¿Confiamos en los jueces o nos fiamos más de los políticos?

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Relaciones institucionales del CGPJ con el presidente de Gobierno
Platón y Aristóteles plantearon el debate sobre si era mejor el Gobierno de las leyes o de los hombres, aunque fueran excepcionales.
¿Confiamos en los jueces o nos fiamos más de los políticos?

Acabo de participar en una encuesta nacional en la que se preguntaba a los ciudadanos si confiaban más en los políticos o en los jueces, a propósito del debate nacional suscitado por la no renovación del Consejo General del Poder Judicial y las críticas del Gobierno y sus hijuelas a las sentencias que le son desfavorables en los diversos ámbitos, o la propia crítica lanzada en su día por el doctor Sánchez contra lo que se llamó “judicialización” del conflicto catalán, considerando que lo agravaron no quienes vulneraron la Ley, sino quienes la aplicaron (entonces con el apoyo del ahora residente en la Moncloa)

Y, obviamente, he dicho que confío más en los jueces, aunque a veces no estemos de acuerdo con alguna de sus sentencias, por dos motivos esenciales: El primero es que creo, remitiéndome a lo que al respecto nos legaron Platón y Aristóteles en su propia controversia al respecto, que es más fiable y deseable el “gobierno de las leyes frente al gobierno de los hombres”. El segundo motivo es mi propia peripecia personal, a la que he aludido en otras ocasiones, por mis avatares como periodista. Fui procesado juzgado y absuelto por un delicado reportaje en “Hoja del Lunes” de Vigo y “Sábado Gráfico” sobre los consejos de guerra en que se juzgó a las personas que permanecieron leales a la legalidad republicana, tras el alzamiento de 1936. Pero me tuve que sentar en la Audiencia de Pontevedra en el banquillo donde lo hacen los criminales. Y no me sentí inseguro. Aparte de esto, en el ámbito civil, también tengo experiencias y salí airoso de todas ellas, especialmente recuerdo la que le gané al gobierno del PSOE del Ayuntamiento de Vigo, cuando descubrí los enjuagues y casos de corrupción de los tiempos de Manuel Soto. También salí airoso de la demanda de un narcotraficante, Marcial Dorado, el delincuente amigo del presidente de la Xunta, Núñez.

Estas experiencias de contacto directo con el aparato de Justicia me dieron una especial perspectiva y mi propia aportación a las Jornadas que celebraba la Facultad de Derecho de la Universidad de Vigo, las jornadas con jueces del Consejo General del Poder Judicial en Santiago, o mi propia presencia como conferenciante en la Escuela Judicial de Barcelona, con los futuros jueces que allí se formaban. Yo creo en los jueces porque me parece que son más de fiar que los políticos. Y no sólo porque a la política se puede dedicar cualquier indocumentado con tal de que se lleve bien con los que mandan dentro del partido, aunque no tenga oficio, beneficio ni formación, sino por la propia formación que se requiere a los jueces y el modo de alcanzar su plaza.

Vivir conforme a la Ley

Y, sobre todo, creo en los jueces, porque creo en las Leyes. En la República, Platón dice que son indispensables para la vida del Estado con estas palabras: “Es necesario que los hombres se den leyes, que vivan conforme a ellas o que, de lo contrario, en nada se diferenciarán de los animales más feroces; la razón de esto es que no se da naturaleza humana alguna que a un mismo tiempo conozca lo que conviene a los hombres para su régimen político y que, conociendo así lo mejor en ello, pueda y quiera constantemente ponerlo por obra”.

Pero fue Aristóteles en “La Política”, quien nos enorme vigencia nos traslada al momento actual que vivimos, ya que se pregunta si conviene más “ser gobernado por el mejor de los hombres o por las mejores leyes”. Se ha escrito mucho desde entonces incluso con partidarios de que un hombre excepcional pudiera estar por encima de la ley. La Ley no puede preverlo todo, ha de tener carácter general y luego ser aplicada a cada caso concreto. La Ley ha de ser desapasionada y superar los riesgos de las conductas humanas.

Ya Aristóteles advertía del riesgo de que el ocupa un cargo político resolviera los asuntos sometidos a su decisión “contra la razón, por motivos de amistad”, pero al magistrado se le debe y puede exigir rigor e independencia. Y lo resume en estas palabras: “Así, pues, el que defiende el gobierno de la ley parece defender el gobierno exclusivo de la divinidad y la inteligencia; en cambio, el que defiende el gobierno de un hombre añade también un elemento animal; pues tal es el impulso afectivo; y la pasión pervierte a los gobernantes y a los hombres mejores”. Aristóteles no afirma que el gobierno de los hombres sea, de suyo, irracional, sino que, necesariamente, incluye, además de la razón, la presencia operante de factores subjetivos y afectivos que compiten con la racionalidad humana y que pueden corromper al gobernante y, por ende, viciar sus decisiones.  Por eso, yo creo en los que aplican la Ley. @mundiario

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