El conflicto catalán nos ha enseñado lo malo para poder quedarnos con lo bueno

Independencia e ilusión van de la mano en Cataluña.
Protesta independentista en Cataluña. / Mundiario

Necesitamos más Borrelles y menos Rajoys, Iglesias o Puigdemonts. La altura política permitiría afrontar todos los problemas y soluciones que necesita España. También, Cataluña.

El conflicto catalán nos ha enseñado lo malo para poder quedarnos con lo bueno

Aprovechando la oportunidad que me da MUNDIARIO y aún a sabiendas de la cantidad de opiniones que estos días nos ilustran, con el conocimiento de lo que sucede en nuestro país, y ha llamado la atención de los primeros países del mundo y de toda Europa, me animo a dejar también mi opinión, puesto que de las conversaciones entre amigos también he descubierto un micromundo que es reflejo de lo acaecido, pero especialmente, porque me ha llamado la atención la radicalización progresiva de los partidarios de uno y otro bando y en personas a quien yo tenía por calmadas y templadas en sus manifestaciones habituales. Un bando sería el nacionalismo radical catalán, es así como veo el nacionalismo que ha encabezado Puigdemont, y otro, el también, nacionalismo español, dirigido en su máxima expresión por las políticas ya no del Partido Popular sino de su máximo exponente el señor Rajoy.

El otro día escuché a alguien tremendamente inteligente y capacitado como argüía, para defender la postura de Puigdemont y su séquito, que el nacionalismo catalán llevaba doce años pidiendo un referéndum y que el Estado español hacía oídos sordos, ergo, habían tenido que instarlo y organizarlo cómo lo habían hecho.

¿Cabe saltarse la Ley?

Pues bien, me ha preocupado tal razonamiento, que parece ser seguido por muchos nacionalistas y personas de pensamiento liberal. Desde luego, fundamentar saltarse la Ley, y las normas de convivencia en función de que existe un sentimiento social o queja, por muy predominante que sea, me parece por lo menos peligroso. Así se han iniciado los régimenes dictatoriales y fascistas en gran parte del mundo. Nosotros vivimos en un régimen democrático, mejor o peor, que respeta unas normas mínimas para gobernarse, en consecuencia, habrá que buscar políticamente el consenso o el marco legal adecuado para que ese referéndum tenga legitimidad y nazca sin vicios legales. Ese abocarse la razón y la conducta más acertada es muy peligroso y lo hacían los monarcas en otros tiempos incluso por la gracia de Dios. Gracias a nuestras Leyes y por vivir en un Estado de Derecho se ha acabado con la lacra del terrorismo,  y el nacionalismo vasco ha buscado los cauces democráticos para expresarse. Nadie puede romper las reglas del juego por mucho que sus ideales lo hagan creer superior en creencias al orden establecido, cuando además convive y se beneficia de unas normas democráticas, situación no extensiva a gobiernos dictatoriales o que oprimen la libertad o los derechos fundamentales de los ciudadanos. En esos sistemas restrictivos de libertades la revolución debe saltarse las leyes debe buscar pacífica o de otro modo, el imperio de la Justicia plasmada en el imperio de la Ley, en los derechos básicos del hombre y el ciudadano, en el Ius cogens.

Pero ese razonamiento que yo exponía, y que evidentemente han defendido la mayoría de los españoles, lo ha hecho suyo y editado el tan conocido Charlie Hebdo, revista que no puede precisamente considerarse retrógrada ni facha por su historial de publicaciones, con título muy crítico con el independentismo catalán “Los catalanes más idiotas que los corsos” y viñeta muy ilustrativa, viene resumiendo que Cataluña no se encuentra en ningún país sometido a un régimen represor o dictatorial para actuar de la manera que lo ha hecho, es y forma parte de un país moderno con una democracia, que puede funcionar mejor o peor, pero que sigue unas reglas y normas que nos hemos dado todos los españoles, junto con otras, los estatutos que nos hemos dado las autonomías, su lengua es respetada y su identidad catalana reconocida y diferenciada dentro de España.

El Estado de las Autonomías

Las competencias descentralizadas en nuestro país son muchas, y quizá el sistema no es el que debiera; se han escrito ríos de tinta acerca del famoso “café para todos”, es quizá el momento de sentarse con tranquilidad y afrontar una reforma constitucional, que contemple una racionalización en la gestión autonómica y quizá, una redistribución de la riqueza más ajustada a la realidad de cada autonomía o nación, junto con un recorte importante del aparato administrativo que sustentamos, menos instituciones, menos burocracia... una reforma de la ley electoral, que ajuste las tremendas discriminaciones entre unos votantes y otros en el mismo país dependiendo de la autonomía o provincia en la que se reside, un sistema sanitario que garantice unos mínimos a todos los ciudadanos o dicho de otro modo, una garantía de que los derechos fundamentales de los españoles se gestionan igual o con unas garantías mínimas, una reforma constitucional de calado, porque quizá el pueblo español también es maduro ya para votar un régimen monárquico o un estado republicano, el modo o la forma en que quiere que se regulen sus derechos fundamentales y todo lo concerniente al bienestar social de los españoles de unas y de otras autonomías. Pero sin que el bosque me impida ver el árbol, la situación a la que ha abocado una minoría radical, es a querer cambiarlo todo sin tener el quórum necesario para transformar nada, a saltarse las reglas del juego sólo cuándo no les convienen, a imponer su punto de vista, sin tener el respaldo de una mayoría suficiente para iniciar nada dentro de la legitimidad, y esto produce miedo. Un gobierno que actúa de esa manera no tiene freno, quiebra el sistema, quiebra la paz social, la seguridad jurídica y sobre todo los principios que garantizan en un estado de derecho la libertad.

Tampoco he defendido ni defenderé la postura del otro bando, y el de esos españolistas radicales que pretenden insultar u omitir la identidad catalana, estos sí que son una minoría. Tampoco me congratulo de las políticas del señor Rajoy, y de su falta de categoría política. Se ha pasado ocho años ignorando el problema catalán, refugiándose en la Constitución y el Tribunal Constitucional, generando un gran enfrentamiento del que se ha salvado, no sin las consiguientes críticas a su gestión, por el respaldo unánime de Europa y de las instituciones europeas al sistema democrático español, pero contribuyendo con su conducta a exacerbar el nacionalismo radical. En política el diálogo es imprescindible, y cuando escucho al señor Borrell me pregunto porque ese mensaje tan claro, tan nítido y tan ajustado a la realidad, no se lo hemos oído al señor Rajoy, a quien sólo recuerdo oir  amenazar a los catalanes con el Tribunal Constitucional.

En conclusión, tristeza por la falta de nivel en los políticos que nos gobiernan, necesitamos más Borrelles y menos Rajoys, Iglesias o Puigdemonts. La altura política permitiría afrontar todos los problemas y soluciones que necesita nuestro país, y he sentido miedo, mucho miedo por como en una sociedad preparada y educada en libertad, se puede radicalizar a las personas en nombre de banderas y fronteras, enfrentando unas a otras como en los peores tiempos de nuestra historia.

Europa significa libertad, igualdad y fraternidad entre todos. Es triste ver enfrentada a una misma sociedad con tanta historia en común, por una bandera

Europa significa libertad, igualdad y fraternidad entre todos. Es triste ver enfrentada a una misma sociedad con tanta historia en común, por una bandera, cuando lo que se debería estar defendiendo por ejemplo más calidad en nuestro derechos sociales, más inversión en sanidad, educación y trabajo de calidad, aunque lo pidamos en distintos idiomas y desde nuestro sentimiento nacional, dentro del país que debería unirnos y no separarnos, a gallegos, vascos y catalanes con nuestra lengua y cultura propia, enseñando a los españoles que hablar en nuestras lenguas no es faltar al respeto al resto de España, es cuidar nuestra cultura y nuestra identidad social, algo que comprende y respeta la mayoría de españoles pero que otra parte radicalizada del país con banderitas españolas o esteladas tampoco quiere comprender.

Si en Europa hay cabida para todos y se intenta crear un espacio común para mejorar nuestra calidad de vida, qué sentido tiene segregarse de ese fin común, acaso Cataluña no tiene reconocida su identidad nacional lo suficiente, en conclusión, qué busca Cataluña, independencia de quién.

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