China y Estados Unidos: rivalidad, cooperación o confrontación

Banderas de EE UU y China.
Banderas de EE UU y China.
La cooperación y el diálogo necesitan encontrar, previamente,  puntos de encuentro, desde la diferencia entre dos países que pertenecen a dos mundos distintos.
China y Estados Unidos: rivalidad, cooperación o confrontación

Dos Imperios: Estados Unidos, que emergió como tal al principio del siglo XX, y China, que, tras ser primera potencia mundial durante dos mil años, se hundió a mitad del siglo XIX y viene reemergiendo desde el final del siglo XX  y hoy es la segunda potencia mundial.

Dos Imperios, que representan a dos mundo distintos, muy distintos, que se vienen encontrando o confrontando a lo largo de los dos últimos siglos.

No Estados Unidos, pero sí el Imperio Británico, su homólogo blanco protestante y anglosajón, se enfrentó a China en 1840, con las “guerras del opio” para imponerle “el libre comercio” del opio y ocupar y someter  colonialmente buena parte de su territorio por la fuerza, hasta eliminar su papel en la comunidad internacional.

Estados Unidos sí intervino en China desde la segunda mitad del siglo XX, en la guerra civil china, que duró 20 años, apoyando al partido nacionalista contra el partido comunista: apoyo económico,  créditos , armamento,  asesores militares y apoyo político. El líder nacionalista era el dictador Chang Kaishek; su mujer Soon Mai Ling, de belleza reconocida y buena oradora, su cuñado, financiero que canalizaba la ayuda económica americana -parte derivada a su fortuna-,  dirigían el lobby nacionalista: ella, recorriendo toda América, creando núcleos de apoyo político y económico, en  la época en que el macarthismo estaba en boga. 

El triunfo de Mao sorprendió al mundo y a Estados Unidos, ocupado en la II Guerra Mundial: en el frente europeo en el que Roosevelt  consiguió que Estados Unidos se implicara, y en el frente asiático, en el que el militarismo supremacista japonés, aliado del nazismo, había ocupado militarmente gran parte de Asia y de China. Chang Kaishek con el resto de su ejército se refugió en Taiwan y estableció un gobierno secesionista en 1949, que, para Estados Unidos era un ”portaaviones insumergible”, en frase de MacArthur, virrey ya de Japón y estratega frente al comunismo  chino. Y así ha seguido y sigue siendo Taiwan: un baluarte contra China, con el apoyo económico, militar y político de Estados Unidos, para  mantener la división territorial de China, en contra de las resoluciones de Naciones Unidas, aceptadas por la comunidad internacional y por el mismo Estados Unidos, que  reconocen una sola China y a Taiwan como parte de China. Como lo reconocen también  todos los organismos internacionales, incluidos los deportivos.

Rivalidad, cooperación o confrotación

Partimos de esta introducción histórica, porque la historia, bien entendida, es “maestra de la vida” y, en este caso, no se puede entender la rivalidad, cooperación o confrotación entre Estados Unidos y China sin haber analizado con algún detalle la relación entre estos dos países, dos Imperios, el chino y el occidental, en los dos último siglos.

La dominación del Imperio Británico sobre gran parte del mundo,  desde mitad del siglo XIX hasta principios del siglo XX, coincide, y fue, en gran medida, causa del hundimiento del Imperio Chino hasta su desaparición.

La emergencia del Imperio americano y su poderío se unieron a otros países occidentales, tras la II Guerra comercial, para organizar a la comunidad internacional según sus valores y reglas, en lo político, lo económico, lo comercial... a través de los acuerdos de Breton Woods, más tarde por el Consenso de Washington, con organismos como Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, tribunales internacionales etc. China quedó muy en segundo lugar en esta estructura de poder, y fuera de ella, excepto en Naciones Unidas, por ser China una de las potencias vencedoras de la II Guerra Mundial. China, en ese período, no tuvo peso en la comunidad internacional, siendo la potencia 120 en PIB, marginada, además, por Occidente por ser un país comunista.

Pero desde 1978 China empieza a emerger, hasta situarse como la segunda potencia mundial, sin que las estructuras de poder de la comunidad internacional, bajo el predominio de Estados Unidos, le hayan dejado, ni le dejan, el  hueco que le correspondería en esas estructuras de poder internacional, con un gran desajuste que Estados Unidos intenta, por todos los medios que sea permanente, sobre todo,  con su estrategia de “contener” a China, de impedir o frenar su emergencia. De ahí la guerra comercial con los aranceles, la guerra tecnológica con la lucha contra Huawei y su 5G, la guerra política con la injerencia de Estados Unidos en asuntos que corresponden a la soberanía china, como el estatuto de Hong Kong, el reconocimiento de Taiwan como parte del territorio chino según Naciones Unidas, etc.

Potencia mundial

En una palabra, China ha vuelto a su puesto de potencia mundial de primer orden, como lo fue durante dos mil años, y Estados Unidos, la nueva potencia emergida en el siglo XX, no lo encaja, no lo acepta. No es un problema surgido con la Administración Trump; ha sido un problema con todas las Administraciones anteriores, y lo va a seguir siendo, me temo, con la Administración Biden, aunque se suavicen las formas.

¿Cuál es la salida a esta nueva situación: rivalidad, confrontación o cooperación? No estoy de acuerdo con Allison y su tesis, tan brillante como anglosajona, de la trampa de Tucídides, es decir, la confrontación entre Estados Unidos y China como una salida. Tengo razones muy sólidas.

En primer lugar, China no quiere la confrontación, porque estaría en contra de toda su filosofía confuciana, que aboga por la armonía, por la síntesis entre contrarios; en política internacional estos principios significan:  respeto a la autonomía de los países,  no injerencia en sus asuntos internos y  negociación para búsqueda del acuerdo.

En segundo lugar, China no aspira a ser superpotencia: así lo declaran constantemente sus líderes en foros internacionales. El sueño chino no es el triunfo individual sobre los demás, ni a escala personal, ni a escala de país. La filosofía confuciana, otra vez el reclamo de la filosofía, defiende el reconocimiento de la persona en sociedad, y la sociedad, nacional o internacional, como articuladora del bien colectivo. China, por tanto, sólo reclama el reconocimiento de su realidad  y que se  acepte el puesto que le corresponde en el mundo y en la comunidad internacional.

Filosofía confuciana

Esta filosofía confuciana excluye, en principio, la rivalidad y la confrontación, sólo justificable en legítima defensa. Las dinastías chinas fueron derrocadas, en momentos diversos de su historia milenaria,  por su ineficiencia en la defensa del bien colectivo.

Para China, pues, por todas estas razones, la única política aceptable para solventar el problema existente en relación con Estados Unidos, la única estrategia válida es la de la cooperación, a través del diálogo. Y esta estrategia exige, obviamente que ambas potencias acepten la realidad del otro en pie de igualdad, renunciando a cualquier pedestal de superioridad, ni étnica, ni ideológica, ni política, ni económica.

Pero la cooperación y el diálogo necesitan encontrar, previamente,  puntos de encuentro, desde la diferencia entre dos países que pertenecen a dos mundos distintos. Puntos de posible encuentro para el dialogo que pueden encontrarse, una vez más, reclamando la filosofía para encontrarlos, en lo ideológico, en lo político y en lo económico. No nos vamos a encontrar por coincidencias, sino por divergencias, por diferencias entre estos dos mundos y por las posibilidades de aproximación, entendimiento o complementariedad.

En lo ideológico las diferencias son grandes: Estados Unidos, y Occidente en general, apoyan sus principios en una filosofía deísta, con referencias a Dios hasta en la moneda de dólar y el sometimiento a preceptos y normas que emanan de la divinidad. La filosofía confuciana es no deísta, con sometimiento sólo a normas que emanan de la sociedad organizada en la “polis”. En este terreno ideológico las diferencias entre estos dos mundos sólo se pueden solventar en  el respeto mutuo a la filosofía del otro. Con un posible valor añadido para la gobernanza global que ambos persiguen: en este mundo globalizado la mayor parte de los conflictos más graves están relacionados con las diferentes religiones y la diversa forma de entenderlas o practicarlas. China puede aportar a esa gobernanza global su filosofía de respeto a la autonomía absoluta de la persona en sociedad, como base ética de todas las civilizaciones.

En lo político, las diferencias también son grandes,  entre democracia y meritocracia, o entre las diversas concepciones de los derechos humanos. Pero el diálogo será siempre el gran instrumento de aproximación. Sobre los derechos humanos sociales y económicos puede haber un gran consenso, incluso una sana competencia para cumplirlos mejor: ahí está el objetivo cumplido en China este año de haber erradicado la pobreza extrema. En cuanto a los derechos políticos hay una gran divergencia, pero con un campo amplio para el diálogo, si se elimina todo complejo de superioridad y todo intento de imponer al otro la forma propia de entenderlos.

En lo económico las distancias se deben, en gran medida, a prejuicios o estereotipos. Por parte de Estados Unidos, prevalece aún, en buena medida, el anticomunismo macarthista y visceral, ignorando que China es  una sociedad capitalista avanzada, con estructuras socialistas propias y con resultados muy positivos. Por parte china, su rechazo al neoliberalismo económico, no excluye la posibilidad de diálogo y debate.

Si la relación entre China y Estados Unidos se apoya en estos principios filosóficos, el riesgo de confrontación se elimina. Ésta es mi tesis. @mundiario

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