La celebración del centenario a través de la historia selectiva para olvidar aquello que incomoda

Mantenimiento a la estatua de Lenin en Rusia. / RRSS

En la Rusia de hoy, celebrar con bombos y platillos una Revolución represiva y violenta puede no ser lo más sensato, es mejor tomar lo que sirve y desechar lo que no suma a la grandeza rusa. 

El 7 de noviembre de 1917, Vladimir Lenin tomó el poder en San Petersburgo. Las autoridades soviéticas glorificaron ese día como el comienzo de la primera revolución comunista exitosa del mundo y la creación del primer país en prometer igualdad racial, de género e incluso económica.

En 1967, para honrar el primer medio siglo de la Unión Soviética, los líderes organizaron muestras de júbilo masivo en todo el país. Pero hoy, aunque Lenin todavía está embalsamado y expuesto en un mausoleo gigante en la Plaza Roja, Moscú está extrañamente silencioso. El presidente ruso, Vladimir Putin, cuyo abuelo cocinó para Lenin, simplemente ha calificado el evento como "ambiguo".

¿Por qué este desinterés oficial, incluso cuando el próximo centenario genera titulares muchos mundiales? Tal vez porque si se desea proyectar una imagen de Estado fuerte y a un pueblo unido dentro de ese Estado, entonces es se vuelve incómodo celebrar por el ascenso de un gobierno cuyo nacimiento se dio en una guerra civil. Más aún porque las acciones bolcheviques de 1917 pueden asemejarse con las de los manifestantes en 2014 en Ucrania, aquellas que derrocaron a un presidente prorruso en una medida que el Kremlin condenó como "una toma del poder anticonstitucional y armada".

Si bien es capaz de reconocer la complejidad de la historia de origen soviético, Putin aparentemente no ve la necesidad de transmitir tanta confusión. En cambio, promueve una idea de "grandeza rusa" en la cual la historia se usa selectivamente, no para informar tanto como para inspirar. La Revolución Rusa, aunque políticamente inconveniente, no es una excepción. Esa visión de la historia ya era evidente en 2005, cuando Putin canceló por completo el tradicional feriado del 7 de noviembre y lo reemplazó con un "Día de la Unidad Nacional" celebrado el 4 de noviembre.

No es que Putin o sus asesores más cercanos sean antisoviéticos, pues el mismo presidente se ha presentado en sus memorias sin remordimientos como un patriota, orgulloso por servir en la KGB y lastimado cuando se permitió el derrumbamiento del Muro de Berlín en 1989. Putin ha llegado a calificar la desintegración de la URSS como una "catástrofe geopolítica".

Para el presidente, la era soviética no tenía que ver con represión. En cambio, la retrata como un gigantesco proyecto de modernización, marcado por la derrota de la Alemania Nazi, el lanzamiento del primer satélite al espacio y los avances en educación e industria. Pero en la Rusia contemporánea, la era aristocrática que barrieron los bolcheviques tampoco se representa como algo tan malo.

Ese es el mensaje que el Kremlin envía hoy. Los errores, los abusos y las innumerables tragedias individuales de la historia no deberían arrastrar al país hacia abajo. Todo debe ser subsumido dentro de una narrativa global de la grandeza rusa. @mundiario