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Los currículos académicos falseados enturbian el inicio del curso

La dimisión de Montón eleva el listón de la dignidad política, pero no deja de ser un caso más en este ya largo deterioro de la igualdad educativa.

Los currículos académicos falseados enturbian el inicio del curso
Master, palabra cave.
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Manuel Menor

Manuel Menor

El autor, MANUEL MENOR, es analista de educación de MUNDIARIO. @mundiario

Tres dimisiones, en un Gobierno que poco más lleva de 100 días, pueden resultar llamativas a quienes no les merezcan la consideracón de un cambio de tendencia en las maneras de este país en que gobiernos ha habido –y no muy antiguos-, en que los merecimientos para dimitir han sido mucho mayores. Casos siguen, parejos, en que el “no meneallo” se impone pese a quien pese y, también, por más que la moralidad pública o los valores universitarios resulten vilipendiados. Sin meternos en ellos, ahí está la reunión anunciada por el Papa con los jefes nacionales de la iglesia católica para tratar la dejación sostenida con la pederastia de curas. Tanto les urge que, pese a llevar años con este problema de credibilidad a cuestas, la tal reunión deberá esperar cinco meses. No cabe esperar mucho de tanta presteza con un asunto de tal relevancia y sí mucho de que se esté cumpliendo una sentencia educativa clásica: corruptio optimi pessima.

Sí cabe, pese a todo, confirmar, en primer lugar, que la dignidad es exigente y, si no se le diera la oportunidad de desarrollarse, genera razones sobradas para indignar más a quienes ya andan desmoralizados por las excusas, pretextos y sinrazones que, de continuo, tienen que soportar en sus vidas. Aquel movimiento del 15-M, por lo que de estallido indignado representaba, fue una penúltima manifestación suave de lo que el hartazgo puede provocar, un recuerdo de que la historia –también la de nuestro país- abunda en ejemplos de peores repercusiones, fruto en definitiva de contradicciones fácticas que se han dejado desenvolver aun a conciencia de que podían terminar mal.

No todos somos iguales

De interés fue también lo pregonado por la exministra última de Sanidad aun sin quererlo. Debiera servir de lección educativa algo que dijo con la intención de distanciarse de conductas de otros políticos pillados en malos pasos no explícitos en su currículum académico: “No todos somos iguales”. Pero el caso es que, pese a las diferencias que su caso pueda tener respecto a Casado o Cifuentes y cualquier otro que pudiera sobrevenir, si bien lo mira, también ella se ha dejado seducir por la prestancia del trato desigual, ese que no ha estado ni está al alcance de la inmensa mayoría de los estudiantes, cursen estos algún grado universitario o cualquiera de las modalidades de postgrado existentes o por inventar. Este ha sido su problema e, indirectamente, la razón que debió inducirla a adelantar su dimisión, en vez de excusarse.

Con másteres y otros postgrados tampoco

Otra lección adicional nos debiera quedar, que acaba confirmando otro de los nichos de la desigualdad educativa, pues como dice el secretario general del Frente de Estudiantes, Adriá Junyent, en esto de los másteres hay muchas trampas implícitas desde que Bolonia nos los metió hasta en la sopa. No todos son iguales, desde luego, ni en costes, ni en eficiencia cognitiva o adiestramiento de alguna índole. Se valoran, sobre todo, en razón de lo que cueste su matrícula, lo cual a su vez determina si sales como becario ocupado por algún tiempo o si tu destino laboral sigue al albur de una coyuntura inestable y precaria. No todo el mundo tiene 23.000 € para que su hijo salga con ese status distintivo. Ni todos  pueden pagar a alguien para que le copie, plagie o imite un TFM adecuado para tener un papel más. Másteres hay, por otro lado, en que lo presencial no es exigible, y muchos difieren en las exigencias a salvar para que se certifiquen los créditos correspondientes. 

De momento, sin embargo, nadie pone en cuestión la vigilancia de calidad que el Ministerio, ANECA y las Consejerías de Educación debieran ejercer para que la libérrima floración de postgrados existente sea algo más que un nicho estupendo de negocio. Eso sí, todo el mundo parece capacitado –sea o no titulado en una determinada especialidad o mero analfabeto funcional- para juzgar las tesis y trabajos de mayor o menor enjundia que cualquier doctor, graduado o máster pueda haber realizado. A este ritmo, con una volatilidad tan grande como está teniendo el saber o no saber -y en especial la que alimenta una opinionitis crecientemente soliviantada pese a nutrirse siempre del mayor desprecio frente al conocimiento científico-, empieza a sobrar la Universidad, el CSIC y toda instancia instituida para desarrollarlo. Ahora que está empezando el curso parece que haya que alabar la estúpida ignorancia: ¡Vivan las cadenas! @mundiario