Colombia, entre el optimismo, el escepticismo y el pesimismo ante las FARC

Santos, presidente de Colombia, da la mano a Echeverri, comandante de las FARC.
Santos, presidente de Colombia, da la mano a Echeverri, comandante de las FARC, en presencia de Castro.

Sondeos de opinión en las principales ciudades del país aproximan que Colombia votaría a favor del plebiscito por la paz. De todas formas, para muchos ciudadanos el presidente se ha mostrado dubitativo.

Colombia, entre el optimismo, el escepticismo y el pesimismo ante las FARC

Los últimos meses en Colombia han transcurrido entre el optimismo, el escepticismo y el pesimismo por cuenta de la negociación que se adelanta con las FARC. El gobierno avanza en su principal bandera y llegará a un acuerdo definitivo con esa organización ilegal. Es un hecho.

Así quedó ratificado el 23 de junio en La Habana cuando se pactó el cese bilateral del fuego. La alegría y el júbilo se instalaron en algunos sectores. No es para menos, luego de fallidas negociaciones está vez si se llegará a la desmovilización de esa guerrilla a la que el Estado no pudo derrotar en más de 50 años. Queda el registro para la historia de que no fue la vía armada el mecanismo para alcanzar el poder y romper con el sistema.

El presidente Santos ha visto muy disminuida su imagen en el último año -es uno de los mandatarios más impopulares en América Latina- aunque logró una mejoría leve luego del anuncio hecho en Cuba no se recupera a plenitud. Incluso The Economist le dedicó un reciente artículo.  Sondeos de opinión en las principales ciudades del país aproximan que Colombia votaría a favor del plebiscito por la paz.

De todas formas, para muchos ciudadanos el presidente se ha mostrado dubitativo, le ha faltado determinación y contundencia con las FARC, mientras que su estrategia para con el país, dirigida al miedo y a la amenaza, ha sido infortunada. No solo el presidente tiene acciones para lamentar, otras instituciones han sido utilizadas en beneficio de las ambiciones personales y las aspiraciones políticas de sus titulares. Para el fiscal Luis Eduardo Montealegre, los acuerdos no necesitan la aprobación de la ciudadanía, mientras que para Alejandro Ordoñez, procurador, Colombia ha sido convertida en una de las dictaduras bananeras del caribe. Montealegre y Ordoñez tendrían pretensiones presidenciales.

Las FARC no solo se han dedicado a negociar sino que continuaron con algunas de sus actividades. Violaron el cese al fuego en dos ocasiones, mantienen prácticas extorsivas en diferentes regiones y siguen acumulando capital (con la suspensión de las fumigaciones los cultivos ilícitos se triplicaron) aunque lo niegan: “No tenemos posibilidades económicas de reparar” a las víctimas, afirman sus dirigentes.

“Es apenas lógico suponer que luego de décadas de beneficiarse del narcotráfico, el secuestro, la extorsión y, recientemente, de la minería ilegal, dispongan de una caja de al menos varios cientos de millones de dólares. Es imposible creer que todas estas ganancias se fueron en financiar la guerra”, observó Gustavo Duncan. “¿Qué va a suceder si se comprueba, luego de firmado el acuerdo final, que las Farc poseen capitales ocultos bien sea directamente o a través de testaferros? ¿Perderán los beneficios judiciales pactados? ¿Cuál será el destino de esos capitales y bajo qué tipo de justicia se procederá a su expropiación, si es que se va a proceder?” Las inquietudes quedan.

El expresidente Uribe mantiene un importante poder de convocatoria. El pasado 4 de junio inició la recolecta de firmas en más de 30 ciudades de Colombia y en algunas de Estados Unidos, la actividad se extenderá hasta el 4 de agosto y ha sido enmarcada en la “resistencia civil” de ese movimiento político para oponerse al proceso con las FARC. Las firmas expresan el rechazo al plebiscito propuesto por el gobierno, lo interpretan como un “golpe de Estado a la Democracia” y, exigen, un referéndum del acuerdo en el que sea refrendado cada punto de la negociación.

El uribismo actúa llevado por la emoción y el resentimiento, no ha tenido reparo en manipular la realidad al comparar a Colombia y al gobierno Santos con el régimen chavista. Sí su solidaridad con Venezuela fuese genuina no banalizaría el sufrimiento de ese país. Uribe no solo le hace daño a Colombia sino que también perjudica a Venezuela al instrumentalizar esa crisis para sus objetivos políticos. En tanto más se reafirme en sus posturas radicales más validez pierden sus denuncias porque, aunque no todas sean falsas, el sectarismo y la magnificación que hace de los hechos le restan credibilidad.

“La paz ha convertido a Colombia en un país monotemático, que ha descuidado la educación y la innovación”, enfatizó Andrés Oppenheimer y, no le faltan argumentos aunque sus palabras no cayeron bien al oficialismo. “El debate sobre la paz ha capturado la agenda política de Colombia en los últimos tres años” y es necesario que se atiendan y resuelvan otros temas, por ejemplo, cómo superar o reducir la dependencia (83%) de las materias primas y exportar más productos con valor agregado. “El país sigue estando escandalosamente atrasado en las áreas más importantes para su futuro: la educación y la innovación”. Las cifras que aporta Oppenheimer son alarmantes. 

La gente en la calle tiene la percepción de que a las FARC les va bien y a los políticos les va bien pero que al pueblo en su día a día le va mal. Preocupa el desempleo, la economía, la inseguridad, la falta de oportunidades. No hay certeza de los beneficios de la paz. Los colombianos intentan e inventan sobrevivir con 235 dólares mensuales, ese es el salario mínimo para los trabajadores (689.455 pesos) mientras cuestionan porqué un legislador puede tener una asignación mensual de 9.525 dólares (27’929.064 pesos). La publicidad es abundante pero a la ciudadanía le cuesta creer y comprar los eslóganes del gobierno.

Organizaciones de la sociedad civil, activistas de derechos humanos, académicos y expertos en temas de conflicto, que en su momento fueron muy críticos y denunciaron el paramilitarismo y la parapolítica, ahora reafirman su ideología pidiendo entre seis y 14 curules de asignación directa para las FARC en el Congreso de la República. No asumen que las FARC están en Cuba debido a las acciones contundentes del Estado que forzó la negociación. Las formas del antiuribismo son más sutiles y elaboradas pero pretenden edulcorar la realidad y reescribir la historia. Está claro que “sin elegibilidad política no hay paz” pero, ¿importan las víctimas? Hace unos años se afirmaba en las universidades que todos los paramilitares eran narcotraficantes, en cambio hasta el día de hoy hay quienen sostienen que asociar a las FARC con narcotraficantes evidencia el padecimiento de una gran confusión. ¿La violencia que proviene de la izquierda es válida? ¿Hasta dónde llegarán para enaltecer el pasado (y el presente) de las FARC? ¿Por qué subestiman a los colombianos?

Con la paz se busca la reconciliación social pero no está claro que ésta pueda alcanzarse minimizando la responsabilidad que cada actor ha tenido en el conflicto. Sí no se asume el daño, ni hay un auténtico arrepentimiento por el dolor causado, la paz no terminará de llegar a Colombia. El camino será largo y difícil. Sin embargo, la constancia del fracaso revolucionario es el triunfo de la democracia que le abre la puerta a las FARC, las invita a pasar, les exige cumplirle a las víctimas y a los colombianos, las insta a competir desde la legalidad y bajo un sistema de reglas y espera que no la destruyan en cuanto puedan hacerlo.

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