Cuando el proceso de evolución es largo, es fácil olvidar cuánto se ha avanzado

Leyes. / RRSS
Las leyes de hoy son fruto de un largo proceso de evolución legislativa.

La crisis que parece no tener final impulsa reformas importantes, y algunas, peligrosas, por lo que a veces viene bien hacer un breve repaso a algunos antecedentes históricos.

Cuando el proceso de evolución es largo, es fácil olvidar cuánto se ha avanzado

La evolución, según una de las acepciones de la RAE, si me permiten escoger la filosófica, es la “doctrina que explica todos los fenómenos, cósmicos, físicos y mentales, por transformaciones sucesivas de una sola realidad primera, sometida a perpetuo movimiento intrínseco, en cuya virtud pasa de lo simple y homogéneo a lo compuesto y heterogéneo”.

Muchas veces, cuesta entender para qué están algunas cosas como están, cómo algunos derechos han ido ganando terreno sobre otros, o porqué no coartamos algunas libertades para ganar en seguridad. Pero el punto en el que estamos, heterogéneo y complejo, con mucho camino andado y no sabemos cuánto por andar, es el resultado de haber dado muchos pasos con anterioridad.

Algunos ejemplos en la historia

Desde el principio de los tiempos, cuando la sociedad no sabía escribir y las leyes eran solo consuetudinarias, la norma más justa era, probablemente, la ley del talión. Cualquiera estaba legitimado para aplicar la misma moneda, ya saben, ojo por ojo. Pero a raíz de algunas injusticias inmortalizadas, y otras no inmortalizadas, se fue evolucionando hasta aplicar unas garantías a los acusados de un crimen. Un proceso justo, imparcial, con derecho a la defensa. Y además, unas penas limitadas, racionales, acordes con la infracción cometida y con el dogma de que “más vale un culpable en la calle que mil inocentes en prisión”.

Hubo una época en la que en España, los niños se pasaban el día trabajando en la fábrica, la jornada laboral duraba de sol a sol y los salarios apenas llegaban para comer todos los días. Y así, a base del sacrificio de aquellos pioneros trabajadores de la Revolución Industrial, se fue descubriendo qué era la explotación en la sociedad moderna, y adquiriendo algunos derechos que se erigieron, por coherentes con la dignidad humana, en irrenunciables. Desde la histórica Ley Benot, se fue limitando, sucesivamente, la edad mínima para trabajar. También se legisló sobre los límites de la jornada laboral y se aprobaron normas para fijar un salario mínimo interprofesional.

Por la proliferación de accidentes en el trabajo, se fueron gestando normas que regulasen unas precauciones mínimas, y después, una legislación más desarrollada sobre prevención de riesgos laborales. Por abusos de estados policiales, se originaron unas limitaciones al uso del poder. Porque hubo crímenes contra la humanidad, se legisló para intentar evitarlos, y sino, para intentar exigir responsabilidades, aunque muchas veces no se consiga. Porque de ideas individuales surgieron principios colectivos, y de ellas grandes revoluciones, se fue permitiendo la libertad de expresión; y por pensar libremente, se formaron las grandes teorías que explican nuestro mundo.

En el medio del camino, no se debe retroceder

Para garantizar algunos servicios se entendió que era necesario separarlos de giros políticos y de intereses económicos. Se consideró que para cumplir determinadas funciones en interés general, se debían crear cuerpos compuestos por funcionarios públicos cuya situación y condiciones jurídicas garanticen la estabilidad en su empleo y la independencia de cambios de gobierno y de influencias externas. Cada vez en mayor medida, el imaginario colectivo fue aceptando más funciones como públicas, que requieren estar lejos del devenir de decisiones basadas en la oportunidad, y sobre todo, no depender de criterios de rentabilidad económica. Existen valores que no se miden en euros, sino en calidad de vida, longevidad o equidad. Y aunque a veces, haya quien incumpla los objetivos de eficiencia, coordinación o legalidad, estos incumplimientos pueden manchar la opinión pública sobre los funcionarios, pero no sobre su necesidad. A lo largo de la historia, se creó un concepto de interés general por el que exigimos al Estado que cumpla con determinados objetivos. Se constituyeron algunos colectivos imprescindibles que contribuyen a mantener un Estado de Bienestar que, aunque tambaleante, hoy parece irrenunciable.   

Y por eso, antes de criticar lo actual, deberíamos hacer un repaso breve de la historia, no para no cambiar nada, que seguramente sea necesario, sino para entender el porqué de muchas cosas, y saber escoger lo que no deberíamos cambiar para no involucionar. No hay nada perfecto, y las desventajas de algunas bases de nuestro sistema suelen ser el resultado de una larga evolución, que a base de prueba y error, fue adoptando decisiones para intentar formar, con mayor o menor acierto, un Estado de Bienestar. Con todo lo que aún queda por mejorar, ¿es necesario dar pasos atrás? ¿La situación económica requiere una renuncia a algunos derechos? ¿A cuáles? Porque evolución no está contenida en revolución por casualidad, sino que es fruto de situaciones insostenibles en las que o se avanza, o se retrocede. Dicen que uno solo valora lo que tiene cuando lo pierde, pero entonces, y sobre todo si la salud de un Estado está en juego, suele ser demasiado tarde.

Cuando el proceso de evolución es largo, es fácil olvidar cuánto se ha avanzado
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