Deshojando la margarita entre una España monógama o polígama
¿Una pareja de hecho PP - PSOE o una cama redonda ideológica? Los flautistas de Hamelin se afanan estos días en el arte de seducir a los españoles.
A los maravillosos locos que han alcanzado la independencia de la insignificancia. A la hermosa gente capaz de pasar de largo ante los escaparates de los grandes almacenes que, sobre todo estos días, le hacen la competencia desleal a los sugerentes escaparates del Barrio Rojo de Ámsterdam. A los anónimos seres indecisos que no se conforman con lo malo conocido, que no se resignan a lo bueno por conocer, que no prefieren pájaros en mano, que no desprecian las estelas de los cientos de pájaros volando, miradles, al margen de que alguno de ellos se pueda equivocar, como aquella paloma de Alberti, ¿recuerdas?, y por ir al norte vaya al sur, y crea que el trigo es el agua, y confunda la estrellas con el rocío, la noche con la mañana o el mar con el cielo.
A la pobreza que todavía es capaz de controlar con sus neuronas, todavía llenas, los legítimos impulsos de las células de sus estómagos vacíos. A la riqueza de los estómagos llenos e indigestas existencias vacías, hombres y mujeres Forbes y sucedáneos, que ha empezado a acudir a los especialistas del aparato digestivo aquejada de reflujos de melancolía y extraños y amargos sabores de boca. A los que creen que los que saben no hablan; a los que sospechan que los que hablan no saben; a los que soportan que no haya pan para hoy, ¡hay que echarle cojones, oye!, con el sueño futurible de erradicar el hambre para el mañana; a los navegantes solitarios que no cambian su rumbo, en sus respectivas búsquedas de Ítaca, para evitar Mares de los Sargazos, Triángulos de las Bermudas, Cabos de las Tormentas y ecos homéricos de irresistibles cantos de sirena; a los caminantes que se tapan los oídos cuando resuenan los viejos discos rayados de “La Voz de su amo”, tantas voces de sus amos, ofreciendo tierras prometidas de cartón piedra. A esa mujer que, el otro día, en la parada de un vulgar bús de transportes públicos, me arrancó una sonrisa cuando le anunciaba a una colega de trabajo, en pleno pulso cotidiano entre el sol y la luna:
- Ahí llega nuestra berlina con el chofer para llevarnos a la oficina.
La democracia es mero papel: el sublime regalo es la libertad
Héroes anónimos, villanos arrepentidos, hermosa gente corriente que no va a utilizar su voto o su abstención como arma arrojadiza, como escudo para proteger oscuros intereses, como un décimo de lotería, como plato frío para servir putrefactos instintos de venganza, como ofrenda a idolatrados dioses con pies de barro, como una parte alícuota para que gane “uno de los nuestros”, de los tuyos, de los suyos, al margen de que pueda ganar, si existe, claro, uno de todos y para todos los españoles.
Son ellos, esos hombres y mujeres que acudirán a las urnas o se quedarán en sus casas con sus conciencias tranquilas, su dignidad ciudadana intacta, su trascendente libertad inmune al intrascendente influjo de las milongas y las apariencias democráticas (la democracia sólo es el mitificado papel que envuelve el anhelado y sublime regalo de la libertad, esa quimera que persiste en pleno siglo XXI), la que podría hacer cambiar de opinión a Groucho Marx y animarle a pertenecer a un club en el que admitiesen a tipos como él, como tantos que se toman de coña las muchas cosas que hay que tomarse de coña y en serio las pocas cosas que hay que tomarse en serio.
Nunca tantos debieron tanto a tan pocos…
Son ellos, ya digo, los que sostendrán la endogámica España monógama o la ecléctica España polígama en la que amaneceremos, que no es poco, el próximo 21-D. Nunca tan pocos han hecho, hacen y seguirán haciendo tanto por la libertad, la transigencia, la tolerancia, la convivencia de tantos, con tantos personales, intransferibles e inconfesables oscuros objetos del deseo. España será un país de libertades, no seré yo el que lo ponga en duda. Pero es una pena que esté habitada por tantos, tan distintos y tan distantes prisioneros de sus genéticos, inducidos, contagiados, enquistados síndromes de Estocolmo al paso de esos secuestradores de guante blanco, ¡oh, los políticos!, que reproducen una y otra vez, con los arreglos pertinentes, la monótona partitura que han ido interpretando, a lo largo de la historia, los sucesivos discípulos farsantes del flautista de Hamelin.