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MUNDIARIO

España se hunde en la confusión como una nueva Torre de Babel

Lo que apreciamos a diario, bien en el Parlamento Nacional bien en platós televisivos, nos conduce a una conclusión nada hiperbólica: España mantiene una trayectoria oscura y peligrosa.

España se hunde en la confusión como una nueva Torre de Babel
Tesis doctoral de Pedro Sánchez. RR SS.
Tesis doctoral de Pedro Sánchez. RR SS.

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Manuel Olmeda

Manuel Olmeda

El autor, MANUEL OLMEDA, es colaborador de MUNDIARIO. Es profesor y analista socio-político. @mundiario

Según indica el Génesis y algunas narraciones mitológicas, la torre de Babel pretendía llegar al cielo en un acto de soberbia humana. Dios quiso castigar este pecado capital (que con los seis restantes conciertan vicios sociales varios) multiplicando las lenguas de quienes osaban tal monstruosidad. Así no podrían entenderse y su objetivo nunca se vería concluido. Desde luego, fuera de todo análisis sobre la altura alcanzada, este país ha excedido cotas increíbles de estupidez, defecto sin clasificar aunque protagoniza gran parte de la situación actual. Efectivamente, individuos adscritos a cualquier grupo u oficio viven rendidos al naufragio cultural, introspectivo y cívico. Echemos una mirada tolerante -para evitar frustraciones nocivas- a los medios audiovisuales. Ellos nos colocan ante personajes tan dispares, al mismo tiempo tan insólitos, como Rufián o Belén Estaban. Desde todos los puntos de vista, yo prefiero a Belén Esteban; es más natural e inteligente.

Bien pudiera apreciarse cierto paralelismo entre la soberbia que hace cinco milenios llevó al hombre a pretender acercarse a Dios y el boato hodierno. En ambos casos surge una sentencia clara: castigados a soportar nuestra pequeñez junto a la confusión comunicativa, asimismo desdoro, entre iguales. El postrero suplicio incrementa la anatomía en este país donde cada cual desarrolla un discurso unidireccional, sordo, atiborrado de rigidez. Aquí, se abre la mano, despilfarramos el dinero público, pero nadie da su brazo a torcer. No hay nada tan penoso como el diario diálogo de sordos que advertimos en platós televisivos o, peor aún, en un Parlamento áspero -a veces grosero- e indocumentado. Las formas, siempre rozando lo inaudible, se dejan excesivos pelos en la gatera por mor de una escenografía quizás mal entendida. Quien más, quien menos, representa un papel inmundo porque se aparta definitivamente de esa vocación de servicio que debiera centrar el rol político.

Ahora tenemos un gobierno que “eleva el listón de la exigencia democrática” al decir de Cristina Narbona. Salvo hermeneutas o imbéciles, nadie es capaz de interpretar en sus justos términos dicha secreción retórica. La señora Narbona no habla, porque su finalidad está muy lejos de conseguir una comunicación fluida; pervierte el lenguaje y lo torna herramienta vacía como tal. Eso sí, su intención es clara: manipular mentes poco o nada dadas a la lucubración serena, lógica, discriminatoria. Se arma, de forma consciente, ese guirigay propio de quienes esperan eternizarse en el machito. Es la tormenta perfecta: unos conviven con el esoterismo y la opacidad mientras otros muestran ciegos afanes de seguir a pies juntillas cualquier consigna. Los medios colaboran para agigantar las dificultades emisor-receptor, por encontrarse en diferente onda, amén de otras insalvables relativas a pensamiento y palabra.

Sería lógico, normal, que hubiera hondas discrepancias, disentimientos, diferentes lecturas, con personas ajenas a nuestro credo; con aquellas a quienes el arrebato babélico les hace efectuar extraños giros lingüísticos, incluso en la misma lengua. Sin embargo, no ocurre eso ni mucho menos. En personas de igual o parecida doctrina, gana de calle la improvisación, se habla diferente idioma. Incluso el presidente titubea cuando interpreta sus propias palabras. Si él no se entiende, porque cambia de discurso a poco, menos su ministra portavoz con las famosas “bombas inteligentes” que matan tras una exquisita selección previa. ¡Lo que hay que oír! Supera esa falta de entendimiento el señor Tarno (PP) cuando asegura que la ministra Robles no se parece a dicho tipo de bombas, sembrando de rebote recelos sobre su inteligencia.

Sánchez y su tesis han batido todos los récords del disloque semántico. A estas alturas dudo mucho que alguien tenga claro qué y cuándo es plagio. Políticos cercanos, quiero decir asidos a un poder en comandita, de tapadillo cubren las vergüenzas (puede que desvergüenzas) para evitar ayunos e intemperies precipitados. Algunos -hábiles, con más astucia que decencia- empiezan a agitar el acomodo porque temen perder comparsa si se diluyen demasiado en un gobierno débil, desahuciado. ¡Ah, las elecciones! Como las moscas, quieren saborear la miel pero temen morir de gula. También preocupa al ejecutivo (ese sí, pero no) que ha de emplear un lenguaje impostado para parecer lo que no es o para ser lo que no aparenta. He aquí por qué no se entienden entre ellos y menos aún con los ciudadanos Exceso de protagonismo, junto al error de creerse imprescindibles, únicos, sagrados, los ha conducido al monólogo cerrado, insolidario.

Nadie, yo al menos no, puede concebir que el Parlamento asista a individuos ligeros de señorío. Considero fuente de indigencia democrática el hecho de que alguien, ayuno de formas, pueda representar la soberanía popular. Primero porque simboliza, o debe, el honor del pueblo y segundo porque en la Cámara Nacional no caben quienes se manifiestan claramente antiespañoles. Tampoco concibo que se califique método o estrategia provocativos aquello que llanamente es incultura, ordinariez y comportamiento bochornoso; todo ello amparado por un privilegio “suprimido” y renovado en multitud de ocasiones. ¿Tiene usted vergüenza? preguntó Rufián, con premisas capciosas y sin venir a cuento, en la comparecencia de Aznar sobre la financiación ilegal del PP. ¿Es esto parlamentarismo? Cada cual quiso adornar su papel en un escenario histriónico, necio, ininteligible y nada rentable para la sociedad. Babel quedó pequeña.  

Llevamos un tiempo -desde la aparición de los populismos, sobre todo- en el que muchas palabras actúan como dioses totémicos. Pese al fondo oscuro, artero y antesala de confusiones continuas, el individuo deja guiar su vida por esta falsa llama intangible. Hoy, la televisión se ha convertido en púlpito sacrosanto al socaire de réditos nada deontológicos. Etiquetas y tics mezquinos, adobados ex cátedra, conforman su alimento característico, reiterado. Cada interviniente suelta su consideración, casi siempre funesta para una sociedad ansiosa de aprender. ¿Acaso PP o Ciudadanos representan la ultra derecha española? Así lo aseguró Monedero no hace mucho en una televisión nacional. Babel queda muy por encima respecto de España. ¿Dónde está la ultra derecha patria? ¿Existe? Hemos conseguido un idioma retorcido, diverso; herramienta prototípica de desinformación, baluarte y desenfreno. @mundiario