Cataluña, problema sin solución: Entre el realismo de Ortega y la decepción de Azaña

Azaña y Ortega
Ortega y Azaña, debate permanente: realismo y decepción. / Mundiario

El propio Azaña reprochó a Companys su deslealtad por la creación de delegaciones de la Generalitat en el extranjero, creación de moneda catalana, creación de ejército catalán, y una referencia al eje Bilbao-Barcelona como un eje no contra Franco, sino contra la República.

Cataluña, problema sin solución: Entre el realismo de Ortega y la decepción de Azaña

He de comenzar precisando que soy uno de tantísimos españoles que cree que, si Puigdemont y el resto de los justiciables fugados no son detenidos y encarcelados con todas sus consecuencias si llegan a pisar el suelo de eso que Franco y los nacionalistas llaman “El Estado español”, digo que si ese hecho no se produce, concluiré, como tantas veces se ha demostrado que ese Estado no existe. Su burla y desafío a la Constitución, el modo en que emplazan al Estado a rendirse ofende y reta a todos los españoles, no sólo al Gobierno. Retan y desafían a la nación. E ignoran y despreciar, por lo menos, a la mitad de los catalanes.

Tiene cierta gracia que el argumentario de los secesionistas de Cataluña repita en todos los procesos históricos que les afectan, o ellos provocan, los mismos clichés: “Son víctimas del Estado, los demás españoles no los comprenden, quieren más dinero y menos Estado”. No han cambiado las quejas a las que Azaña, con enorme ingenuidad, creyó dar respuesta en 1932 en el debate sobre el proyecto de Estatuto para Cataluña, y las vienen repitiendo el ex presidente Puigdemont y sus congéneres de las diversas especies hermanadas.

Y hoy, como ahora, se alza el realismo, el sentido común y el patriotismo constitucional de Ortega.

Este termina su discurso en la discusión del Estatuto de Autonomía de Cataluña con estas palabras, luego de advertir que el problema catalán no tendrá solución y que españoles y catalanes hemos de acostumbrarnos a convellevarlo:

 “Lo importante es movilizar a todos los pueblos españoles en una gran empresa común. Pero no hace falta nada de iberismo; tenemos delante la empresa, de hacer un gran Estado español. Para esto es necesario que nazca en todos nosotros lo que en casi todos ha faltado hasta aquí, lo que en ningún instante ni en nadie debió faltar: el entusiasmo constructivo. Este debe ser el supuesto común a todos los grupos republicanos, lo que latiese unánimemente, por debajo o por encima de todas nuestras otras discrepancias; que nos envolviese por todos los lados como el aire que respiramos, y como el elemento de todos y propiedad de ninguno. La República tiene que ser para nosotros el nombre de una magnífica, de una difícil tarea, de un espléndido quehacer, de una obra que pocas veces se puede acometer en la Historia y que es a la vez la más divertida y la más gloriosa: hacer una Nación mejor”.

Estas fueron sus precisas palabras: “El problema catalán no se puede resolver, sólo se puede conllevar; es un problema perpetuo y lo seguirá siendo mientras España subsista”. Y con el mismo realismo, Pío Baroja sostenía que “los nacionalismos vasco y catalán se fundamentan en textos de segundo orden”. Todos advirtieron la manipulación e interpretación interesada que creían que habían hecho de la historia de España.

Y a las palabras de Ortega cabe contraponer las de Manuel Azaña, quien con la mejor voluntad trató de dar solución a lo que sigue sin tenerla:

“Todos los problemas políticos, señores diputados, tienen un punto de madurez, antes del cual están ácidos; después, pasado ese punto, se corrompen, se pudren. La reflexión, la discusión, el lapso de cierto tiempo, maduran en cada cual el sentimiento de su propia responsabilidad y traen las cuestiones al grado de sazón en que se encuentra esta que está ante nuestra deliberación.

Así, pues, el primer efecto del debate que conviene señalar, porque tiene cierto interés político, ha sido restablecer la calma, y en algunos ha venido después la sorpresa de esta calma; en algunos, es decir, en todos aquellos que se han pasado unas cuantas semanas combatiendo a los fantasmas de su propia aprensión”.

La decepción de Azaña

La decepción que a Azaña le produce Cataluña queda anotada en su diario, donde escribe en 1937, a propósito de los nacionalismos vasco y catalán:

“Aguirre no puede resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no pronunciar siquiera su nombre. Yo no he sido nunca lo que llaman españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas, me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con él ya nos entenderíamos nosotros, o nuestros hijos o quien fuere. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco. Y mientras, venga a pedir dinero, y más dinero”.

O cuando afirma:

“La desafección de Cataluña (porque no es menos) se ha hecho palpable. Los abusos, rapacerías, locuras y fracasos de la Generalitat y consortes, aunque no en todos sus detalles de insolencia, han pasado al dominio público”

En cambio, Castelao, poco antes de iniciarse la guerra civil en un mitin en el Teatro Rosalía de Castro en A Coruña dice: “Nosotros no queremos separarnos del resto de España, no intentamos romper el vínculo de muchos siglos. Lo que queremos es crear una mancomunidad de intereses morales y materiales”. Y e 1937 insiste: “Quiero proclamar en letras de molde lo que dijimos muchas veces en mítines de propaganda. Creemos que el separatismo es una idea anacrónica y solamente lo disculpamos como un movimiento de desesperación que jamás quisiéramos sentir”. Castelo insiste que los galleguistas “no intentaban tronzar la solidaridad de los pueblos españoles, reforzada por una convivencia de siglos, sino más bien posibilitar la reconstrucción de la gran unidad hispánica, o ibérica”. (Sempre en Galiza).

La traición a la República y al Estado

Cataluña se ha convertido en la gran amenaza para el futuro de España y para la convivencia de los catalanes entre sí y entre Cataluña y el resto de España-

En el libro que García de Enterría dedica a la memoria de Azaña y a las anotaciones de su diario se subraya la decepción del presidente de la República ante la traición de los mismos nacionalistas a quien tanto había defendido. La anotación de Azaña del 19 de septiembre de 1937 en el Cuaderno de la Pobleta relata el duro encuentro en Valencia con Pi y Suñer, su amigo y conseller de la Generalitat al que conocía cuando era alcalde de Barcelona.

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El ex gobierno de Cataluña reprodujo muchas de las iniciativas de Companys en su tiempo

Pi y Suñer presenta sus quejas al presidente de la República por las actuaciones del Gobierno central envueltas en el victimismo al que nos habitual de los nacionalistas catalanes. Azaña defienda la legitimidad del Estado de la República en todo el territorio nacional. Y tiene una reacción memorable. Con su habitual serenidad, y en vista de lo delicado del momento pronuncia unas palabras que podrían hoy ser reproducidas ante las tropelías de Puigdemont y los suyos. El presidente reprocha duramente a Companys por no haberse privado de ninguna trasgresión ni de ninguna invasión de funciones haciendo la guerra por su cuenta, al margen de las propias directrices de la República:

 “Asaltaron la frontera, las aduanas, el Banco de España, Montjuic, los cuarteles, el parque, la Telefónica, la Campsa, el puerto, las minas de potasa, crearon la consejería de Defensa, se pusieron a dirigir su guerra que fue un modo de impedirla, quisieron conquistar Aragón, decretaron la insensata expedición a Balears para construir la gran Cataluña de Prat de la Riba…”.

Azaña recordaba que era la aplicación del programa del alzamiento de octubre de 1934, por el que Companys había sido condenado a treinta años de cárcel por el Tribunal de Garantías Constitucinales, y concluye:“La Generalitat ha vivido en franca rebelión e insubordinación y si no ha tomado las armas para hacer la guerra al Estado será o por qué no las tiene o por falta de decisión o por ambas cosas pero no por falta de ganas”.

Y como si fuera un ensayo de lo que habrá de venir, Azaña relata con precisión los excesos y traiciones de la Generalitat: “Creación de delegaciones de la Generalitat en el extranjero, creación de la moneda catalana, creación del ejército catalán y una referencia al eje Bilbao-Barcelona que en aquel contexto hay que entenderlo no como un Eje contra Franco sino contra el propio Gobierno de la República”.

Sobre este asunto, como se cita en un trabajo al respecto del  “Grupo Llull” que citamos, se apunta más allá de la propia traición: pretender que Cataluña fuera  reconocida como país neutral en la guerra civil y el intento de llegar a una paz por separado con Franco. Los vascos intentaron lo mismo con la mediación del Vaticano.

Estos son los antecedentes de una realidad en la que vivimos de nuevo un trágico capítulo del mismo desafío al Estado y a la convivencia de las personas con vecindad civil en Cataluña y de aquella comunidad con el resto de España.

Cataluña, problema sin solución: Entre el realismo de Ortega y la decepción de Azaña
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