Según la Covid-19, el infierno y la culpa son los otros

Mujer con mascarilla. / Pixabay
Mujer con mascarilla. / Pixabay

Por fin vemos en directo lo que decía Sartre con mucho cabreo de quienes lo oían piadosamente.

Según la Covid-19, el infierno y la culpa son los otros

Por fin vemos en directo lo que decía Sartre con mucho cabreo de quienes lo oían piadosamente. De cuanto viene sucediendo desde el mes de marzo cabe deducir muchas cosas, o tal vez ninguna; no es que dependa de nada personal, sino que hay días en que los datos que le llegan a uno de lo supuestos responsables de estar al tanto de lo que acontece, son decepcionantes. Ya no es infrecuente dar en pensar que no hay nadie al frente y que, al ritmo que vamos, el batacazo va a ser muy grande.

El problema

Dadas las noticias que acaparan los informativos, no se sabe bien si existe un problema, y puede que no, si los cánones de la realidad son lo que se publica. Desde luego, la unanimidad en torno a lo que esté asando es imposible. Los titulares de nuestra prensa son cada vez más discordantes; resalta la  parcialidad de cada cabecera editora y, de paso, la de quienes desde una determinada óptica contemplan lo que sucede y existe.

Hasta ahora, habíamos entrevisto escenarios parecidos, pero distintos por no incluir en directo tantas vidas cercanas; a la luz de lo que ahora ocurre se puede advertir que eran ensayos nada sofisticados de lo que acontece. No hace falta remontarse a Adán y Eva y al relato de la manzana y la serpiente; como explicación de supuestas cuentas originarias exige demasiados vericuetos interpretativos para un presente como el de Instagram. Más cercano, ahí está el relato de las “armas de destrucción masiva” que desencadenaron una de las guerras inacabables del Oriente Medio después de aquella vergonzosa foto de las Azores. Y hace bastante menos, las huestes de Esperanza Aguirre denostaron a gusto contra los profesores que salían a protestar por los recortes masivos, mientras invertía en privatizaciones y conciertos educativos; en esa onda estuvieron, desde los años noventa, sus apelaciones a “las Humanidades” y, muy pronto,  a “la calidad”, “la excelencia” o la “libertad de elección de centro”, que han quedado en el escenario político como verdades incontestables mientras sus huestes aprovechaban todas las ocasiones para abandonar el servicio público de la escuela, porque los colegios privados realizaban una espléndida “función social”.

Estas historias de nuestro reciente pasado -que en Sanidad hemos vivido de lleno igualmente con ítems similares- han hecho juegos malabares con marcos conceptuales aptos para el arte trilero de mostrarnos que esa era la realidad. Vamos, que esta es la realidad que desean que tengamos presente, por encima de lo que vean nuestros ojos o nos diga en vivo nuestro sufrimiento. Nada es verdad y nada existe que no nos digan ellos con su inagotable capacidad de nuevas narrativas. Por eso, ni existen los vecinos o amigos que ya se han ido a causa de la Covid-19, ni los que se lleve por delante en lo que le reste de virulencia. Solo existe lo que vemos en las redes, en la prensa y en el Congreso: lo que cada uno de estos prebostes lleva en su lengua para soltarle al primero que encuentre si intuye que le puede contrariar su cerrado narcisismo.

Lo último, último, es que de un día para otro la realidad es antigua si no es exactamente lo contrario de lo que era; lo más moderno es modificar el relato de un momento para otro sin cortarse un pelo. Quien no lo entienda es que es corto de mollera, qué le vamos a hacer. Lo que sucede en Madrid, la capital de las Españas, es el no va más: España madrileña como nunca, es un ejemplo fetén. A nadie le importa cuánta gente se vaya a morir o no con esta pandemia; lo importante es que la economía de Madrid -y la del Universo que depende de Madrid, que debe ser muy universal-, no tolera que se sepa que nadie ha hecho a tiempo los deberes que debía hacer, que hay que tirar como se pueda y ver lo que el cuerpo social aguanta, como sea, en plan clasista o como se quiera. Este es el problema de querer ser de clase media, que seguramente crecerá, con más banderitas en las playas del Reino y, muy pronto, en el Congreso con la moción de censura que ya han puesto en marcha el 29 de septiembre Don Abascal y sus fieles.

Y la estrategia

Cuando Noemí Klein escribió aquella lúcida Doctrina del Shock, hace trece años, se quedó corta. No contaba con la envergadura de una pandemia global para que hubiera ocasión de reestructurar el sistema económico y social a fondo; no había en el horizonte un elemento de apariencia tan natural como una enfermedad devastadora para modificar las distorsiones que al capitalismo le habían supuesto, desde finales del siglo XIX, los parches que le había introducido el Estado Social y el de Bienestar para generar apariencias de equidad. Menos contaba con que hubiera tantos aprendices de brujo –también en España- dispuestos a distorsionar las funciones del lenguaje y el significado de las palabras hasta reducirlas a nada que no fuera desconfiar. Si las palabras no sirven para lo que decía Aristóteles, capaces de expresar sentimientos, dolor o pena, e intercambiar apoyos y amparo; si solo sirven para gritar y mentir consignas que no nos arropan, pronto nos encerraremos en nosotros mismos, nos dedicaremos al solipsismo y aceptaremos cuanto nos digan.

El análisis de Klein parece una profecía del presente español y, en particular, del madrileño. Estos días, el grado de distorsión entre lo urgente y lo irracional está llegando a su cenit; los ciudadanos de Madrid  empiezan a ser ejemplares en el desconcierto, no saben bien qué hacer ni a dónde acudir si les empieza a suceder algo. Pero en el corto plazo se están dando cuenta de que las sabias autoridades que tienen al frente de su destino comunitario han sido omniscientes desde el principio; por eso es probable que les sigan votando, ya los conocen…. Y para quienes dividen el mundo entre buenos y malos, este es el momento de ver en directo cómo resurge la vieja batalla del paraíso perdido; no faltará quien diga que el error es de la naturaleza y que nos gusta ser como Dios, verlo todo sin ser vistos, obligar a los demás a que vean las cosas como nosotros y ser de continuo su infierno cotidiano. Puro existencialismo sartriano. @mundiario

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