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MUNDIARIO

Al debate político le sobra belicosidad

Como en muchos patios escolares, en vez de convivencia y lealtad abunda la idea del “triunfo” defensivo y ofensivo, dominador y excluyente.

Al debate político le sobra belicosidad
Debate. / RR SS.
Debate. / RR SS.

Manuel Menor

Doctor en Pedagogía.

Los patios de recreo, igual que los alrededores de muchos colegios, escuelas e institutos, tienen, en general, bastantes problemas. Pese a que siempre ha habido un profesorado interesado en que contribuyeran a una educación integral del alumnado –como muestran iniciativas visibles en la exposición Madrid, ciudad educadora, 1898/1938- , no es infrecuente que sigan siendo reducidos y no hayan sido pensados sino como espacios residuales, no-lugares incoherentes y agresivos, y todavía distan mucho de acoger algo más que canchas polideportivas en que el fútbol o el baloncesto los ocupen al completo. En consecuencia, tampoco es extraño que estos lugares tan principales de la vida de nuestros niños y niñas sean, en demasiados casos, muy poco inclusivos. Demasiado homogéneos para la diversidad social existente, ni están pensados para todos y todas ni, menos, para quienes tengan alguna incapacidad o minusvalía.

Aspectos importantes como presencia de la Naturaleza, agua, tierra o arena, variedad de juegos y participación colaborativa en la producción y conservación de estos espacios, suelen igualmente estar ausentes. Pero en este momento, al revés de lo que ha venido siendo displicentemente común, suscitan la atención de muchas asociaciones de madres y padres, ayuntamientos y, también, de arquitectos y paisajistas. El proyecto MICOS, del Ayuntamiento de Madrid, es de especial interés para entender esta dinámica, paralela a la de algunos movimientos didácticos, preocupados por que las aulas prosigan con esquemas que hacen poco educativo el tiempo de muchos niños y niñas en la escuela.

¡Cómo está el patio!

No hace falta volver a ellos para saber cómo han venido funcionando, y más cuando los casos denunciados en el Teléfono de acoso escolar entre noviembre de 2017 y octubre de 2018 superan los 5.500, y los patios de recreo y las cercanías de muchos centros han sido testigos predilectos. Lo atestiguan referencias autobiográficas de algunos escritores recordando, a veces muy duramente, malos tragos de la infancia escolar. Y cualquier lector, a poco que no se le hayan olvidado los últimos meses de unos u otros actores políticos, ni las sesiones de los debates televisivos previos a las elecciones del 28A, podrá advertir que la mala educación aprendida en aquellos patios escolares de antaño sigue encontrando ocasión para mostrarse en público como lo más natural.

Lo sucedido en esa secuencia, aunque dulcificado un tanto tras los resultados electorales, no dejará de tener su reflejo en el Congreso de Diputados que se constituya el 23 de mayo. Los elegidos cambiarán su fisionomía aproximadamente en un 80%, pero lo que pudo oírse en el transcurso de la noche electoral –amplificado en los comentarios de algunos medios- augura frecuentes motivos de desencuentro y, por ende, la repetición de no pocas peleas estériles, de corte muy similar. Intervenciones habrá en ese hemiciclo, sobre todo antes de los telediarios,  con maneras broncamente transgresoras y espléndidamente reivindicativas para llamar la atención. Algunas formaciones políticas se orientarán, más que a convencer, a vencer y, a ser posible, derrotar al oponente. El éxito de la Herística, o técnicas “para tener siempre razón”, está garantizado; igual que los expertos en digresiones nominalistas, en sofisticados cambios semánticos y en sofismas ajenos a la búsqueda de soluciones para los problemas colectivos.

VOX populi

En la noche del 28A, los comentarios de Ortega y Abascal a propósito de su “hazaña” de haber conseguido llevar por primera vez al Congreso a 24 diputados, dejó amplias señales de que el estilo político como competición dura, y no como dialogo para limar diferencias, va a ser frecuente en la Legislatura que está a punto de iniciarse. Su homólogo en Valencia habló explícitamente de la “guerra que iban a dar en las Corts” autonómicas, supuestamente igual a la que ya libran en Andalucía. En la celebración de la plaza madrileña de Margaret Thatcher –al lado de Colón-, definieron, con una puesta en escena que recordaba películas del Oeste, cuál sería el papel de sus diputados patriotas y cuáles sus objetivos –siempre “accidentales”- en una batalla que, por el tono, parecía arengar a los asistentes a  “reconquistar” valores perdidos. En un imaginario de “resistencia”, cada uno de los diputados electos sería como “un torbellino” contra “la izquierda”, a la que se le habría “acabado la fiesta”; incluso los resultados del PSOE, serían “una victoria efímera”. Y tras la posición a batir, no faltaron alusiones da los supuestos que defienden sus amigos de “Hazte oír y, también, el grupo de obispos más próximos a sus tesis.

Las guerras púnicas

 El lenguaje político –y en particular, el electoral- no abandona el lado bélicamente competitivo con que fue forjado, en que “vencer”, “ganar” y “ser derrotado” aluden a un combate en que resuenan las estrategias defensivas y ofensivas de las legiones romanas. No se ha constatado que  el Arte de la guerra –bastante anterior en el tiempo,  y de muy distinto origen cultural- hubiera sido incorporado, aunque tenga afinidades. Sí está claro, en cambio, que se le ha superpuesto el lenguaje apologético del “triunfo” en que los eclesiásticos fueron adiestrados para imponer, sobre todo desde el siglo IV d. C., su monoteísmo frente a otras creencias que estigmatizaron como “paganas”. Añádasele la secularización que Maquiavelo preceptuaba en El Príncipe y se tendrán los hábitos a cultivar para mantener el poder. La idea del combate, en todo caso, es visible en cómo los jesuitas estimularon a  quienes deberían ser propagadores contrarreformistas: su Ratio Studiorum -formulada entre 1584 y 1599, y todavía imitada en la primera mitad del siglo XX- estipulaba la ficción combativa entre “Romanos” y “Cartagineses”  para aprender cualquier disciplina. Cada bando tenía su cursus honorum particular, en la pretensión de animar a los más estudiosos a intensificar el aprendizaje derrotando a un contrario. Esta simulación bélica –que, como disciplina, todos los presentes en el aula habían de admitir- se repetía en algunas “academias” públicas y, sobre todo, en la estructura didáctica de muchos temas a estudiar como “defensa” de alguna tesis prefijada como verdadera.  Era un sistema altamente competitivo por la exclusividad que solían tener los colegios, pero dejaba fuera a cuantos no veían atractiva la fórmula pedagógica, ni lo que hubiera que estudiar preceptivamente como saber a memorizar y reproducir sin más. Sin embargo, cuando la LOMCE pregonó en 2013 la competitividad como objetivo educador, muchos colegios actuales de jesuitas  se habían convertido  a metodologías colaborativas que han roto las dinámicas  ensimismadas, para lograr aulas con aprendizaje más sólido y atractivo por descubrimiento.

 La inclusión

Esperemos que -como las metodologías educativas y los patios escolares- el lenguaje y maneras que predominen tras la inminente “contienda electoral” que se inicia el día 10 de este mes corrijan los aires frentistas. Para los necesarios acuerdos y consensos respecto a los potentes problemas que esperan atención, será bienvenido un ambiente de conciliación en que lo relevante sea la cuidada atención a los intereses generales de la gente común, por encima de privilegios particulares y de partidismos propensos al simplismo totalitario. Priorizar lo importante por encima de costumbres malhadadas del pasado, en un momento en que el panorama internacional es preocupante, será clave para alcanzar acuerdos en aspectos que los “viernes sociales” de estos últimos meses solo dejaron mencionados.  Por ejemplo, en la digna ejecución de la Ley que deroga la LOMCE, que los sindicatos del sector demandan con urgencia. Sería penoso ver  políticos mirándose a sí mismos en el Parlamento como guardianes entretenidos del cielo, burocráticamente ajenos –a imitación de muchos teólogos-  a los problemas de los mortales. @mundiario