Depositio barbae

Pablo Casado. / Mundiario

Casado no es un espontáneo ni menos aún un imberbe político, ni tampoco el Congreso del PP fue una “depositio barbae”. Sabe a dónde quiere ir y hasta dónde quiere llegar.

Algunos pensábamos que Pablo Casado iba a ganar el Congreso extraordinario del PP y nos atrevimos a pronosticarlo y hasta chancearnos educadamente de “los políticos sin caricatura”, tan de moda, que sin embargo van de triunfo en triunfo electoral.

Nuestra apelación a su juventud, a su aparente inexperiencia, educada e  inocente, su falta de identificación ideológica se demostraría, sin embargo, preparada impostación. Nos dimos cuenta tarde de que “la vida iba en serio”, como dijo Gil de Biedma, y que Casado no era sólo fotografía y apariencia. Hay detrás de él mucho más que un simple tránsito de carácter entre la generación X y los “millennials”.

Un par de siglos antes de Cristo, era costumbre que los jovencitos no se afeitaran el primer plumón, que lo dejaran medrar hasta que, sombreando las mejillas, pareciese una verdadera barba. Entonces, era el momento de rapar esa primera barba y consagrarla a una divinidad. La ceremonia, llamada “depositio barbae” se celebraba con una gran fiesta.

Me equivoqué (y volverá a suceder): algo tuvo de esto el Congreso Extraordinario del PP. Pero sólo en apariencia. Casado no es un espontáneo ni menos aún un imberbe político, ni tampoco el Congreso del PP fue una “depositio barbae”. Sabe a dónde quiere ir y hasta dónde quiere llegar. Y tiene para ello antecedentes que le sirven de ejemplo y espolones personales preocupantes. El aparato del PP (no así, creo, los afiliados, que votaron a Soraya) quiere ponerse en línea, engarzarse con esa ola que avanza por Europa protagonizada por Hungría, Polonia, Austria, Baviera y la desnortada Italia de Salvini. “Deus tale omen avertat” (que Dios aparte tal presagio; perdón por la traducción). @mundiario