Tanto España como Europa son producto de la herencia cultural, religiosa y humanista

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Una tradición de siglos en Sevilla.

El conflicto entre sociedad laica y las tradiciones sociaculturales de origen religioso: ¿borramos de un plumazo la historia de España?, se plantea este colaborador en un nuevo análisis.

Tanto España como Europa son producto de la herencia cultural, religiosa y humanista

Con motivo del Día de San Clemente, 23 de noviembre, aniversario de la entrada de San Fernando en la ciudad de Sevilla, la Catedral de Sevilla acoge desde hace siglos la llamada Procesión de la Espada, con la de San Fernando y pendón del conquistador de la ciudad hasta las plantas de la Virgen de los Reyes. Lleva la espada el alcalde y el concejal más joven, el pendón. Los alcaldes socialistas han respetado esta tradición sevillana.

Las propuestas de avance hacia una sociedad laica, que subraye la separación entre el Estado y las creencias religiosas de los ciudadanos, coinciden con las reclamaciones y objetivos de algunos sectores implicados en desmontar una parte esencial de la cultura, la tradición y los elementos identificativos de lo que hasta ahora entendíamos –y reconocíamos- como nación española. La ruptura se hace visible en la presentación, desarrollo y contenido de determinados actos, ceremonias, eventos y acontecimientos a través de las cuales se manifiestan las instituciones públicas.

En Occidente somos subsidiarios de la herencia judeo-cristiana y de su sistema de valores; de la cultura grecolatina y de los principios democráticos que traen causa de la Ilustración y la Revolución Francesa, como referentes indiscutibles. En el Preámbulo de Proyecto de Constitución Europea se invoca como fundamento  “la herencia cultural, religiosa y humanista de Europa”, a partir de la cual se han desarrollado los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona humana, la democracia, la igualdad, la libertad y el Estado de Derecho.

Determinados activos de la cultura religiosa de Occidente no son solamente actos específicos de una determinada creencia personal, sino que han trascendido al conjunto de la sociedad civil como valores culturales que forman parte de la esencia misma de Europa y de la que son elemento visible sus propias catedrales como los alminares lo son de la cultura musulmana.

Algunos colectivos vienen postulando a través de un insistente aparato de propaganda, campañas permanentes, en orden a desposeer, deslegitimizar o revisar los fundamentos que, a partir de la más solvente historia de España, han sido considerados los soportes de la personalidad colectiva de los españoles y de sus manifestaciones tradicionales. No distinguen lo que son tradiciones y convicciones religiosas de lo que son sus efectos y consecuencias culturales, de los hábitos y usos que forman parte de la vida cotidiana, de la tradición civil y de la expresión de sentimientos mucho más arraigados y generalizados que unas cuantas creencias de unos pocos particulares.  El Reino de España está plagado de tradiciones multiseculares en las que las autoridades civiles ejercen de anfitriones, protagonistas o invitados relevantes en eventos de carácter religioso, tan arraigados en la tradición histórica que, al margen de las convicciones personales de cada uno, el representante público ha de afrontar el papel que le deparan precisamente por serlo.

La política –iniciada por el PSOE de Zapatero- de reformas y modificaciones en las normas, hábitos, costumbres y tradiciones oficiales del Reino de España, en orden a conseguir el total laicismo del Estado y la absoluta separación del mundo oficial con respecto a las confesiones religiosas, en particular la católica, coincide y, de alguna manera se ahorma, con la pretensión de determinados sectores y órganos de opinión de revisar la propia historia de España y otorgar nuevas lecturas e interpretaciones de relevantes hechos del pasado, alrededor de los cuales se ha construido la teoría de la propia identidad nacional.

Los pretendidos avances, nuevos objetivos y políticas para convertir a la sociedad española en un ejemplo de laicismo e independencia entre el Estado y las tradiciones religiosas del país fue acelerado por el PSOE y otros sectores interesadamente implicados en desmontar, revisar o reescribir una parte esencial de la cultura, la tradición y los elementos identificativos de lo que hasta ahora entendíamos –y reconocíamos- como nación española.

Así pues, este fenómeno cursa en dos direcciones paralelas que, sin duda se complementan y abre el viejo debate de qué es España. Es evidente que, en este sentido, esa ruptura adquiere mayores manifestaciones en la presentación, desarrollo e imagen públicas de determinados actos, ceremonias, eventos y acontecimientos a través de las cuales se manifiestan las instituciones públicas. El ceremonial y el protocolo de una gran clase de aquéllos están siendo afectados en todos los ámbitos de la estructura administrativa del Estado, desde la Casa Real a los municipios, pasando por las comunidades autónomas, las Fuerzas Armadas, las fundaciones y los patronatos públicos.

No deja de ser una curiosa paradoja que, mientras –como prueba de tolerancia, modernidad, y multiculturalismo- en las ciudades españolas de Melilla y Ceuta se incorporaron al calendario oficial, festividades musulmanas, en atención a los ciudadanos de esta religión que residen en aquellas plazas, se proponga limitar, reducir o simplemente suprimir otras manifestaciones de la tradición cultural y religiosa española del resto del país. En este mismo sentido, las disposiciones en vigor en España sobre libertad religiosa y los convenios suscritos por el estado con otras confesiones, prevé incluso que, en determinadas circunstancias, la religión de un ciudadano o residente extranjero en España pueda tener o dar derecho a reclamar determinados efectos en el ámbito civil e incluso laboral (fiestas, descansos, etc.). En Barcelona, sin ir más lejos, determinadas confesiones musulmanas son autorizadas a manifestarse en la calle, sin otra limitación que evitar hacerse sangre (como exige el rito propio de dicha facción en su versión genuina), al auto flagelarse públicamente.

Conviene insistir en que organizaciones de carácter musulmán vienen postulando, sobre todo a través de sus páginas web y de un insistente aparato de propaganda, campañas permanentes, en orden a desposeer, deslegitimizar o revisar los fundamentos que, a partir de la historia de España, han sido considerados los soportes de la personalidad colectiva de los españoles y de sus manifestaciones tradicionales. En este planteamiento coinciden algunas organizaciones de la izquierda política, lamentablemente instalada en una confusión de conocimientos muy peligrosa.

Hace años, al comienzo de la transición política, un concejal del Ayuntamiento de Sevilla llegó a proponer al pleno municipal llegó a proponer que en la comunidad autónoma de Andalucía se estableciese como segunda lengua el árabe. El historiador Claudio Sánchez Albornos, ya en el epílogo de su vida, reaccionó vigorosamente ante aquella ocurrencia y replicó que, caso de querer introducir un segundo idioma identitario se impusiera el latín, por ser más lógico de un país que cuando llegaron los árabes tenía ciudades llamadas Córduba, Híspalis o Gades. Hoy en día, hay asociaciones que reclaman una identidad nacional andaluza confundiendo el concepto de Al Andalus o la Vandalia con el territorio de su comunidad autónoma y no del conjunto de la península     

La casuística de los conflictos que estas posiciones tiene algunas manifestaciones emblemáticas y, a modo de prontuario, insiste machaconamente en repetir sus principios definidores. Así por ejemplo se proclama que:

> La Reconquista en una falacia histórica. La expulsión de los musulmanes fue una guerra civil entre españoles, perdida por un bando.

> Santiago Apóstol es un mito y la herencia y espacio socio-cultural que produce un invento artificial.

> La toma de Granada fue un acontecimiento desgraciado. La conmemoración de este hecho es una afrenta a la comunidad musulmana.

< Fue la intolerancia cristiana la que rompe el equilibrio y la convivencia entre las tres religiones.

> Hay que suprimir determinados festejos populares, como las celebraciones de “Moros y cristianos” porque ofenden a la comunidad musulmana.

> Deben revisarse todos las manifestaciones artísticas, gráficas, monumentales, artísticas o simbólicas que pueden incurrir en el supuesto anterior (por ejemplo, suprimir las cabezas de moro del escudo regional de Aragón).

> La historia debe ser reinterpretada en función de los principios del “multiculturalismo”.

La herencia cultural de Europa
El debate sobre esta cuestión rebasa ampliamente el marco del propio Reino de España y se adentra en las raíces mismas de Europa. Nadie discute que la Cultura Greco-Latina, la Tradición Judeo-Cristiana y la Revolución Francesa son los tres elementos esenciales sobre los que se construye la identidad europea, que en el caso de España se completa, sin duda, con el aporte de la cultura hispanoárabe. Pero cada cosa tiene su propia dimensión.
No se pueden negar las aportaciones del mundo árabe a la cultura de Europa, sobre todo durante la Edad Media, cuando el desnivel entre Europa y el mundo árabe ilustrado fue patente. Europa estaba sumida en los restos empobrecidos de una tardía latinidad mientras el Islam y el Judaísmo recuperaban lo mejor del legado griego, lo asimilaban y lo perfeccionaban. ¿Cómo negar que los sabios árabes y judíos, ayudaron a que Europa como recuperara gran parte del legado clásico?  Se ha escrito que gracias a ese trasvase, Europa rejuvenece, adopta nuevas formas de hacer ciencia, filosofía y literatura, aprende estilos nuevos de comportarse, de vivir la religión, de sumirse en los abismos misteriosos de la mística, de practicar la ascética, de amar, de disfrutar de la belleza. Los sabios hispanomusulmanes cumplieron una importante misión como industriosos intermediarios de la cultura y transmitieron a la Europa medieval la olvidada sabiduría del mundo antiguo, abriendo la posibilidad del Renacimiento.
El Preámbulo de Proyecto de Constitución Europea se inspira “en la herencia cultural, religiosa y humanista de Europa, a partir de la cual se han desarrollado los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona humana, la democracia, la igualdad, la libertad y el Estado de Derecho y añade que los pueblos de Europa, sin dejar de sentirse orgullosos de su identidad y de su historia nacional, están decididos a superar sus antiguas divisiones y, cada vez más estrechamente unidos, a forjar un destino común. Y precisa que unida en la diversidad, Europa les brinda las mejores posibilidades de proseguir, respetando los derechos de todos y conscientes de su responsabilidad para con las generaciones futuras y la Tierra, la gran aventura que hace de ella un espacio privilegiado para la esperanza humana”. Es decir, Europa es: Herencia cultural, religiosa y humanista. Somos lo que somos, venimos de dónde venimos. Y eso no se puede cambiar.

 

Tanto España como Europa son producto de la herencia cultural, religiosa y humanista
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