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¿Cuántos muertos más se necesitan para que renuncie Daniel Ortega?

En Nicaragua se superan los 170 muertos. ¿Cuántos más requiere la comunidad internacional para apoyar al pueblo de Nicaragua en su clamor por la dimisión de Ortega?

¿Cuántos muertos más se necesitan para que renuncie Daniel Ortega?
Manifestación en Nicaragua. / Javier Bauluz
Manifestación en Nicaragua. / Javier Bauluz

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Manuel de la Iglesia - Caruncho

Manuel de la Iglesia - Caruncho

El autor, MANUEL DE LA IGLESIA - CARUNCHO, escribe en MUNDIARIO. Es doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense de Madrid, se especializó en Economía Internacional y Desarrollo. Trabajó para la cooperación española en distintos puestos en la Agencia Española de Cooperación Internacional en Madrid y durante casi quince años en Nicaragua, Honduras, Cuba y Uruguay. También pasó un año en Inglaterra como Visiting Fellow, en el Instituto de Estudios de Desarrollo de la Universidad de Sussex. Como ensayista, ha publicado numerosos artículos y obras como El impacto económico y social de la cooperación al desarrollo y The Politics and Policy of Aid in Spain. Como narrador, ha publicado el libro de relatos Atractores Extraños y las novelas Los dioses de la sombra juegan pelota y A pocas leguas del Cabo Trafalgar. @mundiario

Hay ocasiones en las que no queda más remedio que dejar a un lado el lenguaje diplomático. Y cuando el presidente de un país se ha manchado las manos con la sangre de más de 170 personas, nos encontramos ante una de ellas.

A estas alturas, los hechos sucedidos en Nicaragua en estos dos últimos dos meses son suficientemente conocidos. Allí estalló una revuelta popular pacífica contra Daniel Ortega, el mandatario que preside el gobierno, y Rosario Murillo su mujer y vicepresidenta del país. Las protestas comenzaron por un decreto de reforma de la seguridad social que rebajaba las pensiones e incrementaba las cotizaciones, y que pretendía cubrir el déficit del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS) provocado por una muy mala gestión del mismo. Esas protestas iniciales fueron brutalmente reprimidas por la policía y grupos parapoliciales. Entonces arreciaron las manifestaciones contra la represión, y ésta se agudizó. La visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) al país atestiguó, en un informe demoledor de fecha 21 de mayo, la pérdida de 76 vidas, 868 heridos y 438 detenidos. También documentó “detenciones ilegales, prácticas de tortura, tratos crueles, inhumanos y degradantes; censura y ataques contra la prensa y otras formas de amedrentamiento, como amenazas, hostigamientos y persecuciones dirigidas a disolver las protestas y a inhibir la participación ciudadana”.

Sin que cesase desde entonces el goteo de muertos, el siguiente hito de la violencia desatada se registró el 30 de mayo, Día de las Madres, una fecha muy sentida en Nicaragua, al finalizar una gran marcha de apoyo a las familias de los fallecidos. A pesar de que participaron cientos de miles de nicaragüenses (véase el video), los manifestantes fueron atacados a tiro limpio, lo que provocó la muerte de otras 14 personas y un centenar de heridos. Sumando las víctimas de los distintos ataques, a mediados de junio se contabilizan más de un millar de heridos y unas 170 personas fallecidas.

Además de Managua, otras ciudades, particularmente Masaya, donde la población se ha atrincherado construyendo barricadas, son testigos de ataques protagonizados por fuerzas antimotines y parapoliciales. Mientras padece los disparos de fusiles de grueso calibre que provocan un goteo interminable de muertos, la ciudadanía se defiende como puede, a través de las movilizaciones pacíficas, armas caseras y levantando “tranques” (bloqueos) por todas partes, encaminados a impedir los movimientos ofensivos de las fuerzas de represión. Las barricadas, debido a la situación geográfica de Nicaragua, también han paralizado el tránsito de camiones entre los países centroamericanos, lo que perjudica el comercio regional y provoca pérdidas millonarias, pero constituye a la vez otra medida de presión.

Las Fuerzas Armadas hasta el momento no ha participado directamente en la represión de esta revuelta pacífica, pero no resulta difícil conjeturar que, cuando algunos grupos de rebeldes comiencen a armarse para responder a los ataques, Ortega tratará de involucrar más activamente al ejército. Este es tal vez uno de los asuntos más espinosos, pues ya en Estelí, el Día de las Madres, un vehículo que se dirigía a una contramarcha convocada por el régimen, transportando a simpatizantes de Ortega, sufrió un ataque que dejó tres muertos.

La comunidad internacional

¿Qué hace la comunidad internacional mientras el pueblo nicaragüense pide masivamente el fin de la violencia y la dimisión de Ortega, en un clamor que ha llevado incluso a la patronal, tradicional aliada del Gobierno, a participar en un paro nacional el pasado 14 de junio, una huelga que paralizó el país? De momento, se muestra cauta, sin jugar un papel muy decidido. Es cierto que tanto la Unión Europea como Estados Unidos y la Organización de Estados Americanos (OEA) han condenado la represión. ¿Qué menos pedir en estas circunstancias que el cese de la violencia y la convocatoria de elecciones con garantías? ¿Qué menos que apoyar el diálogo nacional que, con la mediación y buenos oficios de la Iglesia Católica, se desarrolla a trancas y barrancas, con intermitencias y suspensiones por los ataques y muertos que se producen sin cesar, entre el Gobierno orteguista y la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia -que agrupa a los estudiantes, campesinos, empresarios y sociedad civil-? ¿Qué menos que exigir un adelanto electoral, al que Ortega todavía se muestra remiso? Pero todo indica que estas declaraciones de buenas intenciones se quedan ya muy cortas. Sin ir más lejos, aunque el viernes 15 de junio se reanudó el Diálogo Nacional y se acordó, según el comunicado de la Comisión de Mediación y Testigo, el cese de toda forma de violencia y un plan para la remoción de los tranques, “a implantar a la mayor brevedad”, las fuerzas antimotines atacaron esa misma noche con disparos de bala en la ciudad de León, mientras fuerzas parapoliciales quemaron una vivienda en Managua, provocando cinco víctimas mortales.

Sin duda la comunidad internacional debe apoyar, en primer lugar e incondicionalmente, los intentos realmente meritorios y loables de la Comisión de Mediación y Testigo de acordar, a través del Diálogo Nacional, el cese de la violencia, el adelanto de las elecciones -sin la posibilidad de reelección-, la sustitución de los miembros del Consejo Supremo Electoral por personas con credibilidad y la creación de una Comisión de Verificación y Seguridad formada por el Gobierno y la Alianza Cívica que, con apoyo de Naciones Unidas, la CIDH, la Unión Europea y, por otra parte, con la Iglesia como testigo, garantice el cumplimiento de los acuerdos a los que se llegue. No obstante, cuesta imaginar una solución que no comience con la renuncia de Ortega. 170 muertos documentados, seguramente más cuando se publique este texto, es suficiente argumento para exigir su salida inmediata. Y si es impensable que Daniel Ortega continúe en el poder teniendo en contra a la gran mayoría de la población y a dos de los principales poderes fácticos, la Iglesia y el empresariado, quedan dos opciones: o se va cuanto antes, y se evita así un sufrimiento aún mayor al pueblo nicaragüense; o se va más tarde, dejando muy probablemente en los próximos tiempos un reguero aún mayor de cadáveres. Porque lo que no parece que vaya a remitir, mientras Ortega no renuncie, es la rebelión popular. Un gobierno de transición, ya sin Ortega pero con personas de su partido y con el consenso de la Alianza Cívica y la supervisión internacional, podría convocar elecciones en un plazo breve, con un nuevo Consejo Supremo Electoral fiable y garante de la limpieza del escrutinio.

El presidente de Nicaragua, como si fuera un personaje del Señor de los Anillos, ha sido incapaz de sustraerse al influjo más perverso y negativo del poder y se ha convertido en un asesino de su pueblo. La comunidad internacional: América Latina, Europa -España, en este asunto puede jugar un papel relevante-, Estados Unidos, la OEA, debe apoyar decididamente todos los esfuerzos para lograr una salida pacífica. Pero también debe estar dispuesta, si la población nicaragüense lo continúa demandando, a presionar a Ortega para que se vaya cuanto antes. En caso contrario, si sigue la revuelta y la sangría de muertos con Daniel en el poder, demostrará una inacción insensible, lamentable e inaceptable. @mundiario