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La desigualdad en el mundo: ¿aumenta o disminuye?

Existe la percepción de que la desigualdad está aumentando y de que el proceso de globalización deja unos ganadores, los muy ricos, y unos perdedores: todos los demás. ¿Hasta qué punto es así?

La desigualdad en el mundo: ¿aumenta o disminuye?
Mural de Diego Rivera. / Manuel de la Iglesia Caruncho
Mural de Diego Rivera. / Manuel de la Iglesia Caruncho

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Manuel de la Iglesia - Caruncho

Manuel de la Iglesia - Caruncho

El autor, MANUEL DE LA IGLESIA - CARUNCHO, escribe en MUNDIARIO. Es doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense de Madrid, se especializó en Economía Internacional y Desarrollo. Trabajó para la cooperación española en distintos puestos en la Agencia Española de Cooperación Internacional en Madrid y durante casi quince años en Nicaragua, Honduras, Cuba y Uruguay. También pasó un año en Inglaterra como Visiting Fellow, en el Instituto de Estudios de Desarrollo de la Universidad de Sussex. Como ensayista, ha publicado numerosos artículos y obras como El impacto económico y social de la cooperación al desarrollo y The Politics and Policy of Aid in Spain. Como narrador, ha publicado el libro de relatos Atractores Extraños y las novelas Los dioses de la sombra juegan pelota y A pocas leguas del Cabo Trafalgar. @mundiario

Una desigualdad excesiva no es deseable, ni por razones éticas ni por otras más utilitaristas. Centrémonos en la desigualdad de ingresos. Si es muy elevada, permite que la capa más rica de la población –la “plutocracia”– acabe cooptando a la clase política para que gobierne en su beneficio -el caso de los recortes de impuestos en EE UU a los más ricos, aun sabiendo que afecta el alcance de los programas sociales, es paradigmático y bien conocido-. En el plano económico, supone perder el talento y aportes a la sociedad que podrían realizar aquellas personas que, por falta de ingresos suficientes, se quedan sin una educación de calidad o sin acceder activos productivos, como créditos o tierras… Y en el plano social, dificulta la reducción la pobreza, incluso en períodos de alto crecimiento económico, y provoca inestabilidad social -conflictos, huelgas-, lo que también impacta en el desarrollo económico.

Ahora bien, ¿qué niveles de desigualdad son excesivos? Se puede juzgar con ese calificativo la desigualdad de ingresos existente en países como EE UU, Rusia, China o los latinoamericanos -a excepción de Uruguay-, que muestran un índice Gini superior a 0.40. (El índice de Gini -una de las medidas de distribución más utilizadas- cuanto más se acerca a 1 expresa una desigualdad mayor; y cuanto más se acerca a 0, menor). En no pocos casos, como en Sudáfrica, Chile, Paraguay o Colombia, el Gini sobrepasa 0.50, lo que raya en la obscenidad. En Europa, la desigualdad es más moderada: Suecia, Noruega, Finlandia y Holanda muestran un Gini por debajo de 0.3, lo podría considerarse un nivel de desigualdad aceptable. En España, uno de los países más desiguales de Europa, el Gini es 0.35.

En lo que respecta a la desigualdad internacional de ingresos, la que se observa entre la población mundial, el Gini ronda el 0.7, superando al de los países más desiguales. Y, si en lugar de los ingresos, nos fijamos en el reparto de la riqueza en el mundo, la situación es peor: el 1% de la población del planeta posee la misma riqueza que el 99% restante. Estas grandes desigualdades y el mayor conocimiento existente sobre las condiciones de vida y bienestar en otros lugares, explican en buena parte los movimientos migratorios de nuestro tiempo.

En el otro extremo, tampoco es óptimo un igualitarismo exagerado. Algún tipo de desigualdad parece necesaria para que las personas y sociedades cuenten con incentivos al trabajo, al esfuerzo y a la innovación. En Cuba se contaba el chiste del tenor de opera: “Como somos todos iguales y ganamos lo mismo, hoy que cante el administrador”.

Los niveles elevados de desigualdad agradan a las clases más pudientes y sus representantes, por mucho que se prueben sus efectos negativos; y la posición sobre la desigualdad es lo que más distingue a la izquierda de la derecha. “Si el pueblo tiene hambre y no hay pan, que coman pasteles”, es la famosa frase que se atribuye a María Antonieta, la reina consorte. El mensaje era que no habría reformas en la Francia feudal. Le costó la cabeza.                      

Las desigualdades de ingresos, ¿aumentan o se están reduciendo? La respuesta a esta pregunta no es sencilla, pues ofrece pliegues que parecen contradictorios entre sí. Comencemos con la desigualdad dentro de los países: a lo largo del siglo XX, hasta 1980 aproximadamente, las desigualdades, tanto en EEUU como en Europa, se redujeron substancialmente. EEUU y Reino Unido, por ejemplo, redujeron su Gini de alrededor del 0.5 a fines del XIX, al 0.35 en 1979. Las guerras mundiales, que provocaron escasez de mano de obra -y, por ello, aumentos salariales-, destrucción de capital físico -en desmedro de la renta de los capitalistas- y una mayor tributación de las capas más pudientes para el sostenimiento militar, contribuyeron a esa igualación. En el período de paz, se impusieron los aumentos de productividad y la mejora de salarios y transferencias, como las pensiones, debido a la fuerza sindical y al miedo a los movimientos revolucionarios después del triunfo bolchevique. Pero estas fuerzas “igualadoras” perdieron impulso a partir de 1980 y la desigualdad comenzó a crecer en la mayoría de los países. En EE UU, el Gini supera ahora el 0.4.

¿Cuáles fueron las nuevas circunstancias des-igualadoras? Entre las razones más citadas están: el inicio de una nueva revolución tecnológica, con cambios enormes en la informática, lo que produjo una mayor diferenciación de salarios en favor de los trabajos más especializados y, por otra parte, un aumento de los rendimientos del capital; los nuevos mercados y oportunidades de negocio que se abrieron con la globalización, lo que, a la vez, hizo mucho más difícil gravar al capital, que disfruta ahora de gran movilidad; y las políticas en favor de los ricos -como las reducciones de impuestos- que siguieron a la revolución conservadora de Reagan y Thatcher. Una “tormenta perfecta” que estancaría los ingresos de las clases medias-bajas occidentales a la vez que beneficiaría enormemente al 1% más rico de la población mundial -especialmente al 0,1%-. Y una tormenta que benefició también a las nacientes clases medias de los países en desarrollo -China, India, Vietnam, Indonesia, Tailandia…

Y aquí viene una evolución inesperada de la desigualdad internacional pues, debido a estas circunstancias, todo indica que se ha reducido desde la década de los 80, a pesar de que la desigualdad dentro de los países occidentales, y también en China, India o Rusia, ha aumentado en los últimos quinquenios -por el contrario, en América Latina se redujo ligeramente en los tres primeros lustros del siglo XXI-. El hecho es que las nacientes clases medias de los países en desarrollo han visto aumentar sus ingresos desde los años 80, mientras los de las clases medias bajas occidentales se han estancado. Así que, ¡sorpresa!: la desigualdad entre países y entre la población del planeta se está reduciendo. Las cifras que calcula Branco Milanovic para el Gini internacional son: 1988, 0.72; 2008, 0.7; y 2011, 0.67.

El cuadro general que tenemos entonces es el de unos ricos cada vez más ricos; una clase media en los países en desarrollo que ha mejorado su posición; una clase-media baja en los países desarrollados con ingresos estancados; y, como consecuencia de todo ello, un aumento de la desigualdad dentro de los países y una reducción de la desigualdad internacional. Matices: uno, el incipiente proceso de igualación internacional ha dependido en gran medida del crecimiento asiático -África ha quedado fuera-; dos, la clase media-baja de los países ricos todavía goza de ingresos muy superiores a los de la clase media emergente de los países en desarrollo aunque, al estar estancados, aparece su enfado y desencanto -lo que explica en parte fenómenos como el triunfo de Trump, el Brexit o los chalecos amarillos-; y tres, quienes se han llevado la mayor porción del pastel han sido los muy ricos: según Milanovic, entre 1988 y 2008, el 44% de las ganancias ha ido a manos del 5% más rico de la población mundial, mientras la emergente clase media mundial ha captado el 12% de esas ganancias.

¿Qué hacer para mejorar los niveles de igualdad? Dentro de los países, es esencial el acceso a la salud y una educación universal y de calidad, que se acerque al ideal de la igualdad de oportunidades. Hay que insistir en la calidad educativa pues resulta escasa para las capas sociales bajas. En segundo lugar, potenciar las transferencias sociales -sistema de pensiones, seguro de desempleo…-. Por otro lado, son fundamentales las políticas de empleo: la negociación colectiva tripartita, el aumento del salario mínimo profesional… La conveniencia de incentivar topes máximos en las diferencias entre los salarios más altos y el salario medio en las empresas también debería de considerarse. Y están las políticas afirmativas en favor de aquellos grupos que sufren algún tipo de discriminación. En Europa pensamos en su necesidad para las mujeres y para los afrodescendientes e indígenas latinoamericanos, pero rara vez para el pueblo gitano o para la población inmigrante que ya está dentro de nuestras fronteras.

La tributación merece un párrafo aparte. Con la globalización y los grandes bancos transnacionales actuando con regulaciones muy laxas, está claro que para el capital es fácil moverse entre distintas jurisdicciones y pagar pocos impuestos. Los casos de las compañías tecnológicas -Google, Apple, Amazon, Facebook…- o los de la propia gran banca, son paradigmáticos. Pero no sería tan difícil evitar la evasión fiscal dotando de más medios a las agencias tributarias. Las cifras de evasión fiscal estimadas en España son abrumadoras y podrían fluctuar entre los 60 mil millones de euros calculados por los técnicos del Ministerio de Hacienda y los más de 80 mil millones estimados por Tax Justice Network. Más del 70% de ese fraude se detecta en las grandes empresas y patrimonios.

Para reducir la elevada desigualdad internacional, las actuaciones más interesantes tienen que ver con la cantidad y calidad de la cooperación internacional -un dato: mientras la ayuda total de los donantes para la educación primaria y secundaria en África ascendió a 1.300 millones de dólares al año en 2016, el presupuesto del Pentágono de EE UU es de 2.000 millones al día-; la apertura comercial, por las facilidades que supone para las exportaciones de los países en desarrollo; la promoción de la inversión exterior -y el respeto a los derechos humanos de esas inversiones- y la vigilancia sobre la corrupción, la evasión fiscal y el lavado de dinero; las políticas migratorias, para que beneficien más a los países de origen; las medioambientales -los países en desarrollo están más expuestos al cambio climático-; las contribuciones a misiones de paz de NNUU; y la difusión de nuevas tecnologías en ámbitos como la salud, la energía sostenible o las TICs. (El Center for Global Development elabora un índice para conocer el grado de compromiso con estos asuntos de 27 países ricos. España aparece en el lugar 16).

La buena noticia la encontramos en la Agenda 2030 y en los Objetivos de Desarrollo Sostenibles aprobados por y para todos los países del mundo en la Asamblea de NN UU de Nueva York en 2015, pues integran la reducción de desigualdades de ingreso, la igualdad de género y la preocupación por los sectores más vulnerables de la sociedad, a la vez que llaman a adoptar políticas adecuadas en el ámbito fiscal, salarial y de protección social. El mayor reto es contar con organizaciones ciudadanas y sindicatos potentes que exijan a los gobiernos el cumplimiento de esa noble Agenda. @mundiario