El Conan del Kremlin quiere posar sus nalgas en el viejo trono de Cimeria

King Conan, en una foto promocional de la película. / Mundiario
King Conan, en una foto promocional de la película. / Mundiario

Cimeria, hoy conocida como Crimea, es otra de esas tierras históricas fértiles en cosechas de trigo y razas, segadas a hoz y espada desde que el hombre tiene memoria.

El Conan del Kremlin quiere posar sus nalgas en el viejo trono de Cimeria

En 1932, un escritor depresivo y supremacista, el tejano culturista y suicida Robert E. Howard, parió uno de los personajes más populares de la pulp fiction, el género de novelas de acción baratas, populares e ilustradas que Tarantino aprovechó para bautizar una de sus películas. Tal personaje, un arquetipo de la literatura "de espada y brujería", no es otro que Conan el Bárbaro, también llamado Conan de Cimmeria. Hoy, ochenta años después, Vladimir Putin, otro bárbaro autoritario, aficionado a lucir los pectorales como un Schwarzenegger cochambroso y putero, quiere asentar sus glúteos en el milenario trono de Cimeria. Porque no otro es el nombre antiquísimo de la península de Crimea: Cimeria, hogar de los cimerios esteparios. La Biblia recoge el nombre de uno de sus reyes míticos: Gog, monarca del país de Magog. 

Los cimerios, ya fuera por lazos de sangre o por convivencia, se relacionaron con pueblos tan legendarios como los tracios o los escitas. Estos últimos desarrollaron una suerte de civilización en las estepas de Ucrania, Crimea incluida. Diestros jinetes e infalibles arqueros, los escitas ya practicaban un rito que en nuestra infancia conocimos a través de las películas del Oeste: colgaban los cueros cabelludos de sus enemigos en los arneses de sus caballos.

Los escitas fueron sometidos por los sármatas, que también vivían sobre una silla de montar. Fueron sus mujeres las que inspiraron la leyenda de las amazonas. Participaban en algaras contra pueblos enemigos para reunir rebaños de sementales, y no equinos, sino humanos. Los capturaban a lazo.

Los sármatas fueron vencidos por Roma, cuyos emperadores enrolaron a la fuerza a los magníficos jinetes de Sarmacia. No tenían rival en las cargas con la pica de caballería –el contus–, que podía medir hasta cuatro metros y aferraban a dos manos, sin estribos, pues no se conocían. Los sármatas practicaban también lo que se llamó táctica del arquero parto: fingir una huida disparando flechas contra la caballería enemiga para conducirla fatalmente hasta las picas de sus lanceros.

Con el tiempo, otros pueblos esteparios se asentaron en las antiguas tierras de los escitas y los sármatas. Uno de ellos fue una tesela del mosaico de tribus turcas del Asia Central: los jázaros. Fue allí, en lo que hoy conocemos como Mar de Azov, que baña la orilla oriental de Crimea, donde los jázaros se convirtieron a la religión de Moisés. Cuando la Antigüedad se hacía Edad Media, Jazaria se convirtió en el único reino judío que haya existido jamás entre la destrucción de Jerusalén por Vespasiano y la creación del estado gendarme de Israel. Los jázaros combatieron al Islam con tal éxito que probablemente evitaron su expansión por la Europa del Este.

Siglos después fueron los tártaros, también centauros nómadas, los que se establecieron en la vieja Cimeria y fundaron el Janato de Crimea, aliado de los otomanos y sometido en 1783 por la emperatriz Catalina de Rusia. Para los rusos, dominar el área significaba tener una salida al Mediterráneo a costa de Turquía. En esa época se diseñó y construyó el puerto de Sebastopol, escenario de la crudelísima guerra de Crimea, declarada setenta años después de la anexión. En 1853, el Reino Unido, Francia y Piamonte y Cerdeña acuden en socorro de Turquía, agredida por el imperio ruso. Los combates tienen lugar en la antigua Cimeria. ¿Quién no recuerda la legendaria Carga de la Brigada Ligera? ¿Quién no siente un nudo en la garganta al evocar a Errol Flynn, bello y heroico, cabalgando hacia la muerte en una maniobra insensata contra los cañones que defienden Balaclava? Lástima que la ficción no se parezca a la realidad. Aquella derrota pertenece al catálogo de humillaciones del Imperio Británico, una muestra suprema de vanidad, incompetencia y crueldad militar disfrazada de leyenda épica.

En la guerra en Crimea se distinguió Florence Nightingale, la pionera de la enfermería moderna. También surge una figura que ha acompañado a todos los conflictos bélicos desde entonces: el corresponsal de guerra. En 1854, The Times envía a un civil, por primera vez en la Historia, para que remita despachos no censurados por la autoridad militar. William Howard Russell, irlandés, fue el primer reportero de guerra. El 25 de octubre de 1854, Russell reporta lo que sigue: "A las 11:35 no quedaba un solo soldado británico, excepto los muertos y los moribundos, ante los sangrientos cañones moscovitas". Por primera vez, un diario anuncia en toda su crudeza una derrota bélica, en aquel caso, el desastre de la Brigada Ligera. De tal crudeza fueron las denuncias de Russell, que el Parlamento británico votó una condena contra el corresponsal y su periódico. El príncipe Alberto sugirió, incluso, que el periodista fuera linchado por los militares. Mala cosa, darle en estos días ideas a 'Conan' Putin, adalid de la libertad de expresión y aspirante al trono de la vieja Cimeria...

El Conan del Kremlin quiere posar sus nalgas en el viejo trono de Cimeria
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