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Con Torra se hace visible el miedo y la resignación en el propio nacionalismo

Ni siquiera hay celebración en los diarios de corte independentista, sino una sensación de miedo generalizada y de incertidumbre ante el nombramiento de Torra como President.

Con Torra se hace visible el miedo y la resignación en el propio nacionalismo
Quim Torra. / Mundiario
Quim Torra. / Mundiario

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Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED, Premio Nacional Fin de Carrera, fue coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. Actualmente es columnista y crítico de MUNDIARIO.

"¿Y ahora qué va a suceder?" Era la pregunta que toda la generación de mi padre se formuló tras la muerte del dictador.

Lo alarmante del nombramiento de Torra es la sensación de miedo que ha calado entre los propios sectores del independentismo, inclinados a transigir por el pensamiento mítico de que todo vale para conseguir la Arcadia, incluso Torra.

Los escritos y los tuits de quien ahora va a gobernar Cataluña evidencian lo que muchos llevamos manifestando desde hace años: el nacionalismo es una demarcación étnica, la consumación de una diferencia racial que arraigó cuando Napoleón masacraba el este de Europa.

Leo algunos periódicos de corte independentista y encuentro en muchas firmas, proclives siempre a la unilateralidad, un tono de sobria resignación que me intranquiliza. No hay euforia.

Las manifestaciones de Ada Colau corroboran, además, el hundimiento de esa otra Arcadia que creía compatible socialismo y nacionalismo dentro de una Europa que conoce bien los estragos de la balcanización. Torra los ha puesto delante del espejo. 

Muchos creímos que el crecimiento del independentismo en Cataluña era una reacción, hasta natural, a la crisis institucional de un país, cuyos partidos políticos, además de mostrarse inoperantes, frivolizaban con la lepra de la corrupción entre sus propios regentes dentro de un contexto de recortes sociales que afectaba a todos los españoles. Muchos creímos que las CUP o algunos sectores de ERC pertenecían a un movimiento antisistema, de carácter global, fruto de un cambio generacional que comprobaba la decadencia de una Corona que parecía no representar a nadie tras la abdicación de Juan Carlos. 

Pero no ha sido así. Perseguían la etnicidad,aunque una mayoría importante ni siquiera se percatase de eso. Por desgracia, la historia tiene ejemplos para aburrir de esa ingenuidad. Parafraseando a Don DeLillo: "No hay aficionados dentro del mundo de la propaganda".

Aunque no lo parezca, el escenario es nuevo, completamente nuevo. Supera a las CUP. Supera a Puigdemont. Porque ahora la supremacía es visible y Podemos llega tarde, Colau llega tarde, Iceta llega tarde. El propio independentismo llega tarde porque, como se ha evidenciado con la abstención de las CUP y con algunas discrepancias más que visibles en sectores afines al nacionalismo, nadie controla ya el futuro de la política en Cataluña.

Nadie va a controlar a Torra, ni siquiera el propio Torra, que deja clara la escisión identitaria y étnica entre catalanes y españoles en muchas de sus manifestaciones. Nadie puede controlar el pensamiento mítico que representa la idea de nación, como aseguraba Norbert Elias al analizar la sociedad alemana antes y después del desastre. Nadie va a controlar su simulacro en un mundo globalizado,en un escenario de falsa opresión, ajeno a las crisis humanitarias verdaderas y dolorosas. Torra ha hecho visible el daño y el origen del daño.

Y yo tengo miedo.

Porque lo que me hace temblar es que el propio radicalismo presienta que la decisión es errónea. Sin embargo, hay que seguir adelante. No se pueden echar atrás quienes apostaron tanto por la tierra que Dios prometió a Abraham.

Ningún sociólogo niega el componente irracional de las revoluciones, suponiendo que esto sea una revolución. Ya no lo es. Con Torra ya no lo es. Es su simulacro, citando a Baudrillard, lo que me parece aún más peligroso, porque nutre el pensamiento mítico hasta la mayor de las marginalidades: el autoengaño de creer que las fronteras determinan la moralidad y la felicidad de las gentes. 

Cataluña empieza a tener un problema con la propia Cataluña, sobre todo, si comienza el éxodo silencioso de "las bestias que beben odio", sobre todo si Rajoy sigue confiando en solucionar el problema delegando funciones a los jueces, sobre todo si el futuro en Cataluña se arma con más odio, sobre todo si personas como yo empezamos a tener miedo.

El odio. Sí, el odio. Nunca fue incluido entre los siete pecados capitales porque, para San Gregorio Magno, superaba en capacidad mortífera al resto de los males.