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MUNDIARIO

Los centros escolares públicos de Cataluña, en el centro de atención del 1-O

A Méndez de Vigo le preocupa el “adoctrinamiento” de los profesores catalanes a sus alumnos. No repara en los que alimenta la LOMCE en el sistema educativo.

Los centros escolares públicos de Cataluña, en el centro de atención del 1-O
Una de las personas heridas en las cargas policiales del 1-O. / Twitter
Una de las personas heridas en las cargas policiales del 1-O. / Twitter

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Manuel Menor

Manuel Menor

El autor, MANUEL MENOR, es analista de educación de MUNDIARIO. Licenciado en Historia y doctor en Pedagogía, ha enseñado Ciencias Sociales en Secundaria. @mundiario

La mayoría de los lugares pensados para ejercer el voto en este final del procés fueron centros escolares. De esta manera, los espacios de la escuela pública –no los de la privada- han pasado a ser centro primordial de atención.  Lo han venido siendo en días pasados a causa de la posible responsabilidad en que puedan incurrir sus directores, pillados entre la legalidad -la del Estado central y las indicaciones del Govern autonómico. Lo fueron por estar muy ocupados en actividades diversas, tan prolongadas que este 1-O puedan votar quienes lo deseen, no sin dificultades, es verdad.

La credulidad desde el 2-O

Nada volverá a ser como pudo haber sido, y no es difícil prever que la sensación diferencial y de distancia vaya en aumento. El historicismo  puede valer para comprender procesos de comportamiento como este, pero no hace reversible el tiempo pasado: volver a antes de 2008 –por no decir más atrás- sólo es posible en las mitologías del eterno retorno y en algunas distopías. Lo comprobable en las series estadísticas de las 35 votaciones en que, desde 1978, en que han participado desde entonces los catalanes, es un creciente sentimiento de desapego. Lo que en los años del tardofranquismo era patrimonio de algunas élites, se ha ido extendiendo a otras capas sociales, incluidos quienes hasta entonces eran xarnegos. Como a los descendientes de aquellos maquetos y churrianos emigrantes al País Vasco, o de los gallégos -que nombraban en Castilla exagerando el acento en la é con desprecio hacia los segadores que trabajaban sus campos en verano “coma negros”, que decía Rosalía-, a muchos descendientes de migrantes españoles a Cataluña lo que realmente les importa es, ante todo,  su situación de bienestar más o menos deteriorada según la posición que hayan escalado en el transcurso de dos o tres generaciones: “De aquellos recortes, estos retales”, aseguraban al unísono, el pasado día 26, Diariosur y El Norte de Castilla, a la vista de cómo tienen los catalanes sus carencias en Sanidad y servicios sociales, tan disminuidos en estos años de privatizaciones, externalizaciones  y pérdida de empleos.

Por ese lado, no es previsible que disminuya el  generalizado sentimiento identitario Por más señuelo que pudiera ser, la situación más bien será proclive al crecimiento del distanciamiento que ha generado la propia gestión que ha tenido la relación entre los gobiernos central y catalán durante los últimos meses. Las tendencias de tiempo largo tardan lo suyo en remitir y, además, las decepciones que ha generado el recurso al mero legalismo judicial no se conciliarán fácilmente. Se acpmodarán muy bien a justificar toda cerrazón posterior. Es más, no es difícil que crezca la desafección fuera de Cataluña. La historia de la oposición, por ejemplo, a las políticas educativas del PP durante estos años últimos y la constatación de que el neoliberalismo de FAES es el mismo que preside la LOMCE no ayudan en nada a un sentido compartido de la convivencia. Dicho de otro modo, que son muchos los agravios a la ciudadanía, en general, que han podido servir de pretexto al crecimiento de la desafección catalanista: seguirá sin ser fácil distinguir entre el todo y la parte

Ciertos modos de fe –como los que suelen producirse en situaciones como esta- propician, por su credulidad mayor de lo conveniente a la racionalidad, la persistencia de la ignorancia. El pasado es abundante en muestras de este tipo, y en el presente no escasean. Aunque vivimos en 2017, este Papa, por ejemplo, acaba de decir que los terremotos de Méjico son un “castigo del diablo”. Es evidente que el lenguaje religioso tiene mucho más de juego simbólico que el lenguaje común o, en este caso, el del saber geológico. Lo problemático es que, a menudo, los eclesiásticos confunden a propósito ambos mundos, especialmente cuando se dirigen a amplios grupos de personas. Reiteran de este modo la confusión entre la fe y la ciencia, una herencia del largo pasado en que se arrogaban el control absoluto del conocimiento.

La edad de la Tierra

Este hábito es relevante en bastantes asuntos que atañen a este presente. Para comprobarlo no hace falta remontarse a lo que le sucedió a Galileo. Generaciones hay de españoles que todavía recuerdan qué les enseñaban en la escuela, por ejemplo a propósito de la edad de la Tierra. Nuestras enciclopedias escolares solían reproducir, todavía en los años cincuenta, cronologías muy ajenas a lo que los científicos ya habían establecido; repetían particulares interpretaciones del Génesis difundidas en el XIX. Una de ellas puede leerse en La Escuela de Instrucción Primaria o colección de todas las materias que comprende la primera enseñanza conforme al plan vigente. Su autor, Don Ricardo Díaz de Rueda, perteneciente al claustro de la universidad literaria de Valladolid -donde tenía otros cargos ilustres- publicó esta obra en la Imprenta de Cuesta y Compañía en 1847. Como era preceptivo, la censura del Obispo autorizaba la publicación; y un dictamen del Consejo de instrucción pública –no existía todavía Ministerio de Educación- había declarado “útil este libro para uso de las escuelas elementales y normales”. En su primera página proclamaba esta tesis: “Hace cinco mil ochocientos treinta y un años, según la computación mas común, que Dios produjo de la nada todas las cosas en el espacio de seis días…”.

Veinte años más tarde, en 1862, en el Establecimiento tipográfico madrileño de Don F. de P. Mellado, veía la luz la traducción que D. Antonio Ferrer del Río –de la Real Academia Española- hacía de la obra de Ch. Dreyes: Cronología universal. Menos apodíctico, este libro barajaba distintas cronologías creacionistas, pero reconocía que, “calculados con auxilio del Génesis todos estos sistemas, solo tienen curso en las naciones para las cuales es un libro sagrado la Biblia”. Además, aunque barajaba la existencia de estudios geológicos que “en su estado actual” no databan la formación y cambios de la Tierra más allá de los ocho mil años, la fecha que barajaba, en su prudente apertura, era 4138. En esa fecha habría tenido lugar la creación del mundo: le parecía que podía saldar la disparidad con los intérpretes de la Biblia como fuente documental de una cuestión científica.

La Humanidad

En cuestiones como la catalana, la doctrina de obispos y clérigos eminentes del pasado ha proseguido bien en el presente –como muestran acontecimientos recientes. Muchos creyentes católicos, ante la división -¿cismática?- interna no saben a qué carta quedarse respecto a las relaciones de la Providencia o de la Virgen de Montserrat con el territorio catalán. ¿Son mejores o peores que las que puedan tener con el resto del territorio español o, si se apura la pregunta, con la cristiandad en general o, incluso, con la Humanidad restante?.

Quinientos años de dura historia última no han sido suficientes todavía para defender con claridad derechos en igualdad. Lo ha recordado hace poco Fernando Álvarez-Uría en El reconocimiento de la humanidad (Morata, 2014). Hasta que la Escuela de Salamanca lo razonó –después del descubrimiento de América-, no hubo una doctrina abierta a considerar como “hermanos” a cuantos no fueran cristianos. Las cruzadas medievales y las guerras de religión europeas –alguna de 40 años de duración- habían tenido como gran fundamento la defensa de la “Verdad” única e inconmovible de la fe cristiana..  Hacia esos tiempos anteriores del género humano –en que hablar de “humanidad” o “derechos humanos” era un delirio, avanzan muchos nacionalismos de variada especie, especialmente cuando se empeñan en decir: “A por ellos”. El ejemplo nórdico ya cunde y, en Alemania, reviven los miedos a la expectativa del suprematismo ario.

Ese negacionismo,  extensivo a tantos otros espacios de nuestra sociedad bajo diversas formas de dominación física, legislativa, costumbrista o simbólica, no es muy distinto del que los juicios escolásticos de la Conferencia Episcopal siguen estableciendo, por ejemplo, respecto a la reciente iniciativa parlamentaria sobre problemas que sufre la comunidad LGTBI en nuestro país. Ese rechazo, continuista del que siempre han mostrado respecto a  múltiples cuestiones de índole civil -y especialmente las que directa o indirectamente tienen que ver con el sexo y sus funciones-  expresan un rancio miedo a perder más el control social absoluto que todavía detentaron en un pasado no muy lejano. Siempre a remolque, ni se han parado a pensar en que esa estrategia prohibicionista no ha impedido la creciente desatención a su mensaje supuestamente central, el más propiamente religioso.

Y Méndez de Vigo

De donde se deduce que, en una situación como la que se plantea a partir del 2-O entre Cataluña y el resto de España, la tentación de seguir con el programa de acciones y reacciones que culminantes en el 1-O es demasiado grande. Méndez de Vigo, en un supuesto papel de Ministro de Educación, no nos ayuda mucho a configurar el deseable futuro de una relación sana y cordial. Cuando dijo que “la labor de los profesores no es el adoctrinamiento”, pareció fastidiarle que los centros escolares –públicos- se hubieran constituido como centros cívicos en una coyuntura tan compleja como dudosa. No dejó constancia de que los privados se hubieran metido en este jaleo y puede que le diera algo de envidia que la ciudadanía instrumentara a los centros de todos a su modo.

Por otra parte, el significado de “adoctrinamiento” es volátil.  Puede aclararse  a partir de la praxis que este Ministro ejerce, pero el riesgo es el de encontrar múltiples contradicciones. Saltan pronto si se cuestiona como adoctrinamiento lo que hacen per se los colegios privados en general y, más en particular, los de índole e “ideario religioso”. Todo el esfuerzo que han hecho sus correligionarios por extirpar del currículum un  brevísimo horario dedicado a “Educación para la Ciudadanía” no parece sino afán de continuidad en los tópicos que muchos otros países europeos han pensado erradicar desde la escuela para tener una democracia más sólida. Para el  también Portavoz actual de este Gobierno, tampoco deben ser adoctrinamiento las antiguallas que ampara su protección a la LOMCE: determinadas subvenciones, por ejemplo, o la presencia tan amplia de la Religión como asunto catequético puntuable. Dicho de otro modo, ¿puede un ciudadano entender que no le adoctrina el partido gobernante a través de los decretos, resoluciones y leyes que propala desde el BOE, pese a la presunta neutralidad de este instrumento mediático?  ¿Puede admitirse sin rubor que este ministro un pacto educativo que sea, al menos, respetuoso con la libertad de expresión e investigación del profesorado de la enseñanza pública y privada?

En esta coyuntura complicada, si el señor Méndez de Vigo fuera llamado a buscar un entendimiento mejor con las gentes de Cataluña para después del 2-O, antes de hablar tan simplonamente de “adoctrinamiento” a modo de sofisma, le vendría bien examinarse acerca de los principios esclarecedores que, tanto Jonathan Swift como su amigo John Arbuthnot, difundieron en el primer tercio del XVIII acerca de El arte de la mentira política. Hoy, a pesar de que la mentira se ha democratizado mucho y es cada vez más ecléctica, debiera saber que no cuela  como “disimulo” político “saludable” si no es capaz de soportar un mínimo de ética. Por eso Swift la denominaba un “arte” y no una burda chapuza, que es lo que menos necesitamos a partir del 2-O si queremos construir algo interesante.