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MUNDIARIO

La revolución cubana cumple 60 años y se hace necesario un Pequeño timonel

El 1 de enero la revolución cubana cumplió 60 años. Aunque parezca extraño, los revolucionarios de antaño se han convertido en los conservadores de hoy. Y Trump refuerza ese impulso inmovilista. Pero queda una última oportunidad para acometer las reformas que la isla necesita.

La revolución cubana cumple 60 años y se hace necesario un Pequeño timonel
Miguel Díaz-Canel, sucesor de Raúl Castro. /  @CubaMINREX
Miguel Díaz-Canel, sucesor de Raúl Castro. / @CubaMINREX

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Manuel de la Iglesia - Caruncho

Manuel de la Iglesia - Caruncho

El autor, MANUEL DE LA IGLESIA - CARUNCHO, escribe en MUNDIARIO. Es doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense de Madrid, se especializó en Economía Internacional y Desarrollo. Trabajó para la cooperación española en distintos puestos en la Agencia Española de Cooperación Internacional en Madrid y durante casi quince años en Nicaragua, Honduras, Cuba y Uruguay. También pasó un año en Inglaterra como Visiting Fellow, en el Instituto de Estudios de Desarrollo de la Universidad de Sussex. Como ensayista, ha publicado numerosos artículos y obras como El impacto económico y social de la cooperación al desarrollo y The Politics and Policy of Aid in Spain. Como narrador, ha publicado el libro de relatos Atractores Extraños y las novelas Los dioses de la sombra juegan pelota y A pocas leguas del Cabo Trafalgar. @mundiario

Desde el triunfo de la revolución en 1959, Fidel Castro contó con argumentos incuestionables en favor del socialismo. Por un lado, las actuaciones norteamericanas contrarias a los revolucionarios de Sierra Maestra: en cuanto se aprobó la Ley de Reforma Agraria que permitió la nacionalización de grandes latifundios, entre ellos los de propiedad norteamericana, a EE UU le faltó tiempo para suprimir la cuota de azúcar cubana, embargar la venta de petróleo estadounidense a la isla y cometer una serie de actos de sabotaje e intentos de asesinar al propio Fidel Castro; una animadversión que culminó con la fracasada invasión de Bahía de Cochinos en 1961. Mientras, la URSS se ofreció a comprar el azúcar cubano a mejores precios y a suplir el petróleo que la isla requiriese. No había otra opción y el 16 de abril de 1961, después del bombardeo norteamericano a varios aeropuertos, se proclamó el carácter socialista de la revolución.

Una revolución que se caracterizaría por un líder indiscutible, Fidel Castro, Comandante en Jefe, secretario general del PCC y presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros; y por una economía centralizada, con la propiedad de todos los medios de producción en manos del Estado, a excepción de algunas propiedades agrícolas que permanecieron en poder del campesinado, si bien con la obligación de vender toda la producción al Estado.

La hostilidad estadounidense fue, paradójicamente, una de las claves para que Fidel Castro permaneciese tanto tiempo en el poder. El embargo sirvió para justificar el fracaso de la revolución en el terreno económico. El empeño de Castro en manejar como una finca particular algo tan complejo como la economía de un país, le llevó en 1968 a nacionalizar todas las empresas, incluidas las pequeñas y medianas: unas cincuenta y ocho mil. En el contexto de la Guerra Fría, la justificación de centralizar toda la economía fue defendida por Fidel con toda fiereza. Su tradicional obstinación, que permitió a la isla no doblegarse ante el imperialismo durante 60 años, resultó también demoledora para el desempeño económico.

Cuando colapsó la URSS, la economía cubana, fuertemente dependiente de aquel país, sufrió un brutal descalabro. El PIB cayó más de un 35% y Cuba entró en lo que se denominó “Período especial”. La situación para la población fue angustiosa. Recuérdese el episodio de la “neuropatía óptica”, una epidemia de ceguera causada por la falta de vitaminas. Es la época de los balseros, que ponían en riesgo su vida para cruzar el estrecho de Florida, una emigración que unida a la de los primeros tiempos de la revolución y al éxodo del Mariel de 1980, llevó a más de un millón de cubanos a Norteamérica.

Durante el Período especial, Fidel Castro, por primera vez, se vio obligado a aceptar algunas medidas liberalizadoras, permitiendo los mercados libres campesinos y el ejercicio de determinadas actividades por cuenta propia, lo que supuso un cierto desahogo y una mejora de la dieta alimentaria. También, a comienzos de los 90, se impulsó la inversión extranjera en los sectores turístico y minero, se promovió el turismo y se permitió la recepción de remesas en divisas. Pero siempre a regañadientes. Varios altos cargos que defendieron la apertura más de la cuenta –Aldana, Lage, Robaina, Pérez Roque–, terminaron defenestrados.

La victoria de Hugo Chávez en las elecciones de Venezuela en 1999 supuso un duro golpe para el proceso reformista cubano. El petróleo generosamente despachado por Venezuela a precios subvencionados y los créditos otorgados por ese país a cambio del envío de médicos, supusieron un respiro para el régimen, permitiendo a Castro congelar las reformas. Cuba no destacaría por sus tasas de crecimiento pero, sumando el apoyo venezolano, los ingresos por turismo, las remesas, la inversión extranjera y las exportaciones de azúcar, níquel, medicamentos y tabaco, tampoco se iría a pique. Entonces, ¿para qué copiar, adaptándolas, las reformas chinas impulsadas por Deng Xiaoping, el Pequeño timonel, que permitieron a ese país multiplicar por 40 veces su PIB, alcanzar una renta per cápita superior a los 8 mil dólares o sacar a centenares de millones de chinos de la pobreza, si ello suponía ceder parte del control de la economía? No, la apertura económica no era del agrado de Fidel.

El momento dulce llegó con el acceso de Raúl a los máximos cargos y con Obama a la Presidencia de EEUU. La apertura de embajadas fue el hecho simbólico, pero hubo mucho más: por el lado norteamericano, el turismo se multiplicó por cinco y se eliminaron las restricciones al envío de remesas; por el lado cubano, se abrieron nuevos hospedajes privados y más paladares, se permitió un incipiente mercado inmobiliario, se aprobaron nuevos trabajos por cuenta propia y se autorizó a los cubanos a viajar libremente fuera del país. Parecen cambios menores, pero en Cuba no lo eran; aunque, sí, resultaban insuficientes. Aliviaban, pero todavía no permitían un vigoroso crecimiento. Aun así, el futuro se anunciaba prometedor, una impresión a la que contribuían las reformas liberalizadoras previstas en los “Lineamientos” aprobados en el VI Congreso del PCC en 2011, ya con Raúl Castro como secretario general. Todavía podía conjurarse la imposibilidad de llegar a fin de mes a todo cubano que no recibiese remesas, trabajase por cuenta propia o en el sector turístico, o “distrajese” algún bien estatal para su venta. Además, con el crecimiento esperado, también podría resolverse la unificación de las dos monedas –el CUP y el CUC– que tantas distorsiones provocan.

Pero, como si una fatalidad operara siempre en contra del proceso reformista, tres golpes lo amenazaron nuevamente: la paralización por Trump del proceso de apertura hacia la isla; la situación caótica de Venezuela, que compromete seriamente el suministro energético; y, por si fuera poco, el triunfo de Bolsonaro, quien dio el carpetazo al apoyo del personal médico cubano desplazado a Brasil a cambio de varios cientos de millones de dólares anuales. El resultado ha sido una nueva paralización del proceso de reformas. El papel de los conservadores de la revolución en este nuevo cierre de filas es claro. En 2016 se estimó que sólo se habían implantado el 21 por ciento de los Lineamientos aprobados en el VI Congreso, lo que habla del poder que todavía detenta el sector inmovilista.

El tiempo se agota para llevar a cabo los cambios que Cuba necesita, como el cultivo de las tierras estatales ociosas, sin tantas condicionalidades para su entrega; potenciar la inversión extranjera, cuyas cifras, en términos relativos, son las menores de América Latina; otorgar mayor autonomía a las empresas estatales; y permitir a los propios cubanos invertir en su país, expandiendo el trabajo por cuenta propia y reconociendo a las pequeñas y medianas empresas privadas –no es casual que lo que los economistas llaman tasa de formación bruta de capital fijo sea la menor de América Latina–, Sería esencial que la nueva Constitución cubana, cuyo texto se someterá a referéndum el próximo mes de febrero, recoja estas formas de propiedad con todas sus consecuencias, incluyendo la posibilidad de acceder a créditos o contratar a empleados directamente. Al liberalizar la economía se enriquecerán algunos cubanos y aumentarán las desigualdades, pero el Estado tiene en sus manos palancas suficientes para redistribuir la riqueza que se genere, comenzando por una política fiscal progresiva y una política presupuestaria de calidad.

¿Qué escenarios quedan si no se toman con rapidez las medidas liberalizadoras? Con el escaso crecimiento del PIB de los últimos años y el estimado para el futuro, apenas el 1% anual, el Gobierno encabezado por el actual Presidente Díaz Canel, cuando fallezca Raúl, no contará con la legitimidad que, por el contrario, le proporcionaría el progreso económico. Y no es descabellado aventurar entonces que Cuba podría terminar como Nicaragua. Una chispa que se enciende y un estallido social de protestas que le sigue. En el caso de optar por la represión, el régimen cubano tendría sus días contados. Cuba no es China y su gobierno no sobreviviría a una versión habanera de las masacres de la plaza de Tiananmén. Y entonces sí, los sacrificios de 60 años para construir una sociedad más justa, más igualitaria, una sociedad que devolvió la dignidad al pueblo cubano rescatando la soberanía de la isla de la prepotencia norteamericana, habrán sido en vano.

Nota final

Además de las reformas económicas, Cuba necesitará en algún momento encarar cambios políticos. El modelo vietnamita o chino, liberal en lo económico y de partido único en lo político, es atrayente para el régimen –por lento que se muestre a la hora de seguirlo–, pero Cuba no es Vietnam ni China, ni está enclavada en el lejano Oriente.

¿Sería viable una isla próspera, integrada con el resto de Occidente a través del turismo, la emigración, las inversiones, el comercio, los avances científicos… sin ampliar las libertades individuales y sin celebrar elecciones?. @mundiario