CAVERNA: Neocolonialistas y falsos profetas hacen ingobernable el islam

Imagen reveladora del drama que vive Egipto.
Imagen reveladora del drama que vive Egipto.

Algún día volverá a unirse el Islam por encima de las autocráticas tentaciones al estilo de Argelia, Egipto o dictaduras hereditarias como la de los sirios Assad. Falta el cuándo.

CAVERNA: Neocolonialistas y falsos profetas hacen ingobernable el islam

“(…) un antro subterráneo y hombres     que desde la infancia sólo pueden ver…un muro semejante al de los charlatanes (quienes) pasan llevando objetos de madera de toda clase… de suerte que aparecen sobre el muro… por un fuego cuyo resplandor los alumbra…”

(Platón)

      Entre el neocolonialismo y los falsos profetas el Islam parece haber olvidado que sólo hay uno, Mahoma, quien superó el ancestral tribalismo y convirtió Arabia en centro de un imperio mundial. Catorce siglos después tampoco el seudosocialismo, también importado, funciona.

    A finales del VI según el cómputo cristiano nació en La Meca Muhammed o Mahomet (Mahoma), mente precoz, cuya prodigiosa memoria, genial sincretismo, sagacidad premonitoria y hondas raíces espiritualistas, asombró primero, después le granjeó seguidores aunque también acérrimos detractores, para acabar imponiéndose a los mayores obstáculos. “Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma irá a la montaña”. Así su nueva fe se inició en  Medina, cuna de su madre, fallecida y enterrada entre las dos ciudades sagradas. Sin embargo su familia paterna era sacerdotal, conservadora de la Caaba, el santuario inmemorial de las dos piedras negras, centro multisecular de peregrinaciones.

    Mahoma compaginó el comercio con las revelaciones visionarias y un talento de estratega. Casó con la adinerada viuda Cadijah y la nueva religión creció desde el reducido y no unánime ámbito familiar al mundo entero de entonces. España fue incorporada como el vergel de agua y vegetación que los hombres del desierto siempre soñaron, y aquí se quedaron hasta el fin de lo que Ortega se preguntaba cómo podía llamarse Reconquista a un asentamiento de cinco siglos.

     Los falsos profetas desacreditan la fe genuina. Ya en los últimos años de Mahoma se le enfrentaron, sin éxito, los conocidos como “los dos Embusteros”. Al Aswad y Moseilma, falsos profetas ahora multiplicados como las arenas del desierto.

    Todo esto quizá parezca obsoleto. Lo sería si, en el caso del mundo musulmán no planease sobre su convulso presente y dudoso futuro. Los sectarismos inyectados en sangre no representan en modo alguno la voluntad de Allah, dictada expresamente a Mahoma, el cual, hasta la primera revelación, no sabía escribir. Él solía preguntar por qué se le pedían milagros, si el mayor milagro era El Corán. A los occidentales no les vendría nada mal leerlo sin prejuicios.

    Algún día volverá a unirse el Islam por encima de las autocráticas tentaciones al estilo de Argelia, Egipto o dictaduras hereditarias como la de los sirios Assad.

    Pero, simultáneamente, sin bajar la guardia ante el hipócrita humanitarismo neocolonialista.

    Véanse en el espejo deformante de nuestra civilización las imágenes de Japón, la India, Vietnam y ¡China!

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