo, 35 años después, sobreviviendo como un demócrata en estado puro, en esta democracia de cartón piedra, aferrado a la memoria de su primera y su última papeleta introducida en las urnas como un cheque nominal en blanco invertido en libertad sin ira, si delirios de venganza, sin deudas ni deudores de memoria histórica, sin hooligan con camisetas rojas o azules, sin anticlericales ni meapilas, sin fanáticos centrífugos y centrípetos.

Llegó el PSOE de la pana en el Palace, y de la OTAN de salida sí, y del frac en los palacios, y de la economía de la Escuela de Chicago, y de los Boyeres y los Solchagas transexuales ideológicos, y del GAL y los fondos reservados, y ejerció sucesivamente su derecho y su deber democrático de darle civilizadamente la espalda. Sonaron las trompetas de Jericó en la calle Génova, no sé si te acuerdas, ante el inminente traslado de la derecha popular a La Moncloa, y su voto, una vez más, se quedó en su Monte Sinaí contemplando la verdadera y todavía utópica tierra prometida de la democracia. Luego, verás, llegó el yihadismo en trenes de cercanía y mandó parar, y tampoco se animó a contribuir con su voto al espejismo de ZP que, a sus escasas pero respetables luces, se coló por la puerta de atrás de la historia. Y, al final, cuando Rajoy y sus circunstancias personales y nacionales Orteguianas volvían a recibir la alternativa en todas las encuestas del CIS, decidió que su voto debía seguir reservándose para mejores tiempos para lírica democrática.

Mi amigo es que es uno de esos últimos mohicanos de la democracia de fondo, sin cainismos, sin intereses personales creados, sin caudillismos, sin revanchismos, sin corruptores ni corrompidos, sin salvadores ni salvados, sin vencedores ni vencidos, sin castas ni descastados, que mantiene su derecho al voto en formol hasta que se nos pase el acné de esta democracia de forma, en una España mediática que deforma o desinforma y con una sociedad en la que los españoles y las españolas, cuando votan, todavía no votan de verdad. O sea, de fondo, en memoria de sus antepasados, en beneficio común de sus coetáneos y como simiente sociológica, a largo plazo, para que sus próximas generaciones dejen de recoger cosechas de uvas de la ira y puedan recoger buenas, y limpias, y sanas, y productivas y sucesivas cosechas del siglo.

Está claro que mi amigo es un ingenuo. Pero es mi ingenuo. Mi héroe anónimo que, a su edad, a este paso lento e inseguro que va mi pueblo y mi gente, acabará muriendo con los votos puestos.

Diario de un demócrata de fondo superviviente en una democracia de forma
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