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Corrupción, el mal que no cesa

La operación Enredadera evidencia que el mal uso del poder público no es exclusivo de un partido político ni de un colectivo.

 

Corrupción, el mal que no cesa
Manifestación contra la corrupción en España. / RR SS
Manifestación contra la corrupción en España. / RR SS

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Milagros Lara Coira

Milagros Lara Coira

Licenciada en Geografía e Historia, especialidad Biblioteconomía y Archivística, por la USC. Miembro de la Asociación de Comunicación Política de España (ACOP). Postgrado en gestión de información y community management por Asociación Española de Responsables de Comunidades Online y Social Media. Ha trabajado en medios digitales y en departamentos de comunicación y ahora ejerce como consultora y es colaboradora de MUNDIARIO.

Anoche me acosté con la noticia de una operación de envergadura contra la corrupción en España. Una más. ¡Otra! Esta vez se investiga una red de adjudicaciones fraudulentas de los sistemas de control de tráfico en ayuntamientos repartidos por toda España.

Cuando creíamos que los ERE, la Gürtel, el tres por ciento catalán o el caso Nóos eran el techo y aún estábamos masticando la detención del socialista Jorge Rodríguez, presidente de la Diputación de Valencia, se destapa una red corrupta esparcida por cuarenta y cuatro ayuntamientos en la que se detiene a cuarenta personas. La novedad, al margen de la sofisticación de usar la seguridad vial para embolsarse dinero, es que la trama salpica de forma transversal a cargos políticos de diferentes partidos. PSOE, Partido Popular y hasta el impoluto Ciudadanos. Ninguno se libra. El mal uso del poder público no es exclusivo de unas siglas. Y esto resulta desolador.

Desalienta esta lacra, ajena a ideologías, que denota escasa moralidad y nula ética, favorecida por una sociedad indiferente cuando no comprensiva. Permisiva en sus silencios. Que se indigna pero consiente. La moralidad degradada por la tolerancia. Más tolerancia cuanto más afecte a los nuestros.

Desalienta sobremanera este mal que se repite una y otra vez, que escandaliza a veces por la cantidad de dinero, otras por los implicados, algunas por la complejidad que entrañan y todas por la gravedad que supone el abuso de la cosa pública para enriquecerse. Es el mal que no cesa. Políticos, instituciones, empresarios, sindicalistas, sociedad civil, aparecen protagonizando esta perversión del sistema un día sí y otro también. La corrupción es una fuente inagotable para artículos, debates y comentarios, eleva la percepción negativa sobre las instituciones y sus gobernantes y se convierte en una excelente arma de lucha contra el adversario.

Corrupción, arma arrojadiza para los partidos políticos que acusan al de enfrente mientras se ponen de perfil cuando les toca a ellos, herramienta que ha servido para cambiar gobiernos sin pasar por las urnas, material que se utiliza convenientemente para lograr fines espurios pero nunca para atajar sus prácticas, abordar su prevención y erradicarla dentro de cada partido ni de la administración pública. Porque si escandalizan los políticos corruptos también debe preocuparnos que entre los actores involucrados en casos de corrupción frecuentemente se precisa de  un colaborador necesario y no menos corrupto: empleados públicos que por acción o por omisión participen de las corruptelas. Jefes de la policía local y funcionarios municipales han sido también detenidos en el marco de la operación Enredadera desarrollada por la Unidad contra la Delincuencia Económica y Fiscal, la UDEF. No son estos los únicos empleados públicos que a lo largo de los años han sido partícipes de casos de corrupción política, como lo fueran en otra operación del mismo nombre dirigida hace años por la jueza Ayala o en el caso Guateque. La corrupción política casi siempre necesita de la connivencia funcionarial para alcanzar el éxito aunque pase desapercibida al darles un tratamiento mediático más discreto para mayor gloria del protagonismo político.

Más allá de la denuncia por los medios de comunicación que, ante la ineficacia de las instituciones, asumen el papel vigilante y fiscalizador de conductas corruptas, urge asumir posiciones valientes ante la corrupción. Es deseable seguir legislando en la línea iniciada en el 2015 para minimizar los comportamientos corruptos, pero el éxito de la lucha contra la corrupción pasa, sin duda, por una renovación personal y social que cambie actitudes y valores y reconduzca una moralidad debilitada que no es más que terreno abonado para la corrupción. @mundiario