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Descanse en paz, Presidente

Hasta su muerte, en el día de ayer, escribía su artículo semanal en el periódico de Santiago, y no hace mucho se le podía encontrar en la calle, compostelaneando o en algún acto social o cultural.

Descanse en paz, Presidente
Gerardo Fernández Albor.
Gerardo Fernández Albor.

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J. Francisco Rodil Lombardía

J. Francisco Rodil Lombardía

El autor, J. FRANCISCO RODIL LOMBARDÍA, es colaborador de MUNDIARIO. Trabajó en Informaciones, El Correo Gallego, fue director gerente de TVG, director de La Voz de Asturias y delegado del Grupo Zeta en Asturias. Fue galardonado con el Premio Galicia de Periodismo en 1989. @mundiario

Gerardo Fernández Albor ha pasado ya la página de su tiempo, que queda impresa en la historia de Galicia. Tuvo una larga vida, todo un siglo bien cumplido en condiciones de calidad envidiable. Hasta su muerte, en el día de ayer, escribía su artículo semanal en el periódico de Santiago, y no hace mucho se le podía encontrar en la calle, compostelaneando o en algún acto social o cultural. Era un compostelano conocido y respetado que paseaba su señorío pero también su llaneza por las rúas de Compostela. Sospecho que no tenía enemigos ni siquiera en los de su propio partido, que son los peores. De Fernández Albor se podrán decir muchas cosas buenas y, sin duda, alguna mala o menos buena. Las buenas abundarán ahora que se ha ido. Pues se sabe que para ser bueno hay que morir. Las malas, si las hay, nadie se atreverá a decirlas, al menos mientras esté de cuerpo presente.

Por mi oficio de periodista he conocido a Gerardo Fernández Albor siendo presidente de Galicia, y después, cuando era eurodiputado. Lo he tratado mucho y le he tomado aprecio (ya es difícil tenerle aprecio a un político). Pero me temo que el Presidente (yo le he seguido llamando presidente todos estos años), no era exactamente un político. Al menos no era un político al uso, tal como los que conocemos hoy en activo. Al tiempo que la política se ha ido profesionalizando, se ha pervertido y encanallado su práctica.

Fernández Albor no era un profesional de la política. Era ante todo un hombre, un buen hombre y, por encima de su papel de político, que ejerció con toda dignidad, sobresalía su humanismo. Porque el expresidente Albor era un humanista. Pertenecía a esa feliz estirpe de los médicos intelectuales (García Sabell, Sixto Seco… El mismo Castelao era médico) emparentados con el galleguismo sensato y reflexivo. Un galleguismo heredado del “Rexurdimento” que representaba Rosalía, Murguía o Eduardo Pondal y que, años más tarde, interpretaron, con distintos arreglos personales, gallegos notables como el poeta y periodista Valentín Lamas Carvajal o el jurista y escritor Alfredo Brañas, entre otros muchos.

Fernández Albor fue el primer presidente de la autonomía de Galicia. Yo diría que más que presidente, interpretó ese papel, y lo hizo con lealtad, de modo honorable, con mucho amor a Galicia y con un elevado concepto de los valores institucionales y democráticos. Durante su etapa como eurodiputado tuvo ocasión de ejercitar su profundo sentimiento europeísta, que profesó desde su juventud, desde los tiempos en que se formó en Alemania. No desaprovechó ocasión en su etapa en Estrasburgo para abogar por la rehabilitación del Camino de Santiago, ese cordón umbilical que desde siglos nos mantuvo comunicados con la Europa de las ideas, del conocimiento, del arte y la cultura.  Hoy, debido a políticas equivocadas de políticos malformados e ignaros de las ideas filosóficas, intelectuales y culturales que inspiraron la vida de hombres como Fernández Albor, el Camino de Santiago empieza a ser otra cosa que tiene más que ver con el negocio y la especulación que con los valores que le otorgaron a esta vía transnacional el reconocimiento de patrimonio de la humanidad.

Si me pidieran resumir en unas cuantas palabras al Fernández Albor que yo conocí, y traté profesionalmente como periodista y al que, como decía, he llegado a tomarle aprecio, diría que era un caballero con un gran pundonor, que asumió un papel de político, superado siempre por su humanidad, su conducta honorable, su talante cordial y condescendiente que le convertían en un hombre asequible, dialogante. Un hombre venerable en que podría mirarse, aunque sea por el rabillo del ojo, no solo la clase política sino cualquier ciudadano.

Descanse en paz, Presidente. @mundiario