Tras las competencias hay mundos implícitos no abordados

El libro Modernizar la educación de todos, de Mundiediciones, a la venta en Amazon. / Mundiario
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El problema de toda reforma educativa es su implementación; si no se cambian rutinas del pasado, el valor que añade al sistema es anodino.

Tras las competencias hay mundos implícitos no abordados

Tras los proyectos recientes para regular los currículos escolares de la LOMLOE, no existe una línea divisoria entre el mundo de la vigilia y el de los sueños. Suponer logrados desarrollos que no existen ni se esperan, da pie a no saber bien si se sueña o se está despierto.

Suele presuponerse que, por haber pasado por una escuela, un colegio o un instituto –y no digamos si se tiene acreditación universitaria-, se sabe sobradamente acerca de los problemas educativos; adornado con  mirada crítica hacia casi todo lo vivido en la adolescencia, se presta a extrapolar inadecuadamente una experiencia. La simple distancia temporal aconseja prudencia al tratar  de entender cómo deba ser una educación democrática ahora mismo; en el juego entran bastantes más imponderables de los que el simple paso por el sistema escolar haya podido captar, unos de tipo institucional y otros muchos de carácter más estructural todavía, incluso con un componente político insoslayable, todo lo cual  pesa bastante más que el roce individual con la escuela.

Mejorar otra vez

Tampoco suele ser muy distinto cuando se oye o lee a quienes, por razones variopintas, están implicados en la difusión de cada reforma. De entrada,  ya es raro que, para Educar en el siglo XXI, haya extrañas coincidencias en los mensajes de algunas editoriales y los obligados por cargos administrativos o políticos a difundir la buena nueva que la actividad docente deba tener en cuenta. Las razones del marketing  que ambas tramas administrativas ponen en juego no justifican tantas coincidencias como muestran en la venta del nuevo producto.

Para colmo, quienes tengan curiosidad por el pasado reciente de la educación española y no tengan alergia a leer los prólogos de las tropecientas reformas que ha habido en el ámbito escolar de los últimos cincuenta años, sin ir más atrás verán que los tópicos son, además, los mismos de siempre y casi intercambiables. Siempre son para “mejorar”, siempre porque lo “piden las nuevas circunstancias”, y siempre con el supuesto de que habrá “recursos y materiales” para que a los docentes -“elemento central del sistema educativo”-  le resultes más fácil la nueva configuración que se pretende dar a la actividad en el aula,

En estos casos, el mensaje que dejan quienes hablan o escriben es la de los ventrílocuos obligados a ser la voz de su amo para que digan lo que se deba decir, sin que se noten las prevenciones y cautelas. Es decir, que juegan a modernizar el concepto de la educación dejando que el precepto a cumplir siga prácticamente idéntico a como está. Puede que esta sea la razón por la que el sistema escolar que se pregona ahora seguirá estando manco y cojo en demasiados aspectos, porque la nueva ley educativa –la octava de rango orgánico después de la CE78- sigue girando de modo excesivo en torno a la repetición de viejas palabras ya existentes en viejos prólogos legislativos. No explica, sin embargo, que ingredientes principales -que todos saben fundamentales para que esto funcione-, no se toquen o se encomienden a un futurible inespecífico, que bien puede ser un año, una década, cuarenta años o la eternidad.


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Formación…. privada

Es una manera de proseguir con la tradición de la desidia: el CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica) establecido para los profesores de Secundaria la Ley General de Educación en 1970, ha estado vigente hasta que el Plan Bolonia obligó en 2009 a transformarlo, sin que gran parte de quienes desde en estos doce años han tenido obligación de acreditar este requisito puedan certificar que han encontrado la piedra filosofal para ser buenos profesores. Esta última ley, además, ya se previene con un año de distancia para afronta esta formación, y encomienda, por tanto, al voluntarismo de cada profesor, el éxito que pueda tener en el aula su ansiedad de reforma.

Más allá de la retórica,  a ninguna de las leyes reformistas anteriores, le ha preocupado a fondo la preparación adecuada del profesorado responsable de ejecutarlas en el aula, ni si sus excelsos objetivos iban a pasar de bonitas declaraciones. A quienes siempre han motivado mucho, sin embargo, ha sido a  las editoriales y sus terminales operativas, que han aprovechado el fértil nicho de los cambios reformistas, para repetir el jugoso negocio de su “colaboración privada”. Antes de que el Ministerio o las Autonomías expliciten su decisión práctica de cambio, con medios reales para que los profesores y maestros  ya se están implicando en sacarle sacarle partido a esta ocasión.

Las “cajas rojas” de la LOGSE, aunque caras, salieron baratas si se compara su coste con los recursos que hubiera habido que mover para formar y disponer en los docentes suficiente masa crítica para generalizar en serio las implicaciones que conllevaba “evaluar” en vez de “examinar”, “currículo” en vez de programa y, por ende, qué era “educar” y no ser tan solo “enseñante” o “profesor de una materia o asignatura. Ahora, el emprendimiento editorial ya está activando  buena parte de los deseos de muchos afectados en este juego, cuando de entonces quedó coleando qué pudiera implicar en la flexibilidad interna de un centro el hacer un “proyecto educativo”, trabajar por “proyectos” o, como fundamento, que cada docente de un claustro dejara de ser una isla de un archipiélago raro, desconectado y amorfo junto a otras islas, cada cual con su rutina, y nadie se ocupe de si lo que hace en el aula es o no acertado para que el valor real de su aportación colaborativa a la eficacia del sistema sea digna de ser considerada.

Competencias

Habrá dispuestas ya nuevas burocracias que todo el mundo cumplimentará incluso on-line, pero ahora que se apuesta la puesta por que las competencias polaricen las pretensiones de esta reforma, sin atender coherentemente los demás ingredientes debidos, se corre el riesgo de repetir el pasado. Sin que quede claro cuál es compensación que a los docentes les vaya a suponer el esfuerzo por asumir lo que deban implantar en las aulas, una simple información como la que está empezando a circular les será absolutamente insuficiente para implicarse. Cuantos estén acostumbrados a los contenidos de su área de trabajo –siempre los más cruciales del sistema- y que los de los otros docentes también son fundamentales, seguramente entenderán que este  organizador queda al albur de imponderables aleatorios. Sin ir más lejos, a merced de que encajen bien –más allá de nuevas formalidades- las interrelaciones del puzzle que se pone en marcha para que el alumnado salga beneficiado. La traducciones que exige esta nueva conceptualización del quehacer en las aulas, desde el  Ministerio a las Autonomías darán múltiples claves de realismo; el paso siguiente, desde las versiones autonómicas a la implementación  de sus virtualidades en la vida real de las aulas en cada centro, por deseable que sea que se acople y funcione bien, de momento no hay garantía. La situación se parece a la que ha hecho sentir de cerca a la Covid-19 en sus distintas mutaciones: ¿Qué pasaría si solo tuviéramos la “vocación” voluntarista de los mejores profesionales de la medicina….? @mundiario

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