Los colores, irremisiblemente, siempre han dividido a España

Billetes de 500 y 200 euros.
Billetes de 500 y 200 euros.

Resulta curioso que no se hagan distingos entre sangre regia y proletaria (azul y roja), pues toda se unifica dando lugar a curiosas aproximaciones beligerantes.

Los colores, irremisiblemente, siempre han dividido a España

Resulta curioso que no se hagan distingos entre sangre regia y proletaria (azul y roja), pues toda se unifica dando lugar a curiosas aproximaciones beligerantes.

Hasta hace poco, nuestra política venía exclusivamente coloreada por el azul y el rojo, tonalidades enfrentadas, amén de adversarias, que surgieron en la Revolución Francesa para cotejar derecha e izquierda. Sin embargo, España también es diferente a la hora de interaccionar color con vísceras, sentimientos o emociones. Lejos del sosiego, sometidos al reto sempiterno y vivificante, ambos colores dividen el país irremisiblemente. No solo lo helaron produciendo medio millón de muertos sino que, tras ocho décadas, todavía rojos y fachas-azules son insultos expectorados, arrojadizos, furibundos. Resulta curioso que no se hagan distingos entre sangre regia y proletaria (azul y roja), pues toda se unifica dando lugar a curiosas aproximaciones beligerantes. Machado supo ver como nadie la terrible divergencia que marcó, marca y probablemente marcará esta idiosincrasia tan particular que nos distingue, asimismo atormenta.

Sin diluir el odio, ni mucho menos, estas tonalidades emblemáticas, luctuosas, se vieron acompañadas por una nueva de naturaleza afable, aglutinadora: el magenta de UPyD. Junto al PP, PSOE e IU, se acostaba otro partido ínfimo, humilde, sin pretensiones. Pese a que fue llave en ayuntamientos y alguna autonomía, nunca pasó de impulso ilusionante. Siempre lo juzgué un color libre de ansias dentro de su firmeza que, en ocasiones, radiaba insolencia. Ha sido pasto del cesarismo incomprensible e incomprendido. No llegó a la escala base -aunque le faltó poco- y alimentó una lucha intestina que acabó por vencerlo. Necesario, casi imprescindible, la indigencia mediática y financiera terminarán llevándolo al rincón del olvido. Niegan la posibilidad de que alguien recoja el testigo socialdemócrata a la europea cuando el PSOE, cada vez más desorientado, se ladee hacia un radicalismo suicida.

Algunos, con intereses bastardos, defienden que hay un cambio acelerado en los modos políticos. Semejante análisis, desde mi punto de vista, es erróneo. Lo que curre es mucho más simple: la depauperación de las  clases medias (convertidas en decadentes menestrales sine die) y la inadmisible corrupción de las élites político-financieras, son razones definitivas. El nacimiento de Ciudadanos y de Podemos es, pues, la resultante obligada, fatal, de una cogestión desastrosa imputable a dos partidos que han traído este escenario mísero, al tiempo que delictuoso. Ellos y solo ellos son los padres putativos del arco iris que oteamos en el horizonte electoral. Mención extraordinaria merecen aquellas agrupaciones, heterogéneas cuando no divergentes, que hacen gestos -dada su incuria- en las principales ciudades del país o que utilizan los sentimientos identitarios como tapadera de hediondos brebajes.

Ciudadanos eligió el naranja; color levantino, alegre; con fundamento, con sustancia, para provocar la atención del individuo. Fueron inteligentes, prácticos, seductores, hasta en ese pequeño detalle casi doctrinal que muestra a las claras su afán de “pegada”. La nitidez cromática contrasta con abundante y ajena confusión ideológica. Se considera un partido que va desde la extrema derecha (según los independentistas catalanes) hasta la izquierda neta, en opinión del PP. Es evidente que estos extremos le vienen sugeridos por siglas lesas o damnificadas. Rajoy, junto a sus voceros, lo ubica a la izquierda porque sus votantes de antaño, hogaño porfían atropelladamente por confiar en Albert Rivera. Puede, al final, convertirse -para bien o para mal- en partido de gobierno dejando atrás esa función de bisagra que ahora mismo se le adjudica. La frescura y pureza que desprenden le hacen asombrosamente rentable. Ser centro indiscutible del foco mediático y social puede suponerle un marco de inestabilidad si no administran adecuadamente tiempos y compañeros de viaje

Podemos eligió un morado precursor. Si bien es el color que transforma espíritu y mente (propio de nazarenos y penitentes), para el esoterismo potencia la trasmutación, la transgresión y el cambio. Ignoro si sus fundadores, élite universitaria, casta selecta, rumiaron una u otra cualidad. El resultado final, a que tienden todas las prospecciones sociales, le acerca a las últimas. A poco, Cronos les asignará retales en vez de expectativas brillantes. Quizás a sus líderes destacados les parezca bien que quede algo, sea o no transgresor, ante el cariz de ruina que predicen las encuestas. Los objetivos, en ocasiones, acostumbra a cargarlos el diablo. De conquistar aquel cielo pretérito por asalto han pasado a procurar que no les caiga este encima. Sospecho, con argumentos consolidados, que pese al viaje atroz, morado, de última hora, nada puede imputársele al color; sí a la egolatría, prepotencia e impiedad, de un líder cuya estrategia se ha revelado desastrosa.

Jordi Ébole puso sobre la mesa, con ligereza o mala leche, el color negro. Preguntados Pablo y Albert si habían cobrado o pagado en dinero  negro, durante segundos se adueñó del coloquio un silencio cortante, acusador, para luego silabeando, arrastrando vergüenza ambos, reconocer que sí en algún momento de sus vidas. Desgraciado y desgracia se conjugaron una noche fantasmal, ardua. Trajo cola el valiente, sincero e inoportuno reconocimiento de su salto torero a la obligación fiscal. Pedro Sánchez, a preguntas de María Casado, respondió entre malhumorado y seguro que él jamás había pagado con dinero negro. Sí reconoció haber cobrado tiempo atrás -al principio laboral en que ética y seguridad están reñidas- cierto dinerillo oscuro. Le faltó aseverar que  lo hizo como prueba material, ejemplarizante, de rechazo al racismo. Pero hombre, Pedro, que este país tiene socialmente implantado un precepto justo: evitar, cuando se puede, el IVA y otros impuestos abusivos, confiscatorios, no ya por sus motivaciones sino por el uso arbitrario, corruptor y ratero a que suelen ordenarse.

Dejémonos de colores, aquí solo predomina el color del dinero. Eso, al menos, parece indicar el nacionalismo catalán que, imitando el agua, es incoloro, inodoro e insípido.

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