Buscar

MUNDIARIO

El complejo español de inferioridad democrática

No sé como han superado en Alemania su III Reich, ni en Italia la sombra del Duce, ni en Gran Bretaña el sangriento Proces del Ulster, ni en Francia el estigma de la sumisión de Vichy, ni en EE UU las páginas negras de la segregación racial. Pero, chico, cuando esos países nos ladran, los españoles no cabalgamos. Quizá deberíamos intercalar citas con las urnas con visitas al psiquiatra.

El complejo español de inferioridad democrática
Diván con La Pantera Rosa. / MGM
Diván con La Pantera Rosa. / MGM

Lo siento por los padres de hijas e hijos curiosos, inquietos, todavía adolescentes que, a estas horas, en el corto espacio de tiempo entre guasap y guasap, estarán demandando una respuesta de sus desconcertados progenitores : ¿papá, somos una democracia? The Times, por ejemplo, lo dejaba bajo sospecha, el otro día, en un sinuoso editorial. Su réplica impresa Neoyorkina le pedía a la Justicia alemana que no permitiese la aberración de extraditar a Puigdemont. A la ONU le han dado vela en este entierro. Sesudos juristas autóctonos peregrinan por los canales de televisión, por las emisoras de radio, firmando al pie de artículos de periódico, rasgándose pública y notoriamente las vestiduras ante el error, ¡qué inmenso error!, en el que está incurriendo su colega el juez Llarena. En sede parlamentaria catalana, una sesión sí y otra también, siembran y estimulan con fertilizantes orales, escritos y fumigados después por las calles las semillas de la duda sobre los derechos civiles de las ciudadanas y ciudadanos que habitamos al sur de los Pirineos. Hombre, en esas condiciones, bajo semejante diluvio de diagnósticos interiores y exteriores sobre el estado de salud de nuestro Estado de Derecho, no debe resultar fácil espantar a los fantasmas que quizá aúllan en los cerebros de las españolitas y españolitos que han llegado al mundo hace menos de 18 años.

La viga en ojo ajeno

Y, sin embargo, los padres de los chiquillos británicos no pasaron por ese amargo trago cuando el sangriento procés del Ulster, oye. Ningún adolescente puso en duda el pedigrí democrático del imperio de sus mayores, ninguna voz saboteó las notas del “Dios salve a la reina” en un acto público, y no recuerdo si The Times se marcó entonces un solemne editorial cuando Giuseppe y Gerry Conlon, “In the name of the father”, protagonizaron uno de los episodios más espeluznantes de la historia reciente de Europa. Tampoco conservo en mi memoria ninguna sugerencia a la judicatura alemana en The New York Times, erigido en la conciencia impresa del mundo, ante la oleada de “suicidios” en cadena de aquella especie en sospechosa extinción a la llamábamos Banda Baader Meinhof. Y debe ser cosa del alzheimer, chico, pero no recuerdo que la prepotente democracia estadounidense, en aquella funesta época de Matar al ruiseñor, los sueños rotos de Martín Luther King, la segregación racial y las detenciones en masa de mujeres y hombres por el color de su piel, diese tanto que hablar, que opinar, que denigrar, como que esta joven y novata democracia española, miradla, en donde, puestos a hacernos dudar, en la línea “made in Spain” del esperpento que inmortalizó mi paisano del Valle Inclán, están logrando que nos planteemos el dilema más absurdo desde que el homo sapiens adquirió la funesta manía de pensar: ¿Es posible que la Constitución española no sea constitucional?

¿Ciegos entre tuertos o tuertos entre de ciegos?

Hombre, por una parte yo qué sé y por otra qué quieres que te diga. A mí me parece que todo esto que está ocurriendo en España no es que sea democracia, sino lo siguiente, como se dice ahora. O sea, que quieren hacernos creer que somos ciegos entre tuertos y a lo mejor resulta que somos tuertos rodeados de ciegos, oye. Porque a ver en qué país de los que nos rodean, nos supervisan, nos llaman al orden, los parlamentos federales hacen de su capa un sayo, ¿eh?. En cuáles de sus tolerantes y desarrolladas sociedades se hacen juicios sumarísimos y linchamientos mediáticos a sus jueces; se exponen proposiciones no de ley para que un presidente del gobierno salga talmente esposado del Congreso; se dan ostias en plena calle, públicas, notorias, célebres y celebradas a un primer ministro electo; se convierte en tradición la fiesta popular de la “pitada” al himno, talmente como una “tomatada”, como una “tamborrada” más, oye, ese día de cada año en que el pueblo sale de Copas del Rey y, en vez de practicar la futbolización de la política, se entrega como loco a la politización del fútbol. Dónde se permite el uso y abuso de resoluciones del Tribunal Constitucional como papel higiénico; o se camina por la delgada línea roja que separa el derecho a la libre expresión del derecho a la intimidad; o se aceptan como fenómenos de compañía los eclipses totales de presunción de inocencia jurídica provocados por la sombra alargada de la presunción de culpabilidad mediática. Aquí sobra mucho repartidor de carnés de demócrata, mucho predicador de democracia con carné, escaño, paja y pesebre y mucho incauto seducido por flautistas de Hamelín. Lo que falta es algún Sir Winston Churchill, en alguno de sus momentos menos oscuros, volviendo a recordar a los españoles que “La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre. Con excepción de todos los demás”. En esa línea, el problema de Sir Carles Puigdemont no es que vaya por Europa predicando la misma idea sobre el sistema de gobierno español, sino que vaya omitiendo la obviedad de que el Procés unilateral, ese otro sistema de gobierno diseñado por algunos y mujeres catalanas, forma parte de ese excepcional apartado del “todos los demás” al que hacía alusión el lúcido político británico.

¡Mira quiénes hablan....!

Coño, que Alemania tiene en el haber de su libro de contabilidad histórica las huellas siniestras de Hitler. E Italia, que ahí la tienes, tan fresca, ha convertido en una mina de oro turística su arquitectura fascista. Y a los franchute les importa un bledo el vergonzante y vergonzoso estigma del Vichy colaboracionista de Pètain. Y Portugal se infla como un pavo democrático a pesar de la sombras alargadas de Salazar y Marcelo Caetano. Solo España, nosotros los españoles, de tanto mirar hacia atrás con ira y hacia adelante con renovado y hereditario espíritu de venganza, nos hemos plantado en el siglo XXI con enfermizos complejos de culpabilidad histórica y de inferioridad democrática. Hemos pasado ya docenas de veces por las urnas municipales, autonómicas, nacionales y europeas, pero nos sigue paralizando un editorial en The Times, una sugerencia jurídica en The New York Times, un titubeo de la Justicia belga, una legitima y previsible estrategia de las defensas de los independentistas catalanes, una pasada de frenada de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, la aplicación de un artículo de La Constitución (más o menos acertado), una sentencia de cualquier Tribunal Internacional, una foto global en las voraces portadas de los medios de comunicación, un tsunami de twits disparados por generación espontánea o mediante el método sincronizado masivo del “botón nuclear”. Estamos tan pendientes de lo que pensarán de nosotros ahí fuera, que no acabamos de afianzar lo que pensamos de nosotros mismos aquí dentro. Digan lo que digan, escriban lo que escriban en inglés, en alemán, en francés o en castellano y lenguas cooficiales, fuera y dentro de nuestras fronteras, ¡cuan gritan esos malditos!, tenemos democracia, hombre. Ahora solo falta saber, a propósito de la recién finalizada Semana de Pasión, por qué renegamos de ella tantas veces como in illo témpore, dicen, un tal Pedro negó a Jesús. @mundiario

¿Cabalgamos como El Quijote o nos flagelamos como la Generación del 98?
Claro que somos demócratas, hombre. Algunos más progresistas y otros más conservadores. Algunos con tendencias centrífugas y otros con tendencias centrípetas. Algunos carcas y otros radicales. Algunos sedentarios y otros trashumantes. Somos demócratas con todos los defectos y virtudes de cualquier democracia, que sigue siendo el peor de los sistemas de gobierno diseñados por los seres humanos, a excepción de todos los demás. Lo que pasa es que, ahí arriba, han superado los traumas individuales y colectivos de sus respectivas historias, y no como aquí abajo, oh, los españoles, que quizá deberíamos empezar a intercalar nuestras sucesivas citas con las urnas con terapéuticas citas individuales y colectivas con el psiquiatra, dicho sea sin ánimo de ofender. Hemos perdido el espíritu de El Quijote: “¡ladran, luego cabalgamos!, y nos estamos dejando arrastrar por el estéril y lacrimógeno pesimismo de la Generación del 98.