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Nuevas guerras, no tan nuevas: conflictos internacionales en el siglo XXI

El cambio climático, las guerras económicas y cibernéticas, el terrorismo internacional o las pandemias son tan sólo algunas de las amenazas a las que se enfrenta la sociedad global del siglo XXI.

Nuevas guerras, no tan nuevas: conflictos internacionales en el siglo XXI
Soldado americano. / Pixabay
Soldado americano. / Pixabay

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Álvaro Santos

Álvaro Santos

El autor, ÁLVARO SANTOS, colaborador de MUNDIARIO, es coordinador de programas y técnico especialista en métodos didácticos y pedagógicos en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP). Licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración, premio extraordinario fin de licenciatura por la Universidad de Granada. @mundiario

El siglo XX fue un siglo de guerras casi ininterrumpidas. Desde entonces, se han podido distinguir tres periodos cronológicos que van desde la I Guerra Mundial al fin de la II Guerra Mundial; desde ésta hasta el fin de la guerra fría y la caída del Muro de Berlín; y, por último, desde ésta hasta la actualidad. No obstante, debemos añadir que los atentados del 11-S en pleno corazón de Manhattan supusieron una nueva reconfiguración del tablero mundial.

Ya desde el fin de la II Guerra Mundial empieza a dibujarse el que será el sistema internacional que conocemos hoy día, caracterizado por el auge de conflictos dentro de los propios Estados, principalmente conflictos étnicos, con un elevado número de refugiados y ataque a civiles como objetivos de la contienda. Además, asistimos a los llamados conflictos asimétricos, donde las operaciones armadas ya no están en exclusiva en manos de los gobiernos, y donde los actores en conflicto no comparten características, estatus, ni objetivos.

Antes de la descomposición de la URSS y su desaparición como gran potencia mundial, el sistema bipolar URSS-EE UU había permitido mantener bajo control hasta cierto punto los grandes conflictos entre Estados por miedo a que un enfrentamiento mayor de características nucleares hubiese conducido a una destrucción mutua asegurada. La desmembración de la URSS, dio lugar a un aumento considerable del número de Estados, que en ocasiones conllevaba un problema etnonacionalista de fondo, además de problemas de debilidad económica, precariedad, etc. provocando un repunte de las amenazas a la seguridad regional y global.         

Progresivamente, el peso de las contiendas y conflictos han ido recayendo sobre los civiles, ya no sólo como víctimas colaterales sino como objetivo militar o paramilitar. Igualmente, otros actores como las ONGs y Agencias Humanitarias han sido y siguen siendo objetivos de las guerrillas o fuerzas armadas, entendidas como objetivos a destruir, pues son canalizadoras de la ayuda humanitaria que es usada como herramienta de presión por parte de las guerrillas. Además, el hecho de que las ONGs sean protegidas por una de las partes, hace que se disuelva la neutralidad que se les presumía.

Los refugiados son otra cuestión muy importante en estos conflictos, ya que los nuevos enfrentamientos y el cambio climático están provocando que el número de personas que huyen buscando refugio aumente considerablemente, produciendo una situación propicia para que el conflicto salte de la esfera interna a la esfera internacional, conduciendo a problemas económicos, de alimentación, de vivienda, de integración, y choques culturales en los Estados receptores.

Por otro lado, las fronteras entre lo que es una guerra civil y una guerra internacional han quedado difuminados. La intervención de los Estados en la política interna de otros Estados, de manera directa o indirecta, ha complicado la definición de estos conflictos, que bien pudieron comenzar como meros conflictos internos, pero acaban internacionalizándose, como fue el caso de Líbano.

Siria, Afganistán, Libia, Yemen, Etiopía, Burkina Faso, República Democrática del Congo, Sudán del Sur, Nigeria, Myanmar… Son sólo algunos de los muchos conflictos nacionales e internacionales que siguen abiertos y que determinarán la política internacional de los próximos años.

También se ha difuminado las líneas entre la guerra y la paz, es decir, entre la frontera que separa ambas situaciones. Esto dificulta, entre otras cuestiones, el clasificar conceptualmente un conflicto como guerra, crisis, conflictos, enfrentamiento,... Esto, a pesar de ser aparentemente una mera cuestión conceptual, tiene su relevancia pues de ello va a depender su respuesta práctica (y táctica) por parte de los Estados y Organizaciones.

En un sistema como el que estamos definiendo, se observa que vivimos en un periodo marcado por la ausencia de una autoridad global eficaz y capaz de imponerse, controlar o resolver los conflictos armados. Los Estados siguen siendo los principales actores políticos y militares, la principal autoridad más allá de las propias organizaciones y tratados.  Esto conlleva el riesgo de que las instituciones internacionales como la ONU o el Tribunal Penal Internacional pierdan la legitimidad que se les confirió con su constitución, siendo despojadas de eficacia para resolver los conflictos o los crímenes de guerra.

Debemos destacar que la principal diferencia entre el siglo XX y el XXI es la idea de que la guerra ya no transcurre en un mundo dividido en áreas territoriales bajo la autoridad de gobiernos legítimos.  Ha tenido lugar un incremento de los actores que entran en juego en los conflictos hoy día, como pueden las compañías privadas de seguridad, empresas multinacionales, grupos terroristas, piratería, etc.

El terrorismo internacional y el 11-S marcaron un importante cambio en las relaciones internacionales, sacando a la luz a un nuevo agente o actor internacional, el terrorismo internacional. Se trata de redes estructuradas, con capacidad económica y operativa, y un compendio ideológico fuerte que les dota de una supuesta legitimidad.

Los nuevos conflictos se caracterizan por su larga duración, lo que a su vez incrementa el coste de las misiones, al mantener desplegados contingentes de manera indefinida, reconstrucción, ayuda alimenticia y sanitaria, etc. en regiones sin ningún interés concreto para la población de los Estados implicados y que no reporta beneficio alguno aparente, dificultando además la aceptación por parte de la opinión pública internacional. Por ello, es cada vez más habitual a recurrir a las controvertidas compañías privadas de seguridad, externalizando el poder militar y sustrayendo del control público muchas de las operaciones.

Además, existe otra herramienta presente en todos los conflictos y que ha estado presente desde el inicio de los tiempos, el miedo. Ya sea el país vecino, el refugiado, el extranjero, el terrorismo o un enemigo invisible como las pandemias, el miedo siempre es un elemento inherente al estallido del conflicto.

Aunque las guerras convencionales entre Estados parecen quedar atrás por su alto poder destructivo, prospectivamente no se puede descartar el peligro de una guerra global o regional. Recordemos la reciente invasión de Crimea por parte de Rusia, o pensemos en la escalada de tensión entre Estados Unidos y China, primero revestida de guerra económica y ahora de guerra sanitaria. Además, no debemos descuidar la atención sobre Rusia, quien en la actual pandemia por el covid-19 parece no estar jugando un papel protagonista, pero muy seguramente debe estar moviendo sus peones en este tablero de ajedrez mundial. El desgaste de EE UU como potencia hegemónica, militar, económica, política y culturalmente, junto a la fuerte puja económica de China y su aumento en gasto militar, así como las constantes divisiones internas en la Unión Europea, parecen dibujar un mapa con al menos tres superpotencias regionales altamente polarizadas.

A pesar de todo, el sistema internacional de hoy es más propicio para alcanzar una paz duradera que los anteriores puesto que la opinión de la población mundial parece estar, hoy más que nunca, comprometida con la paz y el respeto de los Derechos Humanos, resultándoles cada vez más difícil a los gobiernos justificar sus acciones armadas. Veámoslo como una oportunidad. @mundiario