En Cataluña ya no valen paños calientes

Carles Puigdemont, president cesado de la Generalitat. / RRSS
Carles Puigdemont.

La solución, la que sea, será ahora lenta y traumática, conllevará heridas que perdurarán tiempo, pero el daño sería irreparable si el Estado, la Justicia en concreto, no obrara con la firmeza que el caso requiere.

En Cataluña ya no valen paños calientes

No debe preocupar más allá de lo necesario el hecho de que, con motivo de la Diada, casi un millón de personas participen en la falaz convocatoria por la independencia de Cataluña. Sabido es que la misma multitud que profería vivas al Rey, celebraba días después con entusiasmo la llegada de la República.

Es cierto que las masas pueden derrocar gobiernos, como bien decía Nelson Mandela, y gracias a esas movilizaciones muchos pueblos se libraron de regímenes opresores, pero en el caso catalán la masa movilizada pretende derrocar nada menos que la Constitución, la columna vertebral de nuestro sistema democrático. Y eso, salvo cobarde dejación por parte del Gobierno, que no parece, no puede estar al alcance de energúmenos dirigentes empeñados en una acción delictiva.

No es posible que una parte de la ciudadanía catalana imponga sus delirios a la otra parte y al resto del país. Los independentistas han llegado demasiado lejos porque todos se lo hemos permitido; en primer lugar, los distintos gobiernos de España.

La solución, la que sea, será ahora lenta y traumática, conllevará heridas que perdurarán tiempo, pero el daño sería irreparable si el Estado, la Justicia en concreto, no obrara con la firmeza que el caso requiere.

Ya no valen paños calientes. Y no solo se trata de derrotar a los insumisos con las armas del Estado de Derecho, sino de activar los medios y mecanismos necesarios para vaciar de una vez por todas los insanos pesebres del soberanismo galopante. Los golpistas y los delincuentes, a la cárcel, y los fantoches, a su casa. Eso también lo suscriben las masas.

En Cataluña ya no valen paños calientes
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