La conciencia por el pasado histórico de las naciones se asoma al mundo

Protesta en defensa de las víctimas del franquismo. memoriahistoricamalaga.org
Protesta en defensa de las víctimas del franquismo. / memoriahistoricamalaga.org

Mientras una ola de arrepentimientos por el pasado histórico recorre el mundo, España gestiona su pasado “más cruel” y las posibles reparaciones con cierta ambigüedad y hasta con doble moralidad. No basta con pensarlo sino hay que sentirlo.

La conciencia por el pasado histórico de las naciones se asoma al mundo

Una ola de compunciones cruza por el mundo. Coincidente con los tiempos de la pandemia, asistimos a hitos inéditos a lo largo de los cinco continentes.  Distintos Estados se han subido en lo que va de año al estrado público para condenar y pedir perdón por los pecados cometidos en el pasado y limpiar así la conciencia histórica. Aún cuando los hechos hayan acontecido en otros siglos, el remordimiento ético e histórico de algunas  naciones modernas  se apodera  en los estos tiempos de la pandemia. Parece dejar de ser de repente un valor extraviado en nuestra era actual y cotizarse al alza. 

España sin embargo, gestiona su pasado con aparente doble moralidad, costándole admitir hasta cierta culpabilidad. Es como si los dolores de conciencia hayan sido extirpados. O peor aún, tener conciencia del pasado no es pensarlo, como en España, sino hay que sentirlo, según decía Milan Kundera, como parece no ocurrir hoy en día.

A finales del pasado mes de junio, el rey Felipe de Bélgica sorprendió a la opinión pública mundial por condenar los actos de violencia  y crueldad (genocidio) cometidos por su país en el Congo, Ruanda y Burundi. Hacía referencia a su etapa más negra, en  tiempos del rey Leopoldo II que durante el colonialismo belga entre 1885-1908 acabó con  la vida al menos 10 millones de congoleños. En ningún momento pidió perdón ni se refirió al vocablo “genocidio”, pero al menos reconocía el dolor de Bélgica en el siglo XXI  ​​”por haberse cometido actos de violencia y crueldad (en el país africano) que pesan todavía en nuestra memoria colectiva”, dijo el monarca sin vacilaciones.

Durante aquellos años nunca mejor dicho negros de la historia, Bélgica hizo del territorio congoleño una colonia privada para explotar una de las riquezas naturales más preciadas de la época, como el caucho y el marfil, mientras convertía al Congo en un campo de trabajos forzados donde perecieron millones de vidas. En julio de 1885, el Estado Libre del Congo quedaba oficialmente reconocido no como colonia belga sino como territorio del rey imperialista Leopoldo a título personal. Tal era su extensión como prácticamente media Europa de entonces. Tras su independencia, cuentan los historiadores que gran número de archivos y documentos históricos en manos de Bélgica fueron destruidos para evitar que la gravedad del genocidio saliera a la luz.

BELGICA, ALEMANIA, MEXICO Y EL VATICANO ASUMAN EL MEA CULPA

Junto al reciente gesto del actual monarca belga Felipe, Bélgica ha aceptado adicionalmente también devolver a la República Democrática del Congo como hoy se le llama, gran parte del Museo de África situado en la localidad de Tervuren, a 12 kilómetros de Bruselas, donde alberga una de las colecciones más importantes de su clase en el mundo, con infinidad de muestras y bienes saqueados ilegalmente durante la época colonial.

En la misma ola de desasogiego por el pasado histórico, otro país como Alemania, a través del presidiente de la República, Frank-Walter Steinmeier,  acaba de reconocer recientemente en un acto inesperado, haber cometido Alemania genocidio en Namibia durante el siglo XIX, en su antigua colonia alemana en el suroeste de Africa.

En un discurso en Berlín el pasado mes de mayo, el presidente federal,  afirmaba que “Alemania se disculpa ante los descendientes de las víctimas. Hoy más de 100 años después, Alemania pide perdón por los pecados de sus antepasados, por unos hechos que no es posible deshacer lo que hizo”. El Gobierno de Merkel se ha comprometido además a conceder a Namibia el montante de 1.100 millones de euros en ayudas a la cooperación durante los próximos 30 años hasta el 2051. 

Aunque Berlín esquiva aludir al término de “reparaciones” por los crímenes cometidos por los colonos teutones en el país africano, como sí hizo tras el fin de la II Guerra Mundial con el estado de Israel y otros del Este europeo tras el holocausto, con Namibia gana la semántica y encubre el noble gesto dentro de una partida extraordinaria del ministerio federal alemán de Ayuda a la Coooperación con el Tercer Mundo.

Hasta el final de la I Guerra Mundial, Alemania había impuesto un severo régimen colonial en Namibia (conocido como el desierto más antiguo del mundo),  caracterizado por masacrar a miles de nativos de las etnias hereras y namas por parte del ejército  Imperial Alemán. Namibia en pleno dominio germano había llegado a ser llamado en 1884 África Alemana del Sudoeste (Deutsch-Südwestafrika). Algunas estimaciones cifran en unas 100.000 víctimas africanas durante el periodo colonial alemán, muchas de las cuales fueron  pasados  por las armas y el resto llevados a campos de concentración, hasta prácticamente extinguir la totalidad de las dos etnias africanas.

En 1920 el territorio quedó bajo administración sudafricana, convirtiéndose en una provincia a la que se hizo extensivo el régimen del Apartheid. Finalmente en 1990 Namibia lograba su Independencia. Pese al gesto de atrición de  Berlín con este nuevo pasado de su historia colonial, parece ser que el jefe supremo de la tribu herera, Vekuii Rukoro, ha rechazado la  indemnización de Alemania al calificarla de “insultante”, porque no incluye el pago de desagravios y “compensaciones por un crimen de lesa humanidad”, según narra la prensa local.

En el Vaticano, el Papa Francisco, en un acto de remordimiento de conciencia, también ha creado un hito en la historia del Catolicismo, al reconocer, condenar y pedir perdón por vez primera  hace escasos días los abusos sexuales cometidos a menores por parte de miembros de la Iglesia de Roma a lo largo de tantos años. Pocos años antes, el entonces Papa Juan Pablo II también pidió perdón públicamente por los pecados cometidos durante siglos de la Iglesia Católica, en especial en tiempos de la Inquisición.

El pasado mes de mayo, el Estado mexicano confesó pedir perdón al pueblo maya por los agravios cometidos durante la conquista española,  la “discriminación que aún (siglos después) siguen viviendo actualmente en México.. y particularmente por los sufridos durante la guerra de castas”. 

La guerra de castas fue el conflicto desatado en julio de 1847 entre los indígenas mayas de la península de Yucatán y las élites criollas, la cual terminó en 1901 con la ocupación de la capital maya de Chan Santa Cruz por parte de las tropas del Ejército mexicano.

“ESPAÑA, UN EJEMPLO DE CÓMO NO HACER REPARACIONES”

A raíz de todo ello con la conciencia del pasado, el presidente mexicano López Obrador envió en el 2019 una carta al Rey español Felipe II y al Papa Francisco para que se disculparan en público por los abusos cometidos durante toda  la conquista del actual México. Según cuenta la agencia Efe, el gobierno español expresó entonces su intención de participar en los actos conmemorativos durante el 2021 de la independencia mexicana pero “descarta disculparse por la Conquista”.

Lo que sí ha hecho el actual gobierno de Pedro Sánchez y sus socios es sacar adelante su polémica Ley de Memoria Democrática, en clara referencia a la dictadura de Franco. Sin embargo, no parece que se suba a la ola de remordimientos internacionales por el pasado oscuro en la historia: ni en tiempos de la Reconquista ni en tiempos más recientes durante la II República. Eso sí, están revisando el duro régimen de Franco, desenterrándole del Valle de los Caídos y a algunas víctimas, pero olvidándose intencionadamente de los crímenes cometidos y de las fosas creadas a cuenta del bando rojo antes del Golpe de Estado y durante la guerra civil.

El único acto de contrición histórica por parte de España digna de mención podría ser cuando el Parlamento español en el 2015 aprobó por unanimidad una iniciativa del gobierno de Mariano Rajoy: la ley de nacionalidad española para los judíos sefardíes, expulsados de la Península Ibérica en tiempos de los Reyes Católicos en 1492. Aunque el plazo finaliza en el 2021 para la obtención de la nacionalidad española, existen críticas de la comunidad sefardita y de congresistas norteamericanos contra el actual ejecutivo español de obstruir las solicitudes. 

Por aquel  entonces la concesión de la nacionalidad española se interpretó como un acto moral de reparación hacia el pueblo judío expulsado de España por presión de la entonces  Santa Inquisición española. En la actualidad, y según denuncia ahora el diario norteamericano New York Times, miles de solicitudes han sido rechazadas por las autoridades españolas y otras casi 20.000 siguen esperando desde hace meses una respuesta administrativa tras importantes gastos desembolsados por sus descendientes en abogados, aún cuando la normativa española preveía una sencilla solicitud vía electrónica. Descendientes de la comunidad sefardita en EEUU dicen sentirse “traicionados” por el actual gobierno español en La Moncloa por incumplimiento de promesa.

Para la  congresista demócrata por Nuevo México, Teresa Leger Fernández:  “Es un ejemplo de cómo no hacer reparaciones”. La actual normativa en vigor prevé que a los solicitantes de la nacionalidad española no les exigiría renunciar a su nacionalidad actual, pero sí que demostraran saber español (o ladino) y aprobar un examen de ciudadanía. Las conexiones del socio comunista en el gobierno español (Podemos) con Irán y otros regímenes antisemitas no parecen ser muy bien vistas por algunas administraciones como la norteamericana que acusan ahora al ejecutivo de Sánchez de minar la tolerancia religiosa con el rechazo de peticiones sefarditas a la nacionalidad española, tal como se ha hecho eco la prensa de nuestro país.

El caso es que España, a diferencia de otras naciones, gestiona el pasado de forma interesada, tanto con la Ley de Memoria Democrática como con las reparaciones a los judíos sefardíes, expulsados en tiempos de la Inqusición por negarse a convertirse al catolicismo. Está visto que nuevamente nos inunda la doble moralidad. 

Mientras que miembros de Podemos en el Gobierno de Madrid, en una cuestión tan sensible como nuestro pasado histórico, exigía que España pidiera perdón y tildaba de “genocidio” a la conquista española de América, en la cuestión sefardita prevalece la moral inmoral para no herir las sensibilidades de regímenes antisemitas presuntos “patrocinadores” de la formación comunista. Tanta beligerancia con el pasado no se ha observado con otras varias dictaduras latinoamericanas que persisten. Tampoco se observará con el tema de los indultos, si como se ha trascendido el gobierno pretende ocultarlos durante al menos medio siglo.

Pero algunos dirán, eso no es pasado sino presente. En cualquier caso se impone la siguiente moraleja: Ojalá no llegue nunca el día de arrepentirnos del arrepentimiento.

La conciencia por el pasado histórico de las naciones se asoma al mundo
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