El desgaste del PSOE no impulsa al PP, pero sí a Vox
El escenario político español se mueve al filo de la contradicción. En un momento en que el PSOE afronta un serio desgaste por los escándalos de corrupción que afectan a figuras clave de su estructura —con la sombra de la trama vinculada a Santos Cerdán y José Luis Ábalos proyectándose sobre Moncloa—, el Partido Popular no logra despegar. Y lo que es peor: quien recoge los frutos del descontento ciudadano no es Alberto Núñez Feijóo, sino Santiago Abascal.
Esta paradoja se ha hecho evidente en la última ofensiva del líder del PP contra Pedro Sánchez en el Congreso, donde eligió un ataque personal —resucitando viejos fantasmas familiares del presidente— en lugar de centrarse exclusivamente en los hechos documentados por la UCO. Feijóo, que disponía de medio millar de páginas como munición política, prefirió el impacto inmediato de una acusación que evocaba la complicidad en la prostitución. Un movimiento arriesgado, fuera del tono institucional que antaño defendía, y que algunos en su propio partido justifican con pragmatismo electoral: en campaña —aunque no haya elecciones convocadas— todo vale.
Sin embargo, el giro hacia una retórica más dura parece haber beneficiado más a Vox que al propio PP. Las encuestas lo confirman: mientras el PSOE pierde apoyos, Vox escala con fuerza. La explicación está en el tipo de desencanto que predomina. Muchos votantes, hartos de la corrupción y con una visión desideologizada del poder, no diferencian entre el viejo PSOE y el viejo PP. Para ellos, ambos son parte del sistema, y el voto de castigo no busca reconstrucción, sino ruptura. Es ahí donde Vox, con su pose antisistema, encuentra un terreno fértil.
La estrategia del PP se vuelve así confusa, incluso errática. Feijóo lanza guiños tanto a votantes moderados del centro como a los desencantados más extremos, y eso genera contradicciones. Un día afirma su deseo de gobernar en solitario, apelando a una centralidad reformista; al siguiente, sus portavoces no descartan pactos con Vox ni vicepresidencias para Abascal. En medio, se improvisan propuestas destinadas a captar electores alejados de su electorado tradicional, como el controvertido planteamiento de financiar la congelación de óvulos con dinero público.
Este intento de abarcar todo el espectro político revela una debilidad estratégica: el PP carece de un relato coherente y de un liderazgo capaz de generar entusiasmo. Los datos del último barómetro de 40dB. muestran que Feijóo no moviliza, no ilusiona, y eso lo coloca por detrás de Abascal incluso entre los suyos. De hecho, la transferencia de votos desde el PP a Vox es notablemente mayor que a la inversa, y se mantiene constante desde hace tiempo.
Paradójicamente, es en el momento de mayor debilidad del PSOE cuando el PP aparece más estancado. Feijóo lanza ataques contundentes, pero no consigue capitalizar el desgaste del Gobierno. La falta de una alternativa clara, nítida y diferenciada lo condena a pelear en un terreno resbaladizo, donde los extremos —como Vox— tienen más facilidad para avanzar.
Algunos veteranos del partido lo explican sin tapujos: si hay elecciones anticipadas, será inevitable pactar con Vox, por más que ahora se juegue a negar esa posibilidad ante los micrófonos. Pero este doble discurso también alimenta la desconfianza. Ni los votantes del centro confían en la moderación del PP, ni los de la derecha radical creen que Feijóo vaya a resistir sin Vox. El resultado: un partido desdibujado, a medio camino entre la nostalgia de las mayorías absolutas del pasado y la necesidad de pactos incómodos en el presente.
Además, el problema de fondo persiste: el PP no tiene una alternativa sólida al liderazgo emocional de Sánchez, por muy desgastado que esté. Y mientras el PSOE resiste con el apoyo de sus socios, aunque débil y a la defensiva, la derecha se consume en una guerra interna por la hegemonía. El PNV, clave para la estabilidad parlamentaria, ya ha dejado claro que no respaldará a Sánchez si persiste el deterioro. Pero tampoco se siente cómodo con un PP que coquetea con la ultraderecha.
El tablero político se polariza. La izquierda no tira la toalla, aunque se aferra a una mayoría cada vez más frágil. La derecha se moviliza, pero lo hace en torno a Vox. Y el PP, que debería liderar ese impulso, se enreda en su propio laberinto, atrapado entre su historia, su electorado dividido y un líder que, por ahora, no logra romper el techo que lo separa de la Moncloa. @mundiario