La conjura de los necios de John Kennedy Toole, aquel profeta incomprendido, se ha globalizado

John Kennedy Toole. / personasconhistoria.blogspot.com
John Kennedy Toole. / personasconhistoria.blogspot.com

¡Bienvenidos a un mundo en el que se ha extendido, se ha redistribuido y se ha invertido en I+D+I un horror de tiempo, dinero y talento para alcanzar la gilipollez global!

La conjura de los necios de John Kennedy Toole, aquel profeta incomprendido, se ha globalizado

¡Bienvenidos a un mundo en el que se ha extendido, se ha redistribuido y se ha invertido en I+D+I un horror de tiempo, dinero y talento para alcanzar la gilipollez global! ¡Mal de muchos, de todos, consuelo de bobos! 

La primera vez que vi a una hermosa y arrogante parisina con una chaqueta de Zara, susurré para mis adentros, mientras saboreaba un café y desnudaba con los ojos la exuberante primavera que se me insinuaba en les Champs Elysées: “¡buenos días, globalización!”.

Todavía era un sentimiento desconocido para mí, como una vez la tristeza para aquella joven a la que la humanidad acabó llamando Françoise Sangan. Pero durante unos años de adolescencia sociológica, viví con la sensación de que entre la globalización y yo podía llegar a haber algo personal.

El café que no pude pagarle a Amancio Ortega

Si Amancio Ortega hubiese sido por aquel entonces accesible, le habría pagado un café con mucho gusto y le habría descrito con todo tipo de detalles aquella mañana en París: “la sangre hervía en mis venas, Amancio, y me dieron subidones de adrenalina en Opera, en las Tullerías, en los corredores del Louvre, en un rincón de Montmartre, cada vez que irrumpía tu marca gallega, mi marca gallega en el paisaje”.

Menos mal que el emperador de Zara ni siquiera me dio opción a transmitirle mi amable invitación, oye. Porque creía entonces que la globalización podía ser aquello: un mercado de todos, un mercado entre todos, un mercado para todos. Yo creí que si el pequeño sueño textil de un gallego podía hacerle un traje a la medida nada menos que a la Tour Eiffel, había esperanza para pequeños sueños económicos, políticos, jurídicos, democráticos, culturales, sociales, en los más remotos y marginados rincones de la tierra.

¡Por fin la humanidad había inventado la globalización como antídoto infalible contra las oligarquías, los G-ochos, los lobbys feroces, la “pax americana”, el IV Rerich incruento alemán, la City de Londres, las cruzadas cristianas, la yihad islámica, las indigestas coles de Bruselas, los impostores Simón Bolivares, las futuras madrastras preguntándole a un espejo en Berlín: “dime, espejito mágico: ¿quién es la más poderosa de Europa?”, las fronteras físicas que separaban a los seres humanos y las fronteras virtuales que separaban a los ricos de los pobres, a los poderosos de los insignificantes, a los elegidos de los electores, a los recaudadores de los contribuyentes.  Creí, de verdad, que podríamos acabar sintiéndonos orgullosos de protagonizar el siglo XXI.

7.000 millones de idiotas globales homologados y homologables

Aún conservo fotos de aquel último tongo personal e intransferible en París. Me gustaría ser condescendiente conmigo mismo y deciros que aparezco en ellas con una expresión de ingenuo irremediable. Pero en realidad creo que mi sonrisa, hibernada en un obsoleto álbum de fotos, es el paradigma de un idiota. ¡Soy un idiota! Pero no un idiota de los de antes, que podía lavar en casa sus trapos sucios de estupidez humana, sino un idiota global, de rigurosa actualidad, homologado y homologable en los cinco continentes.

Soy uno de los siete mil millones de idiotas que, por un lado, avalan las sesudas tesis de Darwin sobre la evolución de las especies, pero, por otro, en el caso particular de la especie humana, invade de metástasis del Principio de Peter y de la Ley de Murphy los vastos conceptos de la civilización, el progreso, el conocimiento y sus instrumentos de doble filo a los que llamamos pomposamente I+D y Nuevas Tecnologías.

Otra gran solución transformada en un gran problema  

Claro que la globalización fue una gran oportunidad para la humanidad. Pero olvidamos que el hombre es ese animal, al que no sé por qué llaman racional, que se distingue por una especialidad muy poco común entre el resto de seres vivos: convertir posibles soluciones en problemas irremediables. Podríamos haber globalizado el bienestar, la transparencia universal, los gobiernos de los pueblos, por los pueblos y para los pueblos, pero hemos globalizado la pobreza, la opacidad e impunidad de la corrupción y los gobiernos de los pueblos, por los pueblos pero sin los pueblos.

Podríamos haber generalizado la empatía entre los que mandan y los mandados, entre los que financian y los financiados, entre los que emplean y los empleados, entre los que gobiernan y los gobernados, entre los que proporcionan la información y los que la reciben, pero hemos globalizado el despotismo ilustrado, la usura, la esclavitud laboral y la enfermiza soberbia y conmovedora vanidad de los generales, oficiales y soldados rasos de los ejércitos mediáticos del planeta. Como diría ahora Groucho Marx: “surgiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cimas de la miseria y la gilipollez global”

¡Dios mío! ¡Y nosotros hemos hecho esto…!

Ahora, alguna vez que he vuelto a esa ciudad que vende falsos girones de bohemia y desafinadas notas musicales de “La vie en rose”, como tópica banda sonora de una vida en negro, me cruzo con una hermosa y arrogante mademoiselle marcada con el logotipo de Zara y sólo me descubro a mi mismo susurrando la última frase de la opera prima de Françoise Sagan: ¡Buenos días, tristeza! Eso es lo que se ha expandido por el planeta Tierra.

> Tristeza crónica global en los palacios y las chabolas, en los coches oficiales y los buses urbanos, en los ministerios donde se meten chutes de macroeconomía y las sedes de partidos donde se meten chutes de demagogia, en las tertulias de conservadores y las tertulias de progres, en Occidente y en Oriente, entre los lobos de Wall Street y los corderos que hurgan en los contenedores de basura y reservan cama en los cajeros, que vienen siendo los hoteles de lujo de los nuevos y masivos Miserables de Víctor Hugo.

> Tristeza diagnosticable o de naturaleza vegetativa, confesada o inconfesable, de estómagos llenos y estómagos vacíos, de personajes de Forbes y “sin techo” que han okupado portadas de La Farola, de indignantes e indignados, de 7.000 millones de necios que, cada uno a su manera, piensan que ya han encontrado la sabiduría, y los escasos sabios de pega que han dejado de buscarla, en un devastado y devastador siglo XXI que incita a proclamar el conmovedor mea culpa de Openheimer, en Álamo Gordo, cuando descubrió los efectos de la bomba atómica: ¡Dios mío! ¡Y nosotros (todos juntos y revueltos) hemos hecho esto…!

Propongo un lema, como aquel de los mosqueteros de Dumas, para que los “okupas” del siglo XXI podamos ser recordados cuando pasemos, sin pena ni gloria global, naturalmente, a la posteridad: “todos para nadie y nadie para todos”.

La conjura de los necios de John Kennedy Toole, aquel profeta incomprendido, se ha globalizado
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